Literatura

Virginia Woolf / Federico Sabatini (ed.), Horas en una biblioteca / Sobre la escritura: Virginia Woolf, Seix-Barral / Alba, Barcelona / Barcelona, 2016 / 2015, 364 pp. / 153 pp.


Liliana Muñoz

Debo a la obra de Virginia Woolf mi permanente agitación vital. En “El encuentro con los libros”, Albert Béguin escribía: “Lo que somos en la actualidad está compuesto de encuentros humanos, de accidentes de todo tipo, de nuestras miserias y nuestros éxitos, pero también, en un grado inapreciable, en un grado inmenso, de los libros que hemos leído”. Tal vez por eso, porque Woolf ha marcado un antes y un después en mi interior, me aproximo a su obra con cautela, con tiento, pero también con el vértigo de quien se sabe vulnerable ante una obra de arte. La literatura de Woolf, desde La señora Dalloway hasta Las olas, ha contribuido a revelar, pero también a tejer, las fibras más personales de mi ser.

Cuando nos acercamos a la obra de un autor canónico, no podemos dejar de experimentar ciertos temores: a repetir lo que otros ya han señalado, a realizar una lectura limitada, a no decir nada. Porque, ante la lectura del especialista, ¿qué puede la del lector común? Para Woolf, sin embargo, la única perspectiva que importaba era justamente esta: la “lectura pura y desinteresada”, la lectura hecha por el mero placer de leer. Por ello, a la visión del erudito ensimismado, oponía siempre la del common reader, el lector dichoso que no se aparta de la vida sino que se sumerge en ella.

No es fortuito que “Horas en una biblioteca” sea el ensayo inaugural de este volumen, que reúne artículos de The Times Literary Supplement, Books and Portraits, Cornhill Magazine, The Guardian, entre otros. Es, en cierto modo, el que le da la tónica, y también uno de los cráteres del libro, junto con “Coleridge, el crítico”, “Cuerpo y mente”, “El arte de la ficción” y “La muerte de la polilla”, por mencionar algunos. Y es que “Horas en una biblioteca” es el homenaje a una pasión –la pasión lectora–, pero no únicamente eso: escrito en 1916, es el punto de partida de una serie de reflexiones sobre el acto de leer, sobre las implicaciones de la experiencia literaria, sobre los libros y la vida. Woolf nos lega en este texto las semillas de sus obsesiones futuras, cinceladas más adelante a partir de su enfermedad, de sus propias lecturas, de su trayectoria vital y espiritual.

Sobre la escritura, editado por Federico Sabatini, bien podría ser la otra cara de Horas en una biblioteca: en él se incluyen algunas de las cartas de Woolf sobre la creación, propia y ajena, sobre las distintas técnicas literarias de la época, sobre los autores de su tiempo. A través de estos dos volúmenes es posible trazar el retrato de una Virginia única y diversa, una Virginia cuya naturaleza está compuesta en igual medida de vida leída, vida vivida y vida escrita. Para ella, la escritura no era solo la tentativa de reproducir una revelación a partir de la prosa (“Aquí estoy a media mañana llena de ideas y no puedo usarlas porque me falta el ritmo”); cada página escrita debía aspirar a la comunión con el otro: “Imagínate lo apasionante que sería poder comunicarse de verdad. De momento he escrito una página entera y todavía no he dicho nada”. Así, aunque la creación podía llegar a convertirse en una trampa –en la medida en que era capaz de vincularla o alienarla de la realidad–, Woolf prefería correr ese riesgo a habitar la medianía de la vida cotidiana. En el fondo, no buscaba la felicidad; su esfuerzo obedecía a una necesidad: “Lo que uno imagina en una novela es un mundo. Y cuando por fin has conseguido imaginar ese mundo, de repente las personas empiezan a entrar en él. Pero no sé por qué lo hacemos o por qué eso debería habitar la miseria de la vida, dado que es algo que no nos hace exactamente felices”. Por ello, no se valía de la literatura para dotar a la existencia de sentido: lo que Virginia quería era arañar la piel del mundo y penetrarla hasta lo más hondo, aunque esto supusiera una experiencia a la vez hermosa y terrible. Buscaba, a través de su prosa –con su ritmo, su cadencia y sus matices–, abreviar la distancia entre lo real y lo irreal, suprimir la grieta entre la imaginación y la percepción y, sobre todo, abrazar, con toda su sensibilidad y su inteligencia, los “delicados hechos físicos” de la experiencia vital, como apuntaba Borges en su reseña de 1936. De ahí que en su epistolario haya anotado que “no se puede encontrar paz evitando la vida”; el aislamiento a que los médicos la sometían no únicamente la apartaba de la realidad, sino también de la escritura. Porque su mayor estímulo era la vida misma, Virginia se reconocía incapaz de afrontar el mundo sin ella: la lectura contribuía a paliar su necesidad de una conversación o del bullicio de la ciudad, pero esta experiencia resultaba siempre incompleta si no se unía a ella la de la vida verdadera. En este sentido, hay un aspecto de la obra de Woolf que hay que entender bien: el silencio que requería para escribir no estaba en disputa con el ruido que la rodeaba o con las visitas de sus amigos. De hecho, las imágenes y las sensaciones eran justo el detonante de su proceso de escritura: “Una escena, una emoción, produce una ola en la mente, mucho antes de que las palabras aparezcan para interpretarla; y al escribirlas (esto es lo que pienso ahora) uno debe retomar todo eso y trabajarlo”.

La literatura de Woolf está hecha de contrastes: lo visible y lo invisible, la luz y la oscuridad, lo experimentado y lo imaginado. Todos ellos pueden resumirse en uno solo, crucial, que atraviesa desde sus primeros textos hasta los últimos: la ausencia y la presencia. En uno de los más bellos pasajes de Al faro, cuando Lily le pregunta a Andrew de qué tratan los libros de su padre, éste responde: ‘“Sujeto y objeto y la naturaleza de la realidad”. Y ante la perplejidad de Lily, añade: “Piensa entonces en una mesa de cocina cuando no estás ahí”. Este pasaje encierra una de las cuestiones fundamentales del arte woolfiano: ¿cómo salvar la distancia entre lo que percibimos y lo que de verdad existe?

En La señora Dalloway, Clarissa, al reflexionar sobre el suicidio de Septimus, el joven cuya muerte ha irrumpido en su fiesta, se da cuenta de que “en cierta manera, esto era su desastre, su desdicha. Era su castigo el ver hundirse y desaparecer aquí a un hombre, allá a una mujer, en esa profunda oscuridad, mientras ella estaba obligada a permanecer aquí con su vestido de noche”. Septimus es parte esencial del personaje de Clarissa, su complemento y su contraparte, pero no solo porque éste encarne la muerte y ella la vida, sino porque uno y otro representan la dualidad de la percepción: si, para escribir, hay que “apagar las luces y, de vez en cuando, mirar al mundo” solo para comprobar que “el mundo desaparece salvo esa parte concreta que te sirve para escribir, que te vuelve de hecho indecendemente nítida”, ¿qué sucede con la muerte, esa oscuridad definitiva? El mundo, como lo ilustran Clarissa y Lily, sigue funcionando, lo miremos o no; sigue girando, lo habitemos no, pero la creación surge, precisamente, cuando creemos que lo hemos perdido todo. Y es solo entonces cuando el artista es capaz de concebir algo parecido a la vida.

Esta súbita inmersión en la oscuridad, este desplazamiento de la luz hacia rincones en apariencia impenetrables, es lo que rige la escritura de Woolf: las cosas que no decimos, aquello que no vemos, todo lo que no expresamos. En una carta a Janet Case, fechada en 1919, anotaba: “ahí está la gran cuestión que me interesa: las cosas que no decimos, ¿qué efecto tienen? ¿Y hasta qué punto nuestros sentimientos toman sus colores de su inmersión en lo subterráneo? Quiero decir, ¿cuál es la realidad de cualquier sentimiento?”

Contrario a lo que ha señalado buena parte de la crítica, Woolf no quiere precisamente, a la manera Joyce, expresarlo todo, las emociones y los pensamientos. Más bien busca, por medio de la ficción, acceder a esos “momentos del ser” que le permiten salvar, al menos de forma ilusoria, las trampas de la vida cotidiana: “Para escribir, uno tiene que combinar la soledad con la inmersión directa en el mundo, la percepción y la recreación de todo lo que se ha percibido”. Todo lo abstracto, lo intraducible, cobra forma a partir de sus metáforas, y por ello en sus novelas las emociones son tan vívidas como los objetos o los personajes o las acciones.

Cuando Virginia le explica a G.L. Dickinson: “Los seis personajes [de Las olas] iban a ser uno solo. Estoy haciéndome mayor, cumpliré cincuenta el año que viene; y empiezo a sentir más y más lo difícil que me resulta reunirme en una única Virginia”, lo que busca es fundir, a través de esos personajes, la realidad que habita con la realidad que crea. Solo a través de ese vaivén entre la percepción y la ficción puede alcanzar la escritura que persigue. Porque en ese espacio comprendido entre la realidad y los sentidos se hallan tanto el sustrato como la sustancia del acto literario. Y, sin embargo, la ambición de Woolf va más allá: su escritura no es una imitación del mundo exterior. Tampoco es materia en sí misma, ajena a la realidad. Es una escritura situada justo en el intersticio entre la aparición y la desaparición. La vida que escribe y la que vive son una sola, pero no deja de ser una vida fragmentaria, hecha a partir de los retazos, una escritura nacida de una individualidad única y fortísima y modelada a partir del caos de su mundo interior. En este sentido, mientras que la escritura es su peculiar forma de adentrarse en la oscuridad sin resultar herida, la lectura es una suerte de lámpara para ver y entender al otro y, a la vez, evitar sucumbir a sus fantasmas. A propósito de Emerson expresó: “No miraba el mundo con amargura por el hecho de que el mundo lo desconcertase. Lo que hacía, en cambio, era afirmar que no se le podía rechazar, ya que abarcaba el universo entero en su ser. Cada hombre, al hallar qué es lo que siente, descubre las leyes del universo”.

Woolf no hacía distinción entre géneros mayores y menores y por eso se volcaba entera tanto en sus textos críticos como en sus obras de ficción. Para ella, ambos eran un medio, no un fin en sí mismo: una forma de aproximarse a regiones insospechadas de la mente y el corazón, un vehículo para descubrir nuevas formas de sentir y de pensar y, más allá de eso, una radiografía de la experiencia en su sentido más álgido, más intenso, más doloroso, más extraordinario. Sobre el Diario de Pepys, escribió: “no era confesional, menos aún un mero registro de las cosas vividas, que valdría la pena recordar; era, si acaso, el almacén de su personalidad más privada, el eco de los más dulces sonidos de la vida, sin los cuales la propia vida adelgazaría y se haría más prosaica”. Porque para Woolf la literatura no es una extensión de la experiencia: es la experiencia. Desnuda en su totalidad, desprovista de adornos y accidentes, la realidad que esta le revela es vulnerable y dúctil, ajena a los días y las horas que disimulan la fragilidad humana.

“No soy capaz de sobrevivir a un libro sin que suceda un desastre”, expresaba Woolf en una carta. El verdadero lector sabe que su destino está donde los libros, que sus alegrías y sus desgracias dependen de ellos, que detrás de las páginas existe una irrealidad capaz de devolver la autenticidad a la experiencia humana y que por eso mismo vale la pena pausar por un momento la rutina para entregarles parte de su ser. Entre las paredes de una biblioteca, Virginia Woolf no hacía otra cosa que leer; no hacía nada, salvo aprender a vivir.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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