Literatura

Vanesa Garnica, La cofradía de las almas desnudas, Era, México, 2013, 141 pp.


Itzel Martínez

Luego de la publicación de su primera novela, La ley del retorno (2005), y de Después de la bruma (2013), la tercera obra de Vanesa Garnica se presenta como una doble alegoría: en La cofradía de las almas desnudas, la autora equipara a la generación Beat con un grupo de jóvenes mexicanos, mientras que, de forma más sutil, representa en Modaro, la patria del personaje principal, a la mayoría de los países latinoamericanos. De esta manera, la exploración de la identidad se vuelve un tema constante en la obra novelística de Garnica, a la vez que ella se une de manera simbólica a la lista de autores que han escrito sobre las dictaduras latinoamericanas.

     El recurso que hace posible el relato es el monólogo o, mejor dicho, la conversación inconclusa. En este caso, las palabras de Nicolás no alcanzan nunca a su receptora, Carlota, una de sus amigas mexicanas que se encuentra hospitalizada y en coma. Las esporádicas interpelaciones a la interlocutora con oraciones como “¿Te acuerdas?” o “¿Tú quién eres Carlota?” devuelven a cualquier lector perdido a la situación de origen: el hospital, el coma. Más que verdaderas portadoras de interrogantes, este tipo de oraciones tienen una función fáctica o de contacto entre narrador y lector,  además de que permiten la fácil inserción de los hechos que Carlota ya conoce, pero que son nuevos para los lectores. Algo similar hizo Miguel Delibes en Cinco horas con Mario, en donde Carmen Sotillo entabla un monólogo-diálogo con el cadáver de su marido. Además, el monólogo facilita que por momentos la narración adquiera un tono confesional, ya que Nicolás se atreve a decir y a preguntar a Carlota cosas que nunca le diría si estuviera despierta, por ejemplo, los detalles íntimos de su relación con Paulina o confirmar si ella y su amiga tenían una relación amorosa en secreto. Sin embargo, el uso del monólogo puede ser contraproducente. En La cofradía de las almas desnudas, constituye la base sobre la que se apoya la trama y esto genera una dependencia excesiva del recurso, a la vez que resalta el carácter artificial de la escritura.

     En algunas partes de su monólogo, Nicolás Riquelme se describe a sí mismo como un espectador, en oposición a los personajes: “Yo no soy parte de esa Beat actual y a la mexicana, apenas soy un observador que transgrede ocasionalmente, pero observador al fin y al cabo, modarense disfrazado de venezolano que no pasará de ser personaje accidental, no importa cuántas veces comparta el escenario” (p. 51). Nicolás funciona como un recolector de hechos o como un testigo, nunca instalado completamente en ningún territorio ni círculo social. A través de él se obtiene una visión desde adentro del grupo de jóvenes mexicanos a los que Nicolás ha ido asignando, según sus características, las personalidades que equivaldrían a las de los miembros de la generación Beat. Esto significa que, a excepción de Nicolás, los personajes de Garnica están construidos sobre un patrón de comportamiento, dado por la forma de pensar, la conducta e incluso los rasgos físicos de los beatniks más conocidos. Es decir, Garnica no creó personajes fuertes y diferenciados, sino que formó contenedores que llenó con las características de ciertas personas. Poco a poco, Nicolás decide (o descubre) que Claudio es Jack Kerouac, Paulina es Ruth Weiss, Leonardo es Allen Ginsberg, Rodrigo es Gary Snyder, etc. Pero, a pesar del símil, los personajes tienen características propias que se derivan de su nacionalidad, el momento histórico en el que viven, sus circunstancias personales, etc., En pocas palabras, son diferentes porque son otros. Su identidad está en construcción, ellos mismos no se ocupan en saber o definir quiénes son, y no tienen conocimiento de que son una adaptación mexicana del Beat como Nicolás mismo se ha ido imaginando. Al fin de cuentas: “qué nos define, en qué radica la identidad y qué chingados nos importa, si al fin y al cabo somos un champurrado, una masa en constante redefinición, nadie es puro ni auténtico ni intocado por otros” (p. 82). Se entiende que hay una preferencia por la acción sobre la reflexión y esa es la actitud predominante en la novela, con la que solo difiere Nicolás. Entre los elementos comunes a todos los personajes están un alcoholismo casi sobrehumano, la promiscuidad y una actitud desenfadada y casi rebelde, de no ser por la falta de interés en retar al orden establecido.

     Es también por Nicolás que nos enteramos de la decadencia política y social de Modaro, el país del que su padre era presidente y que se fue a la ruina por el giro dictatorial que tomó el gobierno cuando su tío subió al poder. El  hecho de que el país en conflicto sea una creación permite que la situación se pueda aplicar y relacionar con todas aquellas naciones latinoamericanas que han estado bajo un régimen totalitario: “el miedo es uno y es contundente… A ellos les habían quitado todo. Sobre el suelo húmedo, no había palabras que quisieran emitir porque les habían arrebatado el discurso a punta de culatazos” (p. 87). La autora no escribió sobre un régimen específico sino sobre la dictadura latinoamericana en general valiéndose de sus manifestaciones más comunes: encarcelamiento injustificado, tortura, represión estudiantil, desvío de fondos, el asesinato, el predomino de una atmósfera de terror, entre otros.

     Los espacios en los que se desenvuelve la novela son cuatro: la Ciudad de México, unos cuantos aeropuertos, Modaro y el territorio rural a sus alrededores que se configura casi como un lugar aparte. En cuanto a la construcción del espacio modarense, Garnica se asegura de crear un ambiente de familiaridad incorporando elementos comunes de la gastronomía, la cultura, la historia y la geografía de los países de América Latina, a la vez que añade elementos nuevos como parte de las características particulares del nuevo país. Nicolás explica: “somos tan latinoamericanos como tantos, vaya, recién asociados al Mercosur, faltaba más. Fuimos colonizados como muchos otros países, nuestra independencia tuvo un costo… también tuvimos una dictadura, bueno, no tan aparatosa como la argentina…” (p. 13). Esto permite la fácil identificación de cualquier latinoamericano con el contexto en la lectura, con el espacio imaginado; sin embargo, se trata de una identificación abstracta que no termina por concretarse del todo.

     En cuanto al uso del lenguaje, Nicolás es un extranjero en México que está aprendiendo la jerga joven con ayuda de la experiencia directa: sus amigos son sus maestros. Es por esta razón que las expectativas del registro se vuelven menos estrictas. No se espera que Nicolás represente, y mucho menos domine, ese universo lingüístico en el que se comunican los jóvenes mexicanos, sino que cualquier palabra que resulte chocante o inadecuada para el contexto es atribuible inmediatamente a la nacionalidad de Nicolás y a su poca familiaridad con la modalidad lingüística. “Monchis. Hueso. Soy feliz de usar palabras mexicanotas, me hacen sentir aquí, presente, incluido. Ni modarense, ni de provincia, sino chilango como el que más. Es fascinante lo que le hacen al idioma en esta ciudad… qué torceduras idiomáticas se encuentra uno por ahí, y debo decirte, tus amigos son especialistas, tienen unas palabrejas que no escucho en ningún otro lado” (p. 26). De esta manera, Garnica se libra de las dificultades que conlleva tratar de representar un registro lingüístico con exactitud  y fidelidad, pero también se deshace del interés y el valor que trae consigo el explorar la forma de hablar de un segmento de población con características particulares.

     Por otro lado, resulta interesante que las constantes menciones que Nicolás hace de las similitudes que tienen sus amigos con los beatniks, las referencias a la vida como escenario, a los demás como personajes y a sí mismo como espectador, doten al texto de un tinte metaficcional, en el sentido de que el personaje llama la atención sobre los componentes de las obras de ficción en general. Aunque Nicolás no habla sobre la novela de la que es parte, sí dirige la atención del lector a la obra narrativa, aun y cuando se entiende que se refiere a la representación oral de la misma.

     En cuanto a la temática Beat, Garnica se asegura de dar al lector las bases históricas del término, e introduce en el texto los principios del movimiento, que simplifica en determinado momento de la narración en siete puntos: “Garabatea libretas secretas” “Sé sumiso a todo, abierto” “Como Proust, sé un viejo dopado de tiempo” “Composiciones salvajes, indisciplinadas, puras, brotando desde abajo, cuanto más locas mejor” “Elimina las inhibiciones literarias, gramaticales y sintácticas” “Ama tu vida” “Acepta siempre la pérdida”. Todos estos podían ser tachados de la lista de Nicolás, quien a un año de llegar a México ya los había cumplido a cabalidad. La alegoría de la generación Beat permea la novela y es también es frecuente el uso de intertextos en la obra: poemas, canciones y frases de artistas de la generación complementan el texto y lo explican; son más o menos como notas al pie que dilucidan las experiencias de Nicolás y las aproximan a esa generación pasada y extranjera que fue un estandarte de la liberación sexual y la exploración espiritual.

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