Música

Jorge de Persia, La orquesta, Alianza, Madrid, 2018, 176 pp.


Alfonso Colorado

La guerra tiene dos caras, da a unos y quita a otros. Ganan especuladores de todo tipo, fabricantes de armas y políticos aviesos, pero la cultura también se edifica sobre la guerra. Los museos alemanes se llenaron de obras expoliadas, las universidades norteamericanas de la élite intelectual y artística europea, México alojó al exilio republicano, entre el cual vino el mayor musicólogo de la lengua española, Adolfo Salazar, que mostró la estrecha relación de la música con la política, la historia y la ciencia en La música en la sociedad europea (1942). Su sombra todavía gravita en quien escribe sobre música clásica en nuestro idioma. Como homenaje a su memoria Carlos Prieto fundó en México la colección Alianza Música cuyos manuales, monografías y estudios hicieron de ella, hasta hace muy poco, la más influyente en su campo; muchas de esas publicaciones eran traducciones señeras, y las que se escribieron en español son de corte más bien erudito, dirigidas a un público conocedor, como la Historia de la música española (7 volúmenes, 1983- 2004) en la que participaron Ismael Fernández de la Cuesta, José López-Calo o Tomás Marco.

Orquestada por Javier Alfaya, Alianza ha lanzado una nueva colección: Alianza Música. Biblioteca Básica para atraer y formar nuevo público. Sus autores no son solo musicólogos, hay especialistas en otros de los ámbitos que constituyen el circuito de la música de concierto, ya como ejecutantes, críticos musicales o promotores, quienes brindan una visión del tema desde la historia y la teoría (que dominan) y desde la práctica cotidiana, el circuito artístico y el mercado musical, actuando como mediadores entre la academia y el lector general. Significativamente la colección da importancia al Lied o el cuarteto de cuerda, tradicionalmente minoritarios para el gran público.

El título más reciente, La orquesta de Jorge de Persia, resume en pocas páginas el desarrollo de las agrupaciones musicales a través de los siglos, lo cual ya se había hecho, la diferencia es que la visión del autor además de narrativa es estructural, y para entender lo que fue parte de lo que es: “una orquesta en la actualidad es un verdadero espacio cosmopolita, culminación de un proceso que comenzó con los desplazamientos de músicos a raíz de las dos guerras mundiales y que continuó a partir de las crisis europeas de la década de 1980”. Las metamorfosis de las agrupaciones musicales se deben a una doble pauta, “los modelos sociales e, intrínsecamente, a la dinámica creativa planteada por los compositores”. La “Introducción” constituye un ensayo que muestra que el autor es un musicólogo erudito que ha integrado en su mirada las ciencias sociales y la historia: “la orquesta representa y dialoga con las circunstancias sociales, con el poder establecido y con determinados intereses políticos” y da numerosos ejemplos de cómo esos procesos influyen tanto al exterior como al interior del conjunto, incluyendo la perspectiva de género: “si hay algo en lo que se ha manifestado el cambio desde finales del siglo XX es en la incorporación de mujeres a las secciones instrumentales –incluso en el papel de concertino- para competir con una actividad tradicionalmente vinculada al hombre, sin más fundamento que el de las pautas sociales del trabajo”.

El libro despliega una historia desde los instrumentos y su sonido, que tiene cierta dosis de historia dramatúrgica: se acusa la influencia que tuvo la ópera en la música orquestal, que tomó muchos elementos de aquella para conformar una gramática que coadyuvó a que la forma sonata deviniera en narración; esto ayuda a entender la razón del predominio, en el canon sinfónico, de las obras que proyectan esa dimensión con más claridad, como las sinfonías de Beethoven (puesta en escena de dramáticas luchas que culminan con el triunfo de la autoafirmación) hasta la edificación de auténticas novelas sonoras, algunas de las cuales aspiraron, como sus pares literarios, a visiones totalizadoras (Mahler). Es oportuno resaltar este influjo del género vocal en el instrumental porque el imaginario actual tiende a considerarlos como campos distintos, incluso cada uno con sus propios seguidores pero histórica, social y musicalmente han estado estrechamente unidos, por algo: “el director comienza a definirse como necesidad a través de las sinfonías de Beethoven, aunque en la ópera fue importante desde tiempos anteriores”. Desde esos “tiempos anteriores” hasta los inicios del siglo XX la ópera fue el gran género, por lo que compositores que no sentían mucha afinidad con esta hicieron sus tentativas, como Beethoven con Fidelio (tres versiones, 1805, 1806, 1814) o Schumann con Genoveva (1850); su vasta influencia queda clara en un cuento de Balzac de 1837 donde el compositor Gambara declara que sus óperas aspiran a “presentar un cuadro de la vida de las naciones en su perspectiva más elevada”. Ni más ni menos.

La segunda trama de este libro es “una historia social de la orquesta [que] se orienta a las vidas y circunstancias de sus músicos, a las políticas de patronazgo, a su papel en actividades sociales y a sus significados sociales”. Hay aquí dos breves palabras a menudo ausentes en el estudio de la música: “historia social”; lo que hace veinte años escribió Ricardo Pérez Montfort en Avatares del nacionalismo cultural (2000) sigue siendo válido hoy en día “es sorprendente la escasez de trabajos que intentan hacer una historia social de la música en México”. De Persia demuestra en un tono asequible, como de una conversación, que la historia de la orquesta no es meramente la de la transformación de los instrumentos a través de las épocas y su gradual integración en esta, sino un proceso que implica conflictos, negociaciones y acuerdos entre grupos, baste un ejemplo: a finales del siglo XVI y principios del XVII en Venecia y París dos músicos visionarios iniciaron un proceso de hondas consecuencias: “Gabrielli y Lully comenzaron a escribir  con más entidad para el nuevo instrumento, en un tiempo en que los violinistas aún pertenecían a un rango social muy bajo”. ¿Quién imaginaría que con el tiempo el violín se volvería el instrumento más numeroso de la orquesta? De Persia señala que este era plebeyo porque tenía un “carácter popular y danzario”, de lo cual existen en la literatura numerosos testimonios, como “El violín de Rothschild” de Anton Chéjov o “el violinista ambulante” de Thomas Hardy, los dos de 1894; ese carácter sigue vivo: hasta hace muy poco Juan Reynoso, “El Paganini de Tierra Caliente”, en Guerrero, ponía a bailar a quienes escuchaban sus sones calentanos.

Se analizan también aquí temas como las necesidades e implicaciones económicas de la existencia de una sinfónica; otro apartado, “La orquesta como museo” reflexiona sobre una paradoja clave: es la misma que de hace un siglo, reflejo de la crisis en que está inmersa la música clásica: parece anclada en el pasado mientras la creación contemporánea es ignorada por la mayoría de las agrupaciones actuales y su público. Otro campo de debate es el del acceso de la música sinfónica a las clases medias populares, tema presente en la agenda política de las sociedades que pueden permitírselo. Entre lo escrito en castellano, en su campo, y aún en el del estudio de la música “clásica” en general, este libro representa un parteaguas dada su combinación de manual introductorio y de ensayo cultural.

Otro título reciente es Los instrumentos musicales. Música en el tiempo de Alessandro Pierozzi (2018), que describe con economía la larga historia de los componentes de una orquesta, sus particularidades y su funcionamiento, ofreciendo una explicación de cómo su desarrollo ha estado ligado estrechamente a los cambios sociales, lo que ha influido a su vez también en la música: los instrumentos modernos (cuerda, viento y percusión) no aparecen en el vacío, se desarrollaron a partir de una lejana base en la Edad Media y algunos proceden del Islam o del Medio Oriente; esta puntualización sintoniza con el revisionismo historiográfico que cuestiona la perspectiva eurocéntrica (como en Los orígenes orientales de la civilización de Occidente, de John Hobson). También se presta atención a las familias de constructores de instrumentos más destacadas de la historia y a las escuelas de interpretación. El volumen es extenso pero evita la mera acumulación de información gracias a una soltura casi musical.

Otros libros anteriores de esta colección llenan vacíos que eran casi escandalosos, como El cuarteto de cuerda. Laboratorio para una sociedad ilustrada (2014) de Cibrán Sierra, una breve historia del género además de preciso recuento de las escuelas de interpretación y de las agrupaciones de este tipo más destacadas en el mundo. Si ya esto es mucho hay dos capítulos que hacen todavía más relevante el libro, en uno se describe la experiencia del trabajo día a día: “alguien que haya trabajado en un cuarteto no puede tolerar situaciones de imposición de una minoría privilegiada sobre una mayoría sometida ni tampoco de minorías aplastadas bajo el autoritarismo numérico de las mayorías”. Podría pensarse que se trata de una acotación personal pero el autor explica que el cuarteto es producto del espíritu de 1789: “instrumentos de una misma familia que, por tanto, entablaban una conversación entre iguales”. Sierra señala que el cuarteto surge cuando la Ilustración, al modificar el concepto mismo de música, desencadenó una serie de procesos: “la emancipación de la música instrumental, la consolidación de la forma sonata y el nacimiento del concierto público”. Esta traslación de la música del ámbito aristocrático al hogar del grupo social emergente, la burguesía, cambió incluso el carácter del repertorio, escrito ahora para un ámbito íntimo. Habrá lectores que suspiren por la anterior historia de la música, aquella que daba por hecho que esta era algo exclusivamente estético, sin problemáticas aristas sociales y políticas, pero ese tiempo (afortunadamente) ya pasó; aquellas daban por hecho que los cambios estilísticos obedecían básicamente a la creatividad del compositor en abstracto, una suerte de competencia intelectual. La música de las Luces asumió que debía plantearse ideas y pautas, tomar postura en los intensos debates; de ahí la importancia de los cuartetos de quien estableció plenamente el género: “Haydn consiguió la perfecta síntesis del estilo galante con el severo (culto) y con la tradición folclórica de la que bebió y a la que su música nunca renunció”.

En la historia musical el cuarteto no es marginal ―basta pensar en los ciclos de Mozart, Beethoven y Bartók― pero es el género sobre el que más pesa la etiqueta de elitismo. Sierra evita el lamento y señala que han sido un sector de los propios músicos y melómanos quienes lo han convertido en eso, ante lo que señala, que la música para cuarteto “no debería servir para amurallar aún más la torre de marfil en la que algunos quieren vivir”. Todo el libro rezuma un carácter crítico y comprometido muy pertinente.

El Lied romántico alemán (2017) de Anton Cardó es también una importante novedad porque ofrece una introducción accesible a un género “difícil” por varias razones, la primera, la barrera del idioma. Se explica con nitidez la singularidad del Lied, que no es una canción tradicional ni el piano se limita a acompañar la voz, a complementarla o a crear efectos de ambientación sino “se trata más bien, de ‘decir’ un texto poético cantado de manera sensible para abarcar de forma caleidoscópica toda clase de registros expresivos, lo que se asemeja la declamación de un personaje teatral”; esto revela la sofisticación de un género que pone a prueba a los pianistas (quienes también son protagonistas) y la competencia lectora del escucha (cuyo papel es tan activo como el del cantante). Más todavía, si la música ha sido a menudo ensalzada porque llega a donde no lo hacen las palabras, Cardó señala que el Lied “puede verbalizar los registros expresivos que intuimos y captamos en la música sinfónica orquestal”; se trata de un género particularmente ligado al Romanticismo porque encarna una de sus características centrales: la unión de las artes. El libro atiende al contexto y señala el papel que tuvieron para el surgimiento y consolidación del género hechos como las guerras napoleónicas, la creación de sociedades artísticas y la consagración del salón literario como recinto privilegiado del arte.

El piano: 52 + 36 (2014) de Justo Romero debe su nombre al número de las teclas negras y las blancas. Esta breve historia del instrumento y de su repertorio ofrece mucho más gracias a detalles como tomar en cuenta a constructores y afinadores, quienes “han sido y son cómplices estrechos, íntimos, de compositores e intérpretes”; es tan acucioso que se ocupa de detalles como el mantenimiento del instrumento. Una segunda parte, prácticamente otro libro, es un manual de las escuelas pianísticas, que el autor cifra en 20: 8 europeas, 3 americanas (entre ellas la cubana y la argentina), 3 asiáticas, y la rusa; esta profusión y variedad mostrarían que el piano es un fenómeno mundial con implicaciones geopolíticas: actualmente donde más marcas de pianos hay y donde más se construyen es en China. Tras esta lectura es casi inevitable ver el instrumento de otra manera.

La ópera (2014) de Laia Falcón cumple con lo que se espera de un manual: explicar de forma asequible una serie de cuestiones técnicas; en la parte histórica resalta su mayor virtud, un fuerte carácter narrativo: la historia del género es contada como una novela (a veces de manera un poco hiperbólica) en la que los personajes fuesen sus más destacados roles, se cuenta desde adentro: la autora relata sus propias vicisitudes al interpretar varios de estos personajes de la ópera del Renacimiento a nuestros días cuyos dilemas y problemas, insiste, son como los de cualquier persona, con lo que la ópera adquiere un aire cercano, incluso en obras presuntamente complicadas como Pelleas et Melisande  (1902) de Debussy o Erwartung (1909) de Schönberg, por las cuales Falcón no disimula su contagioso entusiasmo.

Esta colección es una extensión editorial de la notoria profesionalización y diversificación de la escena musical española de los últimos años. Ya no se depende de traducciones a las que se añadía un apéndice del tema en España, y eventualmente en Hispanoamérica; tampoco se depende ya por completo de los académicos, quienes a veces tienen ciertas dificultades para comunicarse con el gran público. Ojalá esta colección se emule en América Latina, donde hace mucha falta. Por ejemplo en México cabría empezar por hacer un libro sobre orquestas sinfónicas, otro sobre el piano (compositores, repertorio y pianistas destacados) y también sobre la canción de arte (a falta de mejor nombre). Por poner un ejemplo, textos de la Generación del 27 y de los Contemporáneos han servido como base para obras de compositores mexicanos como Carlos Chávez, Silvestre Revueltas y Salvador Moreno; el primero hizo canciones para voz y orquesta de algunos nocturnos de Xavier Villaurrutia; si estas obras de autores consagrados están desatendidas ¿qué cabe esperar de la de los demás? Es un terreno virtualmente inexplorado cuyo su estudio ojalá se incorporase en los programas de las facultades de Letras del país.

En los últimos años la literatura en castellano sobre música y ópera ha experimentado una eclosión, cada año se publican títulos de un alto nivel que abordan parcelas todavía poco tratadas, como Simplemente divas. El arte operístico de Isabel de Médici a María Callas de Fernando Fraga (Fórcola, 2015) o El siglo de Jenůja. Las óperas que cambiaron todo, 1900-1950 de Santiago Martín Bermudez (Cumbres, 2015). Inscrita en este panorama emergente la nueva colección de Alianza Editorial sienta un precedente: por su talante inclusivo va acorde con los tiempos actuales al privilegiar al lector común; también por plantear que la música no es únicamente un remanso sino un campo de debate. Por ello acaso la característica más acusada de esta colección es, por un lado, integrar los resultados de las investigaciones musicológicas más recientes y, por el otro normalizar la perspectiva social y política de la música, presente desde hace mucho en otras tradiciones musicológicas. Por todo esto la colección asimismo la encontrará estimulante, además de útil, el lector versado. Si el predominio musicológico de Alianza Editorial se había visto recortado por otras editoriales (destacadamente Paidós y Acantilado) ha recobrado protagonismo al apostar por dar la voz a actores locales cuya labor era imprescindible tomar en cuenta.

 

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