Literatura

Almudena Sánchez, La acústica de los iglús, Caballo de Troya, Madrid, 2016, 155 pp.


Denise Reynoard

En La acústica de los iglús, la joven autora Almudena Sánchez (Palma de Mallorca, 1985) propone un viaje solitario a través de diez cuentos que exploran la muerte, la soledad, la reflexión filosófica, la sexualidad, la feminidad y el absurdo.

A lo largo de estos textos se crean espacios oníricos en donde la narración colinda con lo inverosímil. Las voces de sus personajes son ingenuas y en gran medida femeninas: amistades en pugna, adolescentes enamoradas, una madre a la deriva, estudiantes brillantes, ancianos eclipsados o simples figuras terribles que surgen de las fantasías de la autora.

Las rarezas que plantea son asimiladas por una prosa limpia y sugerente. El ensueño se vuelve posible por medio de un discurso convincente y decidido. Sin embargo, la ingenuidad (como cualquier otro recurso), al explotarse, es costosa, lo que hace perder cierta claridad y ritmo a la narración: “Por los pasillos de los hospitales viajan biopsias y flores. Análisis y peluches. Purpurina y bisturíes. Desfibriladores y quitamanchas. Radiografías y bombones. No está prohibido el drama ni la euforia” (p. 18).

Retomando la premisa (o presagio) de un vínculo sonoro en su título, los cuentos  de Sánchez van acompañados de una delicada referencia musical. Un guiño o un rompecabezas. Las relaciones musicales (a diferencia de las pictóricas o literarias), empleadas como un recurso formal, resultan peligrosas ya que fácilmente caen en lo superfluo.

Con un bagaje simbólico y emocional, la música puede ser una herramienta para la recreación del espacio narrativo o un argumento estético para las premisas latentes en la obra. Milan Kundera y su Muss es sein? Es must sein!, de las anotaciones del último cuarteto de cuerda de Beethoven op. 135 en La insoportable levedad del ser, es un ejemplo de cómo una melodía puede ser un motivo enlazador y profético. Sin embargo en Sanchez este recurso no permite la articulación de la narración: “Las noticias de las seis. Las noticias de las siete. Concierto en Si menor de Oskar Rieding”(p. 30). La referencia se abandona y el cuento “El frío a través de los engranajes” continúa sin prestarle mayor importancia. Es una melodía en la radio y nada más.

Dentro de su colección de cuentos, “El arte incrustado” es el más afortunado. Su lectura admite al menos dos posibilidades. La primera: aceptar las fantasías de una pianista adolescente adentrándose en un personaje ingenuo, pero sensible; la segunda: ejercer el sentido crítico y evaluarlo como un relato inverosímil excedido en romanticismos: “Toqué la sonata más triste de mi vida, de un tirón, pasando las páginas de la partitura con desgana, con los dedos manchados de sangre (RH positivo, Salomé), mientras pensaba en una cabeza rota, maltratada por el arte, asesinada por el arte, descuartizada por el arte” (p. 84). Este pasaje ilustra de manera clara los lugares comunes a que puede dar pie el tratamiento de la música en una obra literaria.

Contrastando con lo anterior, los cuentos “Eclipse” e “Introducción al relámpago” son narraciones convincentes y creativas. El primero relata la historia de una pareja  octogenaria: Leonora y Adelino, habitantes del pueblo Villaseñor de Almeida, que deciden en los últimos años de su vida viajar por el mundo a través de un teleférico desafiando los límites del tiempo y el espacio: “Era el invento del siglo y del futuro; la salvación, la modernidad en potencia, un Dios mecánico fuera de toda lógica, imposible de superar” (p. 99). En un viaje tanto interno como externo, la pareja descubre una nueva realidad, “el espectáculo de lo perfecto” (p.110), un eclipse que no es otro que el eco de su vida.

El segundo relato es una tesis sobre la ficción, lo extraño y la soledad. Una voz narrativa femenina reconstruye sus recuerdos a través de una experiencia alienante: un fotógrafo inútil y desconocido la retrata en los momentos solitarios y de mayor dolor: “No era mi sombra… no eran mis alucinaciones… Era un fotógrafo… Cada vez que enfocaba a la oscuridad para hacer una foto, se volvía hacia mí”(p. 145). En un juego de dobles, fotógrafo-sombra y protagonista, Sánchez insinúa un debate sobre el concepto de realidad y su propia necesidad creativa: “Siempre he imaginado el espacio-tiempo como un caballo corriendo por la Luna… un caballo desbocado, Luna arriba, serio, temerario, al trope y al galope… como un loco que relincha mientras pisotea cráteres grandes y pequeños: eso es lo que yo llamo una introducción al relámpago, una introducción a la vida” (p. 146).

Pese a sus limitaciones, la primera obra de Almudena Sánchez, La acústica de los iglús, es un ejemplo de madurez narrativa. Tanto en la fuerza de sus recursos como en la profundidad de los temas que subyacen en sus historias, se adivina en Sánchez una sensibilidad peculiar que se encuentra aún en desarrollo. Por ahora, lo que permanece tras la lectura de La acústica de los iglús es un cúmulo de sensaciones alienantes, pero hermosas.

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