Literatura

Lalla Romano, La penumbra que hemos atravesado, Periférica, Cáceres, 2019, 286 pp.


Celina Garza

Lalla Romano (Demonte, 1906- Milán, 2001) forma parte del pequeño grupo de escritoras italianas del siglo XX que obtuvieron en vida reconocimiento y renombre, posicionándose junto a Elsa Morante, Grazia Deledda y Natalia Ginzburg, entre otras. A pesar de su éxito literario (ganó el premio Strega en 1969 y el prestigioso Penna d’Oro en 1979) su obra cuenta con pocas traducciones al español o inglés y no goza del prestigio de sus compatriotas contemporáneos, como Italo Calvino, quien fue su amigo, corresponsal y admirador, o Umberto Eco. No obstante, sus dos novelas importantes que han sido traducidas al español –Suaves caen las palabras (1969), traducida por Carlos Manzano y publicada por Libros del Asteroide en el 2005, y La penumbra que hemos atravesado (1964), traducida por Natalia Zarco y publicada por Periférica este año– muestran que debemos considerarla una de las grandes voces de la literatura italiana del siglo pasado.

La premisa de La penumbra que hemos atravesado es sencilla: tras la muerte de su madre, la protagonista vuelve al lugar donde pasó su infancia, Ponte Stura. El título, tomado de una cita de Proust, revela que la preocupación central de la novela es la memoria; así, Romano se inscribe en una tradición que empieza con Proust y cuya mayor representante actual en la literatura italiana quizá sea Elena Ferrante, cuya obra fue reseñada por Natalia Gutiérrez en esta revista el año pasado. La primera parte de la novela abarca el recorrido de la protagonista por su antigua casa, acompañada del cojo que ahora la habita; en la segunda transita por el resto del pueblo. El espacio, los lugares y los objetos sirven como detonantes de la memoria, de manera que el pasado y el presente se mezclan en la narración. La protagonista recuerda como, tras su partida de Ponte Stura, aprendió a distinguir entre dos tiempos, pasado y presente. El pasado lo dividía en dos: el de su infancia en Stura, y el “tiempo anterior”, la vida de sus padres antes de que ella naciera. Así, a lo largo de su recorrido la protagonista recuerda indistintamente momentos que vivió en persona y eventos que recuerda por las anécdotas de su madre: fiestas en las que venían las señoras del pueblo, su padre tocando la flauta y tomando fotografías, juegos y diversiones con los otros niños del pueblo. Los acontecimientos se confunden en el tiempo, y esto resulta en que no tengamos una reconstrucción clara de la vida de la protagonista en Stura, si no indicios y recuerdos fragmentados, que se mezclan con la consciencia de la adultez y con los deseos de lo que podría haber pasado.

La vida de la escritora abarcó gran parte de un siglo caracterizado por el tumulto político y social en el mundo, en general, y particularmente en su país; durante su vida, Italia participó en dos guerras mundiales, tuvo un dictador fascista y una nueva constitución, perdió territorio y se integró a la Unión Europea. Aunque La penumbra que hemos atravesado no aborda estos hechos explícitamente (salvo algunas alusiones a la Gran Guerra), el contexto sociopolítico en el que se desarrolló su vida está latente en el texto, en lo no dicho, lo no escrito. Muchos críticos consideran que la novela de Romano es autobiográfica: Ponte Stura es el nombre ficticio de Demonte, en donde nació la escritora y vivió hasta los diez años. Su padre, al igual que el padre de la protagonista, trabajó en el ayuntamiento y era un fotógrafo y pintor amateur. En una carta a Romano de 1964, Italo Calvino describe el libro de la siguiente manera: “Desde luego, es un libro como todos los tuyos y aún más que requiere un lector fino de mirada y de sentimiento, que no ande en busca de cosas efectistas.” Justamente, la grandeza del libro está en su sutileza, en la manera en la cual, a través de una restricción de las palabras, de la descripción y, de cierta manera, el recuerdo, sugiere otros temas.

La narración y los recuerdos de la protagonista están imbuidos de un sentimiento de malestar: nunca nos enteramos exactamente por qué la familia abandonó Ponte Stura ni en qué condiciones, pero queda claro que fue un momento amargo para la familia, algo que marcó el resto de la vida de la protagonista. De igual manera, se asoman otros temas: los recuerdos de conversaciones con las amigas y momentos familiares hablan de la pérdida de la inocencia de la niña y su temprana conciencia sobre la muerte; anécdotas sobre los tíos que venían de visita y las fotografías que enviaban desde el frente apuntan hacia los estragos de la guerra y el malestar social de la época; los recuerdos sobre la manera en la que se relacionaban con las otras familias del pueblo sugiere la lucha de clases y la desigualdad social.

El último capítulo de la novela revela el sentido de la obra: la protagonista pasa por una aldea desconocida para ella y que parece desierta. Ahí encuentra a una pareja, con quienes conversa, y se entera que conocieron a su padre, que lo habían recordado justo la noche anterior. El recuerdo compartido, la afirmación de que sus memorias son reales, que no son solo suyas sino pertenecen a un espacio y un tiempo que permanece en la aldea y en Stura, le da vida a sus padres y a la niña que fue: “Se puede seguir incluso el rastro de las presencias físicas. A pesar de que nada de todo aquello ‘siga existiendo’. Aún así, no puede contener otras vidas.”

Más que un memoir, cómo bien señala el crítico Massimo Riva, la novela trata sobre un viaje en el espacio, en donde el pasado convive con el presente. Por encima de los temas que se asoman entre los pliegues de la prosa, la obra habla sobre cómo funciona la memoria, como se mezcla con el presente y con el deseo de cosas que no sucedieron, y cómo el espacio permite, a veces, revivir, en el sentido literal de la palabra. La sutileza de la narración, lo que no se dice, refleja la ingenuidad de la niñez, la manera en la que de niña no se daba cuenta de lo que sucedía, pero intuía las cosas; y cómo, al volver, su percepción de ese tiempo se mezcla con la consciencia y sabiduría de los años, y el sentimiento perdura a pesar del tiempo: “En el lento atenuarse de la memoria el dolor aún predominaba; se volvía subterráneo.” Aunque La penumbra que hemos atravesado demuestra claramente el lugar de Romano en la historia literaria, habrá que esperar a otras traducciones –que incluye poesía, novelas, y obras artísticas en las que acompaña fotografías con pequeños textos– para poder apreciar completamente la magnitud de su obra.

 

 

 

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