Literatura

Luigi Amara, La escuela del aburrimiento, Sexto Piso, México, 2012.


Frida Conn

Herencia de Montaigne y de Bacon, el ensayo sigue escapando a cualquier intento de clasificación rigurosa: se habla de ensayos académicos, ensayos críticos, ensayos formales, etc. El ensayo es, sin duda, el híbrido por excelencia, el género que no es tal. Para el escritor mexicano Luigi Amara (Ciudad de México, 1971), el único que merece este título, es el “ensayo ensayo” (redundancia que habla por sí misma acerca de la confusión que existe en torno al género), aquel que emula el carácter personal y casi íntimo de los trabajos de Montaigne.

     Al margen de la polémica sobre el ensayo, la última obra de Amara, La escuela del aburrimiento –su tercera incursión en el campo de la reflexión ensayística después de El peatón inmóvil (2003) y Sombras sueltas (2006)– pertenece a lo que es denominado  ensayo personal, subgénero apenas explotado en el panorama mexicano actual, como ha sido puesto de relieve aquí mismo a propósito de El libro de las explicaciones de Tedi López Mills.

     Lo que una persona hace para matar el tiempo dice mucho de ella misma. El aburrimiento es una suerte de espejo; día a día se libra una batalla cuyo propósito es no aburrirse, o sea, no tener tiempo para enfrentarse al yo que con tanto esfuerzo sepultamos entre programas de televisión, diversión pasajera, actividades de ocio, lecturas sin objetivo. La escuela del aburrimiento trata, pues, “del horror a uno mismo a través de una serie de evasiones de todo tipo”, como declaró Amara en una entrevista.

     Sin temor a generalizar, asumo que la mayoría se ha hecho la pregunta: ¿y ahora qué hacemos? En estas cuatro palabras radica la esencia del recorrido del autor por los territorios del tedio y la razón de ser de su ensayo: ¿cuántos no dicen morir víctimas del aburrimiento implacable no una, sino varias veces al día?, ¿quién no ha caído en un pozo de desesperación cuando no tiene “nada que hacer”? Peor aún, cuando sabe que, haga lo que haga, esto no será sino una prolongación del sufrimiento, una más de las tretas baratas  del monstruo del tedio.

     Si bien el tema que trata Amara no es nuevo –pensemos en Montaigne, Pascal, Baudelaire, Kierkegaard o Nietzsche, que abordaron ya los sinsabores del tedio–, su ensayo es refrescante en la medida que nos sitúa en un contexto contemporáneo. Dividida en tres partes, La escuela del aburrimiento constituye el relato de Amara sobre su viaje a la isla del aburrimiento, el recorrido tortuoso que termina con su regreso al mundo como una persona renovada tras atravesar los corredores del tedio y enfrentarse a su yo desnudo, una vez eliminadas las trampas con que el aburrimiento los aprisionaba –como a todos– en la celda de la rutina.

     Cerca de cumplir 40 años y a las puertas de una crisis de la mediana edad, Luigi Amara descubre cierta tarde a un inquilino indeseado: “un día encontré al aburrimiento echado en mi sillón, las manos detrás de la cabeza […] Incapaz de convivir con él, pasaba la mayor parte del día fuera de mi departamento” (p. 13). Evocando entonces la torre de Montaigne, la habitación de Pascal –figura clave que le da nombre a la primera parte del ensayo– o el claustro de San Jerónimo, Amara se retira a un “encierro suburbano” en busca de respuestas: “quería, al menos por una vez, no oponer resistencia al aburrimiento, no movilizarme de inmediato contra él, averiguar qué sucede cuando se le deja avanzar a sus anchas” (p. 97).

     Sin electricidad, sin celular, internet, televisión o tecnología alguna, sin los poderes tranquilizadores del cigarro y sin otra compañía que él mismo –no más que las enseñanzas de Séneca, Pascal, Baudelaire y sus diez libros cuidadosamente seleccionados para la ocasión–, el ensayista se deja arrastrar por el ocio, el tedio y la acedia. Durante cuarenta días somete al aburrimiento, “el padre de todos los delirios”,  a un análisis meticuloso, casi espeleológico.

     En su isla pasa de cuestiones como la existencia del silencio o el bálsamo curativo de la soledad, a otras de orden más práctico como hacer listas y  crucigramas. De esta parte del ensayo cabe rescatar un episodio donde Amara plantea algo interesante: “¿Qué hay en el descubrimiento de uno mismo que nos parece un pasatiempo más digno que otros?” (p. 151). No deja de ser curioso que el dedicar tiempo de ocio a actividades intelectuales sea mejor visto que el hacerlo a juegos y distracciones. Después de todo, ¿cuál es problema si el individuo siente que su tiempo está siendo bien invertido?

     De cualquier forma, tras cuarenta días de introspección, Amara abandona su habitación pascaliana y pone a prueba los efectos curativos del autoexilio: “para entender el aburrimiento, para abandonarme a él y refrenar las ansias de vencerlo, lo que necesitaba era intoxicarme de más aburrimiento […] No se me ocurrió mejor plan que tomar un avión a Las Vegas” (pp. 208-209). ¿No es la Ciudad de las Luces el escape por excelencia de los hastiados del tedio de la vida cotidiana?

     De casinos a espectáculos, de shows a funciones de cine, el autor declara que no hay una conclusión, pero sí asegura que todos somos discípulos de la escuela del aburrimiento. Y es que, a fin de cuentas, es inevitable no aburrirse. Quizá el problema no es que algo sea aburrido; quizá es que permitimos que otros nos digan qué es divertido, qué vale la pena o qué es interesante. Si algo mantiene nuestro interés, en teoría, debe acabar con el aburrimiento. ¿Por qué, entonces, es tan complicado conseguirlo?, ¿es que estamos programados para no aceptar que el tedio es normal, que es parte de nosotros y la rutina?, ¿es necesario encontrar en todo y cada momento algo nuevo y sorprendente para sentirse satisfecho?

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