Literatura

Gabriela Jauregui, La memoria de las cosas, Sexto Piso, México, 2015, 125 pp.


Clarissa Rodríguez Ábrego

Entendemos por gabinete de curiosidades una colección de objetos extraños y maravillosos que encierran lo más fascinante de cuatro reinos: animalia, vegetalia, mineralia y artificialia. En ellos se mezcla lo bello con lo valioso y exótico, y se pueden hallar desde piezas arqueológicas hasta fósiles, plantas y animales. En La memoria de las cosas, Gabriela Jauregui (Ciudad de México, 1979) retrata, a través de diecinueve cuentos divididos en los cuatro reinos, uno de estos cuartos de maravillas. Así, en una primera lectura pareciera que la médula de los relatos son los objetos a los que aluden. Sin embargo, el lector pronto descubre que la importancia de la cosa no se encuentra en el objeto en sí, sino en lo que este conlleva: las historias a las que conduce, las personas con las que se cruza, los momentos que transcurren ante sí, la vida o la muerte. Y es que tal vez ahí está el meollo del asunto: el saber que la importancia de las cosas no radica en sí mismas, sino en lo que uno hace con ellas.

Jauregui dota a sus cuentos de espontaneidad, haciendo que estos parezcan haber sido escritos de la misma forma en que llegaron las ideas a su mente; por ello, son desordenados, repentinos y profundos. A su vez, hace de las cosas más banales la materia prima de su libro y se adentra en ellas, con lo que le regala una voz, un dejo de extrañeza y un pasado a lo que, a simple vista, pareciera no tenerlo. En “Molusco” se cuenta cómo un artista forjó siete caracoles de bronce y “los mandó a que buscaran sus nuevos hogares, aunque carguen con ellos su casa a donde sea” (p. 71) para, posteriormente, él mismo ir a cazarlos y descubrir si el destino dejaría todo de nuevo en su lugar. Y es así como “con un dejo de tragedia pero a su manera de milagro inexplicable” (p. 73) los caracoles llegan a nuevas vidas y, de cierto modo, las transforman. En este sentido, este relato es la prueba viviente de cómo todo lo que compone nuestro entorno repercute en nosotros. El artista quiere comprobar si en realidad todo ciclo termina en el mismo lugar donde comienza, pero no toma en cuenta los efectos –grandes o pequeños– que los caracoles habrían de tener en otras personas. Para Juan Omaña de la Lagunilla es simplemente uno de los tantos objetos de valor que El Teclas le proporciona para su venta. Para Brian, en cambio, es el único tesoro que logra tener en su vida, por lo que su afán de no dejarlo ir lo lleva a la muerte: “Queda él, con su caracol. Juntos como ofrenda quedan, sepultado en esta tierra” (p. 76).

No obstante, el concepto de cosa también va más allá de un objeto físico y palpable, y se convierte en una palabra, un sentimiento o un nombre: Citlalli. El relato de Citlalli es la representación de las manías humanas, del incesante deseo de encontrar una explicación para todo, de adjudicar cada problema a factores externos: “Me llamo estrella, y detrás de las nubes, dentro de esta casa de la que nunca salgo, debajo de tanta lluvia las estrellas no se ven. Y nunca se oyen. Si me llamara viento, tal vez mi camino sería otro” (p. 43). Su constante introspección lleva al lector a darse cuenta de que la espera de Citlalli –o el deseo de que algo, cualquier cosa, suceda– no es completamente suya, sino que gira alrededor del hombre al que ama. Es tanto el poder que ejerce sobre ella que la vida de Citlalli le pertenece: “Por eso me llamo estrella. Reflejo bien la luz. Su luz” (p. 46). No es una mujer inconsciente de su dependencia: sabe, y a veces desea, que su camino no esté ligado a otra persona, pero la vida se interpone, cae en la cuenta de que muchas veces esta no da para más y se le atraviesa el penoso entendimiento de que, por más que se quiera, el destino va más allá de un nombre: “Quizá él es una estrella de otro tipo que yo. Estrella también es un cuerpo que brilla con luz propia. Algún día…” (p. 47).

En “Gummibärchen” se explora el trasfondo de las cosas, y cómo algo tan simple –un oso de gomita– tiene un pasado oscuro, una motivación escondida. Lalo es un niño que vive con su abuela y su padre, quien deja de ser padre ante el abandono de una madre y simplemente se convierte en “Genaro”. Es así como, tal vez, este cuento es también una prueba de que el conocimiento no es más que otra forma de sufrimiento: “Lalo era un niño sensible y a veces demasiado inteligente para su propio bien.” (p. 31). Lalo es la muestra de que una manía no es un simple ritual, sino una forma de escape de sí mismo y el vacío de la realidad, lo que, en el fondo, nos salva de sentir que somos “una pieza de Lego perdida en el sillón” (p. 30). De esta manera, los pequeños rituales se convierten en parte esencial de su vida, lo mantienen en pie y, en cierta forma, lo acercan más a su deseo: “Se imaginaba que siendo resistol todo lo roto se desrompería:” (p. 35). ¿Y acaso no es eso la vida? Comer meticulosamente una gomita de cada paquete, cuestionar el origen de las cosas, soñar con convertirse en algo más, todo con la esperanza de que sirva, aunque sea un poco, para arreglar lo roto.

Jauregui en La memoria de las cosas explora la complejidad del ser humano y su relación con los objetos. Más que mostrar un análisis superficial del mundo exterior, se enfoca en lo que nadie ve: las pequeñas obsesiones, el trasfondo y los pensamientos rebuscados que, al fin y al cabo, terminan siendo la esencia de una persona. No obstante, ¿qué es lo que hace a una persona? La respuesta no está clara, y la autora tampoco se esfuerza en responder. Ser humano es tal vez un recuerdo, un sentimiento o un objeto. Tal vez esa es la finalidad de estos relatos: comprender que los humanos no cabemos en una definición, que lo que a mí me hace ser yo puede ser lo opuesto de cualquier otro. Y que es la extrañez de las cosas que terminan por conducir nuestras vidas –una palabra, una agujeta, un animal– lo que hace extraordinario hasta lo más común.

 

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