Literatura

Jordi García Bergua, Karpus Minthej seguido de Fortuna Imperatrix Mundi, Fondo de Cultura Económica, México, 2014, 245 pp.


Frida Conn

Karpus Minthej, primera y única novela de Jordi García Bergua (Ciudad de México, 1956-1979), apareció publicada por primera vez en 1981, dos años después de la temprana muerte de su autor. Ahora, el Fondo de Cultura Económica se encarga de reeditar esta peculiar y poco conocida obra del decadentismo mexicano, sumando a la nueva edición una colección de poemas y un cuento inéditos. La novela de García Bergua es, como la llamara Emiliano González, la biografía espiritual del joven albanés Karpus Minthej. Este personaje es una variación del judío errante y del “hombre fatal” de Byron, una figura que lleva la muerte consigo; Karpus es también un dandy en un estado perpetuo de abulia y febrilidad intelectual, irónico, extravagante, melancólico, dramático. A sus 23 años –edad a la que García Bergua se une a Chatterton y otros en la fila de escritores suicidas– Karpus es, además, un asesino, un fugitivo de la ley, pero, ante todo, un hombre sin convicciones, desprovisto de propósito alguno.

    Karpus Minthej abre con una premisa kafkiana: a través de un manuscrito fechado en agosto de 1899, Joseph K. Maturin –referencia al protagonista de El proceso de Kafka–, intenta comprobar la inocencia de un asesino. Maturin, descendiente del autor de Melmoth el errabundo (obra de 1820 adscrita  a la tradición gótica de la que García Bergua parece haber tomado como modelo a uno de los máximos representantes de la estirpe de los hombres fatídicos), se da a la tarea de explicar las causas que llevaron a la persecución y huida de Karpus. Maturin se instaura como guía en el recorrido tumultuoso de Minthej por los Balcanes; las calles de Italia y las costas de Grecia se vuelven el escenario de una serie de asesinatos y muertes inexplicables  –diríase ilógicos– que no son sino eco del caos interior que agobia a un Karpus desgastado por su vacío existencial.

    Quizá porque la sombra de la muerte preside su historia, cierta asociación entre personaje y autor resulta inevitable.  En algún punto de la lectura,  señalar en dónde termina Karpus para dar paso a García Bergua, o viceversa, se convierte en una tarea más ardua que pretender que Maturin ha dado un solo argumento válido  –salvo una sociopatía congénita–  para justificar el proceder de un joven enfermizo.  A la luz del suicidio de García Bergua, la muerte, como suele hacer con toda obra póstuma, resignifica cada palabra, cada acto, y reviste la novela de un valor testamentario. “La expresión poética nos da oportunidad de ver el verdadero origen de la tragedia en la razón y esto provoca un terror aún mayor: el terror de verse conjurando a la muerte por medio de otra muerte –si quieres más estética– que se vive en la poesía cuando queremos dar a conocer la tragedia de la existencia racional; el terror de ver que la inteligencia es una muerte irremediable, en su último intento de anular una tragedia universal: un universo de tragedias…”, sentencia un Karpus de apenas 15 años. No hay mejor testimonio para una vida tan corta como la de García Bergua que una novela que retrata sus  obsesiones  –reflejadas también en los poemas de Fortuna Imperatrix Mundi–: amor, muerte, arte, poesía, la naturaleza de la moral, la mortalidad del hombre.

    El libro está constituido de dos partes y tres apéndices. Las reminiscencias de Kafka pronto son abandonadas por una narración que se debate entre el gótico y el decadentismo en una prosa artística que, pese a su artificialidad –o causa de ella–, dota al lenguaje de una frescura renovadora. La primera parte de la historia ocurre en una Venecia –qué otra sino la emblemática ciudad que Goethe, Dickens o Mann no se cansarían de admirar–, que a ratos se asemeja al paraíso romántico de bellos canales, otras veces a la ciudad decadente de la que Byron habló en sus versos. Karpus es trasladado a las afueras de Londres para recuperarse de un ataque de tuberculosis –padecimiento poco menos que obligatorio del héroe romántico–, y es en la orilla de una playa desolada donde su amor por Charlotte (joven de la que se enamora durante su retiro), se alza funesto e, impelido por la intensidad de sus sentimientos, decide huir a la llamada Reina del Adriático. Entre conversaciones intelectuales de supuestos eruditos más pedantes que instruidos, un romance cercenado por la muerte, despliegues de valentía nacidos de la vanidad y duelos de pistolas, es como transcurre la estancia en Venecia. Cabe mencionar que lo mejor logrado de estas páginas es el rico detalle de las descripciones del entorno, eco de la corriente simbolista de la que García Bergua toma inspiración; cielos crepusculares devastadores, salones de música exquisitamente decorados, palacios enormes donde –aparentemente–  cada mueble merece uno o dos elogios de Maturin.

     El fallecimiento repentino de Klara Kursa, prima y nuevo objeto de los delirios románticos de Minthaj, desencadena su huida a Grecia, en donde se desenvuelve la segunda parte de la novela. Dejando atrás el tono decadentista que había predominado hasta ahora, García Bergua opta por un corte más bien fantástico, inclinado hacia el género de la aventura: viajes en barcos piratas, encuentros oníricos con sirenas y una Grecia bastante particular a la que Karpus va a parar tras cometer su primer asesinato (presa del impulso de poner fin al acoso de Ebrach, su desequilibrado tutor, decide, sin más, atravesarlo con una espada). En este punto de la novela, el Karpus de las primeras páginas ha dejado de existir; el hombre cínico que recorre las playas griegas en compañía de la amante de su amigo desconoce cualquier noción de moralidad o verdad: “Como en una fórmula de correspondencia matemática, no esperaba nada y nadie, recíprocamente, esperaba nada de su persona. Alguien si acaso, lo buscaba pero él no sentía especie alguna de culpa capaz de perturbar su estado. Es de hacerse notar esta plena disposición del alma que, teniendo la convicción única de la experiencia, soslaya la injusticia de las imposiciones morales para encontrar la dicha a lo largo del paseo hacia la muerte”.

    Finalmente, con decenas de páginas de retraso, llega la defensa de Maturin: Karpus actuó por el principio de la “ideología irracionalista”, según el cual no se puede juzgar un acto concebido en la necesidad de aceptar el absurdo de la vida desde las pautas de un sistema opresivo que se vale de la moral para limitar al hombre. Maturin exonera a Karpus arguyendo que los crímenes fueron cometidos, pero que el ejecutor de las muertes está por encima de cualquier índole moral, por tanto, ese hombre es una de las muchas víctimas de un sistema deficiente. “El hombre no posee más que su tragedia; el resto está atenido a una “voluntad” que no existe en sí misma”, dice Charlotte a Karpus. Éste, perseguido por el fantasma de ese primer amor, encarna la tragedia misma y se entrega a sus impulsos en un intento de suspender el tiempo, de  retrasar la muerte. Por fin reunido con Charlotte, sus perseguidores lo han alcanzado; Karpus rompe en llanto y se pierde en la distancia hacia un destino sin rumbo.

    La novela de García Bergua cierra con tres apéndices. El primero informa que para 1904 Karpus Minthej sigue vivo, así como de la muerte de su padre y el suicidio de su madre; el segundo refiere a Joseph K. Maturin, quien solo en su lecho de muerte tiene la satisfacción de saber sobre la destitución del agente Redgrave, encargado de la persecución de Karpus en Grecia; el tercero revela que en 1946 fue hallado un manuscrito firmado por K. Minthej, bajo el título “Sweet Charlotte”. El lector se ve transportado a un hospital español moderno donde una sensual enfermera Charlotte abre su bata para el anciano doctor Seli, mientras Werner, ayudante del médico, es encerrado en una jaula. Sin embargo, lo más desconcertante de esta última parte es la siguiente escena: “Werner entró en las oficinas de Rehabilitación y pidió que lo dejaran hablar con el subdirector. Mientras esperaba apareció el joven K en la sala, en pleno proceso de recuperación. K había matado a su maestro de literatura, víctima de un ataque esquizoide. Comma le hizo la trepanación y K mostró muy buenos signos”. El paralelismo de la historia del paciente K y de Karpus Minthej escapa a la coincidencia y de la tragedia se pasa al más puro sadismo: el final abierto de la novela traslada al Karpus corsario, al asesino que está más allá de las nimiedades morales del hombre común, a un manicomio; reduce el viaje exhaustivo y la búsqueda de Karpus a los delirios de un esquizofrénico privado de la razón.

     Karpus Minthej, nutrida de diferentes corrientes e influencias –simbolismo, decadentismo, romanticismo, gótica– es una novela forjada en el anacronismo. En el panorama literario del México de los setentas u ochentas no había lugar para una novela como la de García Bergua. Desde su concepción fue una obra extemporánea, nacida del imaginario de un autor que, tal vez, habría sido feliz en otra época.  García Bergua evade la cotidianidad de la realidad mexicana para situarse en una Europa decimonónica. Y justo es por esa incongruencia temporal que Karpus Minthej, con su pesimismo, sus reflexiones lúgubres, sus personajes salidos de una novela del siglo XIX, es, también, una novela atemporal que sobrevive al paso de los años.

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