Cine

Andrea Martínez, La distancia, México, 2018.


José Pablo Acevedo

Partiendo de una historia con tintes autobiográficos, la película La distancia es el resultado del estudio de Andrea Martínez, la propia directora de la cinta, que se mira con otros ojos a través del desprendimiento de su pasado. Con su ópera prima, Andrea se da la oportunidad de abordar de manera sistemática rasgos explorados en sus cortometrajes previos: Sola, contigo y El despertar. Mientras que el primero se cuestiona el vacío que deja una relación, el segundo, estelarizado por Camila Sodi, ahonda en el tema de la sexualidad. Ambas cuestiones se presentan en La distancia como parte fundamental del autoconocimiento y descubrimiento por el que su personaje principal, Ana, tendrá que pasar cuando su novio Ricardo se va a Europa a hacer una estancia artística.

Por su financiamiento reducido y su acercamiento al Zeitgeist de la segunda década del siglo XXI, el filme tiene una relación muy cercana a Tiny Furniture de Lena Dunham, hasta el punto de que puede considerarse como el equivalente regiomontano de la cinta neoyorquina que Dunham produjo antes de dar el salto a HBO para crear la serie Girls. La austeridad en ambos filmes no demerita sus producciones, más bien permite a sus realizadoras expresar ciertas ideas de forma orgánica y sacar de su sistema la tan ansiada idea de hacer su primera película.

Grabada en locaciones de Monterrey y su área metropolitana, la cinta funge como una cápsula de tiempo de cuartos y espacios en los que la directora llegó a moverse y cohabitar. Lo que para Dunham fue la casa de su mamá como punto inicial de la narrativa, Martínez lo hace con locaciones que giran en torno a casas y departamentos de amigos y familiares, así como a la Cineteca de Nuevo León, Fundidora o la Escuela Adolfo Prieto, concretando así un círculo en torno a un modo de vivir y estar en sus años previos a la filmación.

El personaje de Ana transita la metrópoli estoica ante su futuro; ella es la representación de una juventud perdida entre el qué se debe ser y el cómo se debe vivir. Su desorientación la lleva a vagabundear entre distintas opciones de trabajo y su porvenir. Frente a ella, sus padres, amigos y pretendientes circulan como fantasmas haciendo aún más evidente el sentimiento de no pertenecer al mundo que la rodea. Esto se vuelve más notorio cuando Ricardo se materializa un par de veces en la vida de Ana a pesar de haberse ido a la Ciudad de México por unos días a una entrevista de preselección para su estancia. En ella florece un cierto resentimiento hacia él, pero el fantasma se justifica haciéndole notar que ella ya sabía que esta separación se podría dar.

La presencia fantasmal de Ricardo asemeja una aparición espiritual en el cortometraje Sola, contigo. En ambas historias la presencia masculina ronda y hostiga a la pareja que se encuentra en una etapa de aceptación ante el cambio y la ruptura. De esta forma la filmografía de Andrea cuestiona el rol del hombre y la mujer en la relación amorosa, lo que también era un punto de anclaje en el cortometraje El despertar. Martínez logra explorar en el largometraje las consecuencias de una separación y su superación más que el simple lamento, ayudándole así a Ana a respirar y expulsar un grito que tiene ahogado.

Al irse apartando mental y físicamente de Ricardo, Ana comienza a salir con Aglaé, una actriz de teatro que Ana contacta en un inicio para que Ricardo la considere en un papel para una película que él quiere realizar a su regreso de Europa. De esta despedida con su novio sale el título de la película ya que marca explícitamente la distancia entre Ana y Ricardo, aunque también entre Ana y el resto del mundo. Juansa Ávalos, director de fotografía de la cinta, retrata este sentimiento a través de planos secuencia por los que transita la cámara lentamente alargando muchos momentos.  El recurso en ocasiones llama atención sobre la cámara misma, creando así una barrera misma entre audiencia y espectador y por último entre la misma directora y su creación.

Ficción y realidad convergen en varios puntos; la introspección personal de Andrea, que también es la guionista de la historia, guiará a Ana a buscar un camino sin su novio, algo que jamás contempló, pero que acepta hacia el final de la película y termina siendo algo con lo que se siente segura. Al entender que la figura de Ricardo en la historia es más que un personaje, ya que este es el pasado mismo de la directora, Martínez logra poner un punto final a su antiguo yo y, así como Ana, toma las riendas de su vida sin depender ahora de esa carga. Así, creadora y creación se entienden como una misma y se alejan juntas en el último plano de la cinta de todo un mundo que construyeron y que a la par les ayudó a construirse.

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