Literatura

Etgar Keret, La penúltima vez que fui hombre bala, Sexto Piso, Ciudad de México, 2019, 216 pp.


Mónica Sánchez Fernández

Etgar Keret opina que “la literatura es una especie de laboratorio emocional”. El suyo podría estar lleno de probetas, pipetas y matraces en medio de una nube de humo con un ligero e incitante olor a hierba. Algo en este escritor, y en la alquimia de sus cuentos, recuerda a Jerry Lee Lewis en El profesor chiflado. Keret es el nuevo doctor Jekyll y míster Hyde del género del cuento porque tamiza, como pocos, el dolor con el humor. Los libros de este rockstar de las letras israelíes (Tel Aviv, 1967) despiertan al lector, y lo lanzan a un viaje, con tintes psicodélicos y tiernos, que no sabe de fronteras; algo, por otro lado, muy de agradecer en tiempos de confinamiento.

Desde su sorprendente, aunque desigual, debut con Tuberías (colección de relatos que publicó cuando tenía 25 años) a La penúltima vez que fui hombre bala, editado por Sexto Piso, en 2019, Keret hace exactamente lo que le da la gana con sus ficciones. Su electrificante energía creativa provoca continuos subidones de adrenalina. Su laboratorio de ideas, abierto las veinticuatro horas del día, genera una cadena de buenos relatos que aparentemente surgen del azar, del error o del goce de escribir sin flagelos. Salvando las distancias, Etgar Keret pertenece a esa rara estirpe de escritores festivos, que cuenta entre sus maestros con François Rabelais o Jonathan Swift, a quien Keret demuestra conocer bien (de hecho, uno de sus primeros relatos se titula “Gulliver en islandés”). Estos autores, de prodigiosa imaginación, miran lo truculento de frente y no pierden tiempo: caricaturizan lo oscuro hasta deformarlo, y no por eso dejan de quererlo. La imaginación de Keret va por ahí: las experiencias más duras de su vida —sus padres sobrevivieron al holocausto, habita en una región del planeta en perpetuo conflicto armado, su mejor amigo se suicidó de un balazo frente a él, y de niño recibió más de una paliza de otros muchachos del barrio— se metamorfosean en parodia y muchas de ellas se publican como un cuento con “final feliz” (a lo Keret, claro está).

Relato a relato, este escritor y cineasta (ganó, en 2007, el premio Cámara de Oro a la Mejor Ópera Prima en el Festival de Cannes por Medusas) nos inocula en las neuronas partículas de su peculiar mundo imaginario, como Lewis Carroll hizo con Alicia en el País de las Maravillas. Esta comparación se justifica, en parte, por la continua aparición de conejos en la obra de Etgar Keret. La penúltima vez que fui hombre bala contiene veintitrés cuentos. Uno de los relatos se titula “Conejo por parte de padre”: “Cuando Rubi se levantó de su cama, descubrió en la sala, al lado de los regalos envueltos con papeles de colores, que su padre se había convertido en un conejo”. ¿A qué nos remite este párrafo? “Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto”. En su trayectoria literaria, a Etgar Keret lo han comparado hasta la saciedad con Franz Kafka y él nunca ha ocultado su enorme influencia: “Lo leí por primera vez cuando tenía veinte años, durante el servicio militar obligatorio. Fue el momento más difícil de mi vida. Lo primero que sentí fue un gran consuelo: supe que había una persona en el mundo más jodida que yo, que tenía más problemas. Sentí que había encontrado un pequeño grupo de apoyo, como cuando vas a Alcohólicos Anónimos. Sentía que la soledad absoluta del ejército, en la que era consciente de mi estrés y de mis errores, solo yo podía padecerla. Después descubrí a Kafka y no me sentí solo nunca más”. Si lees el magnífico texto que da nombre al volumen que nos ocupa e inmediatamente después “Un artista del trapecio”, uno de los cuentos más perturbadores del genio checo, detectas que cada uno tiene su manera de poner en primer plano la historia secreta, que no es otra que la soledad, ya sea del artista, ya sea del marginado que, como Keret, busca su destino en el arte de vivir, y de escribir, en paz. El protagonista del relato de Kafka se lamenta, entre sollozos: “Solo con una barra entre las manos, ¡cómo podría yo vivir!”. El hombre bala está dispuesto a romperse hasta el último hueso con tal de repetir la experiencia del vuelo sin trayectoria determinada. Veamos otro ejemplo de las visitas de Kafka a los relatos de Keret. En “Por la noche” el padre no amenaza a un hijo diciéndole que lo destrozará como un pez (Carta al padre). Todo lo contrario: es un pez de colores el que se pone los tenis del progenitor en un acto de rebeldía. Lo hace porque “es un pez, y más allá del acuario y de la tele, no tiene nada en la cabeza”.

A pesar de su personalísima voz, y de los desvaríos hilarantes o tránsfugas de sus narradores, Keret no oculta sus influencias: “Elegí una tradición literaria que me conecta mucho más con los escritores de la diáspora como Franz Kafka, Isaac Bashivis Singer, Sholem Aleijem. Son escritores con defectos, que comparten sus debilidades con los lectores, lo cual contrasta con la tradición israelí de escritores capaces de proporcionar al lector una especie de guía. Eso es algo que yo no puedo hacer. No puedo guiar a mis lectores a ninguna parte porque no conozco el camino”. Frente a la pluma más pragmática (¿comprometida?) de Amos Oz (quien ha alabado su narrativa) o David Grossman, Etgar Keret rechaza toda responsabilidad en sus ficciones: “En el momento en que un escritor desea actuar de manera responsable, pensando en su deber, se convierte en el peor de los escritores. Sería como decir: ‘Mi marido tiene el deber de hacerme el amor’. Si se toma como un deber, tendrás el peor sexo para el resto de tu vida”. En este sentido, y aunque no forma parte de esta colección, De repente un toquido en la puerta (2012) se configura como una Poética de Keret. Aunque le pongan una pistola en la cabeza, aunque el repartidor de pizza sea un justiciero en busca de un cuento, el autor no podrá cumplir con sus demandas, porque la obligación aniquila al creador.

Los relatos de La penúltima vez que fui hombre bala parecen acomodados en un trípode de principios irrenunciables: la imaginación desbordante, la empatía (incluso con el enemigo) y el humor. Además de los ya citados Kafka y Bashevis Singer (dan ganas de releer Un amigo de Kafka y otros relatos o Una boda en Brownsville), Etgar Keret ha manifestado su admiración por otros grandes cuentistas como Raymond Carver o Antón Chéjov. De este último ha dicho: “Chéjov es increíble. Generalmente cada escritor tiene algo —un conjunto de cosas— en lo que sobresale. Y creo que su empatía con la condición humana es única”. La de Keret con sus criaturas no se queda atrás. “Gooded” comienza así: “Una mujer rica abrazó a un hombre pobre. Fue algo completamente espontáneo, nada planeado”. Que las consecuencias de la empatía sean insospechadas ese es otro cantar.

En cuanto al humor, la tercera pata de su tripié, Etgar Keret respira en clave de humor y no porque busque machaconamente ese efecto. Le sale natural porque lo ha adoptado como mecanismo de defensa. El humor pasa a ser la última capa, la más visible, aquella que protege las vísceras de sus relatos, y que mantiene a raya los odios, los miedos, los monstruos, la frustración, los deseos insatisfechos, y tantas otras cuestiones engorrosas de la vida que, si se vomitan sin más, pueden hacer terriblemente pesada la literatura. Robert Escarpit, colaborador de Le Monde hasta su muerte, escribió con acierto: “El humor es el único remedio que distiende los nervios del mundo sin adormecerlos, le da libertad sin volverle loco y pone en manos de los hombres, sin aplastarlos, el peso de su propio destino”.

En La penúltima vez que fui hombre bala destacan, además de los ya comentados, dos relatos, quizá más pedestres que “Ventanas” (una interesante propuesta distópica), pero con un encanto muy especial: “Hierba” y “Pinneapple Crush”, dos cuentos bellos y entrañablemente marihuanos; también, y sin complejos, románticos. Entresacamos un par de párrafos para introducirnos en el estado anímico adecuado:

 

El primer porro del día es como un amigo de la infancia, como el primer amor, como un anuncio sobre la vida. Que es muy diferente a la vida misma, que es algo que si uno pudiera haría ya mucho tiempo que la habría devuelto a la tienda.

 

Más de una vez he pensado en invitarla al cine, pero queda un poco raro invitarla así, sin más (…) Que te inviten al cine no es algo que se pueda interpretar de muchas maneras. Es como decirle: “Te quiero para mí”. Y si ella no está dispuesta y dice que no, puede llegar a resultar bastante incómodo. Por eso he pensado que es mucho mejor invitarla a fumar un porro. Como mucho, dirá “no fumo”, y entonces podré salir del paso con algún chistecito sobre marihuanos, pedir otro café solo y seguir hablando como si nada.

 

Del laboratorio literario de Etgar Keret surge, como anotamos al principio, una nube de humo de olor inconfundible que emborracha y provoca adicción, especialmente en quienes padecen una nostalgia crónica. Escribió Chéjov que “uno no termina con la nariz rota por escribir mal; al contrario, escribimos porque nos hemos roto la nariz y no tenemos ningún lugar al que ir”. A los lectores nos pasa lo mismo. A estas alturas de la película, no está nada mal alucinar con mundos paralelos y evadirse de este sin necesidad de salir de casa a buscar sustancias psicotrópicas. Con un buen libro, basta. Y La penúltima vez que fui hombre bala lo es.

 

 

 

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