Literatura

Valeria Luiselli, La historia de mis dientes, Sexto Piso, México, 2013.


Frida Conn

En La historia de mis dientes de Valeria Luiselli (Ciudad de México, 1983) sobran los molares y los disparates tanto como se echa de menos la sobriedad concienzuda de sus primeros libros. Tras la aparición de Papeles falsos y Los ingrávidos, las expectativas puestas en Luiselli eran ciertamente altas. Sin embargo, La historia de mis dientes parece una novela hecha con premura y deja mucho que desear en comparación con sus publicaciones anteriores. Esto se observa, de entrada, en la prosa; es difícil dejar pasar frases como “la envidia que ya se andaba atorando como hebra de queso derretido en la garganta” (p. 29). Además de esto, la estructura de La historia de mis dientes no permite la articulación de ninguna de las seis partes que la componen, a diferencia de lo que ocurre en Los ingrávidos, novela fragmentaria en donde sí se observa un eje narrativo que enlaza las vidas paralelas de los dos protagonistas.

     La historia de mis dientes relata la vida de Gustavo Sánchez Sánchez, apodado Carretera, el mejor cantador de subastas del mundo, dueño de la dentadura de Marilyn Monroe y padre de Ratzinger Sánchez. La absurda historia de este hombre que trabajó 20 años en una fábrica de jugos (de hecho, la novela se originó en un singular proyecto con los obreros de Jumex) comienza cuando descubre que su vocación es subastar, pero no cualquier baratija, sino dientes e historias dentales de variopintos personajes del ámbito literario: Álvaro Enrigue, Margo Glantz, Vivian Abenshushan, Juan Villoro, Luigi Amara, Julio Cortázar, José Vasconcelos, la misma Luiselli, etc. En fin, una larguísima lista de nombres cuya presencia en el texto no cumple función alguna en el desarrollo de la historia. Son solo eso: meros nombres.

     A pesar de los desaciertos de la obra, no sería del todo justo decir que el resultado es completamente desafortunado, pues ingenio no le falta. Y es que, quizá demasiado artificiosa, más bien demasiado ocurrente, La historia de mis dientes es un libro de 156 páginas (entre texto e imágenes) que deja, a lo mucho, un extenso repertorio de autores. La historia de Carretera termina por asfixiarse entre tanta digresión y tanto chiste literario gratuito. Se me escapa, por ejemplo, la gracia de pasajes como: “Los dientes, queridos postores, son la verdadera ventana al alma; son la tabula rasa donde se imprimen todos nuestros vicios y todas nuestras virtudes” (p. 55), o el de los guiños que quieren ser irónicos y resultan poco sutiles como  “la dentadura cavernosa” de Platón o  “los dientes espantíferos” de Rousseau.

     En la sección de agradecimientos, Luiselli explica que “cada entrega se imprimió en fascículos caseros  que a su vez se distribuyeron entre trabajadores de la fábrica de jugos Jumex” (p. 157). Probablemente fue arriesgado publicar un volumen que, en primera instancia, había sido escrito por entregas, posible explicación de la discontinuidad de la novela. Tan pronto estamos en una subasta de “parabólicas” (uno de los métodos de subastar que propone Luiselli) en la iglesia del padre Amara, como luego vemos a Carretera atrapado en un cuarto rodeado de siniestras proyecciones de payasos.

     Así, Luiselli incursiona de nuevo en la metaficción. Si Vila-Matas –evidentemente no me refiero al  último “gran infame” de la colección de dientes de Carretera–  se vale de la intertextualidad para hacer de la literatura el núcleo esencial de sus obras, Luiselli, en cambio, satura su novela de referencias gratuitas al grado de volverla poco menos que una lotería de autores. Hacia el final es Beto Bálser –sí, pretende ser otro chiste–, el biógrafo de Carretera, quien termina de contar los últimos días del mejor subastador del mundo. La última sección del libro contiene un conjunto de fotografías que testimonian la existencia de todos los lugares en donde estuvo Gustavo Sánchez Sánchez, apéndice innecesario que no mejora la obra.

     Valeria Luiselli recurre a las dentaduras para contar incisivas historias sin pies ni cabeza y sumerge al lector en el Ecatepec de Morelos en donde el tendero, el vecino, la oficial de tránsito, el pariente (Jaime Sánchez Joyce o Marcelo Sánchez Proust) son apenas esbozos de personajes desabridos que no tienen nada en común con el muy logrado, aunque en otro registro, Gilberto Owen de Los ingrávidos. Valeria Luiselli posee ingenio y humor, lo ha demostrado, pero La historia de mis dientes, su chiste más reciente, se le salió de las manos.

COMENTARIOS


You can use these tags: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>