Literatura

Christopher Domínguez Michael, Historia mínima de la literatura mexicana del siglo XIX, El Colegio de México, México, 2019, 319 pp.


Román Alonso

Christopher Domínguez Michael en su nuevo libro convierte a los hombres del siglo XIX en nuestros contemporáneos. Historia mínima de la literatura mexicana del siglo XIX es la versión recortada y actualizada de La innovación retrógrada. Literatura mexicana, 1805-1863. Ya que la obra anterior era innecesariamente extensa, demasiado subordinada a los esquemas de forma y extensión del mundo académico, esta edición es un acierto. Ahora podemos leer más en menos cuerpo. La nueva versión se transporta y se lee mejor. Las erratas en la obra son pocas, aunque incómodas, por ejemplo: se escribe mal los nombres de “Pimental” [Pimentel] (p. 154), “Gerardo [Genaro] Fernández MacGregor” (p. 261), “Bocacchio” [Boccaccio] (p. 263).

El libro se divide en doce capítulos, una conclusión y un apartado bibliográfico bien estructurado. Aparecen aquí casi todos los críticos y lectores importantes del periodo, con excepciones notables, como Emmanuel Carballo. Imagino que Domínguez Michael prefiere establecer una sana distancia con el pasado crítico de guardia, su bestia negra, a quien ha enterrado, con justicia, para ocupar su lugar junto al árbol secular de la literatura mexicana, blandiendo la espada de la crítica (asunto que hubiera celebrado un George Frazer). En todo caso, al carecer de un índice onomástico, esta obra difícilmente se convertirá en una obra de consulta frecuente.

Más que una historia mínima, la de Domínguez Michael es un denso compendio de autores (mayores y menores), donde algunos personajes destacan por tener la primogenitura en su actividad o género. Por ejemplo: José Tomás de Cuellar (1830-1894) es el “fundador de la crónica nacional”, mientras que Andrés Quintana Roo (1787-1851) escribió “el primer poema patriótico mexicano y el modelo de todos los que siguieron”. En tono mayor, según Bustamante citado por Domínguez Michael, Sartorio (1746-1829) resultó “el primer poeta con público y éxito en México” y José Joaquín Fernández de Lizardi (1776-1827), nuestro primer escritor profesional, además de fundador de la novela hispanoamericana (según Manuel Terán), escribió “el mejor español de su época, sabroso y visionario”.

Para desmitificar el pasado, Domínguez Michael documenta que El pensador mexicano inventó en 1827 el ritual anual del grito de independencia con su obra de teatro El grito de libertad en el pueblo de Dolores, “un verdadero ‘auto sacramental’ patriótico que debería reponerse cada 15 de septiembre” y que “la idea consagrada de México como una nueva nación mestiza” la firmó el historiador Manuel Riva Palacio, como editor de México a través de los siglos (1884-1889). También, que los árcades mexicanos, a través de su poesía bucólica, legarían a sus compatriotas el hábito de grabar iniciales amorosas en la corteza de los árboles. Por lo demás, en este libro de mirada panorámica aparecen lo mismo frailes poetas que historiadores guerreros, novelistas porfiniseculares que mecenas o ilustradores de revistas modernas (como Julio Ruelas).

Como historiador y crítico de las ideas, Domínguez Michael realiza en estas páginas una gran pintura en caballete de la Arcadia mexicana (nuestra “primera asociación literaria […] sin nexo orgánico con la Iglesia”); desmiente la leyenda blanca del fraile Navarrete y la leyenda negra de Santa Anna; combate la leyenda dorada de la Academia de Letrán y la leyenda romántica que desfigura la obra de Manuel Acuña, cuyo poema central no es “Nocturno a Rosario”, que resulta bastante malo, sino “Ante un cadáver”, como lo supieron ver sus más cercanos contemporáneos y el crítico español Menéndez Pelayo. Además, restablece al poeta José María Heredia como parte de nuestra tradición literaria (cartógrafo como fue de un gran pedazo de nuestro pasado geográfico y simbólico) y retrata con finas pinceladas al triunvirato de la historia mexicana, conformado por el sacerdote José María Luis Mora (“padre de liberalismo mexicano”, aunque escritor de méritos literarios limitados), Lorenzo de Zavala (autor de “uno de los primeros buenos libros mexicanos”: Ensayo histórico de las revoluciones de México de 1808 hasta 1830) y Lucas Alamán, “conservador liberal”, autor de una obra “cabal, claridosa y castiza, bien escrita y sobriamente documentada” donde postula una historia mexicana que inicia en el d. C. (después de Cortés). El historiador Carlos María de Bustamante merece un gran retrato aparte. Independentista, consejero y panegirista de Morelos, a quien logró mitificar para la posteridad, Bustamante fusionó lo antiguo con lo moderno: al pasado indígena con el nuevo panteón mexicano. Fue un historiador pionero y un mitómano tozudo, “un narrador rústico pero también irónico”.

Cronológicamente, Domínguez Michael traza una historia que va de los bucólicos árcades a los historiadores nacionales, atravesamos con ellos las guerras mexicanas y hacemos una pausa para leer El Renacimiento, revista creada bajo la jefatura espiritual de Ignacio Manuel Altamirano. Más adelante, vamos de las enlutadas tristezas de Gutiérrez Nájera a los infiernos versificados de Díaz Mirón. Y viajamos del genio versátil de Amado Nervo (“el gran narrador del modernismo”) al innovador talento de José Juan Tablada, quien se fugó del modernismo a Japón y regresó a México para terminar como empleado del dipsómano dictador Victoriano Huerta, a quien le escribió un poema.

Domínguez Michael nos lleva luego hasta el fantasmagórico “bar modernista” para hablar con autores y obras usando la ouija crítica. Hojeamos con él la Revista Moderna, la gran empresa editorial del modernismo. Aquí el crítico realiza un corte de caja donde los poetas modernistas nos dejan no solo poemas, sino también “una colección de memorias literarias”. Desafortunadamente, anota Domínguez Michael, los modernistas no fueron maderistas ni rebeldes, sino contrarrevolucionarios sin suerte que –apunto yo– le apostaron al caballo perdedor o, lo que es peor, se metieron al hipódromo político equivocado.

Crítico combativo, Domínguez Michael se refiere lo mismo a las polémicas y a los relevos generacionales que a las mudanzas estéticas e intelectuales. Así, miramos al fauno Efrén Rebolledo pasear entre las frías y abandonadas lápidas del parnasianismo y, siglo de innovaciones retrógradas, vemos cómo es que Tablada cambia en su poesía la tapicería modernista por el antiguo biombo japonés. “Ir hacia atrás y encontrarse en el futuro”, nos dice Domínguez Michael, es acaso el movimiento literario clave del siglo XIX: “en ese movimiento pendular coinciden los árcades, Fernández de Lizardi y el doctor Mier”.

El libro es también una historia mínima de la crítica literaria en el México del siglo XIX, donde los críticos literarios ganan rostro y reconocimiento: José María Heredia tiene el privilegio de “haber sido el primer crítico literario que hubo en México”, José Justo Gómez, conde de la Cortina, fue el principal crítico literario de su época; el poeta Juan de Dios Peza escribió con el historiador Riva Palacio un libro de crítica literaria titulado Los Ceros; Manuel Puga y Acal resultó ser “el crítico literario más influyente del modernismo” con su libro Lirismos de antaño: versos y prosas (1923). Y si bien observamos a los decimonónicos ante sus propios críticos (ya sin la crítica exterior del “muy vetusto” Marcelino Menéndez Pelayo), los miramos sobre todo desde nuestro siglo. Así, la de Domínguez Michael es una historia literaria donde, por ejemplo, en clave posmoderna y tolkiana, Ignacio Ramírez aparece como el Gandalf de la nación mexicana.

Como historiador de la literatura mundial, siguiendo el fenómeno internacional de “auge de las revistas literarias y filosóficas”, Domínguez Michael pasa también inventario a las primeras publicaciones culturales mexicanas: del Diario de México (1805-1817) a Miscelánea, “la primera gran revista literaria del México independiente”. No es extraño que este siglo de renovación tuviera una revista con el nombre de El Renacimiento (1869), “salida en falso de nuestro nacionalismo literario”.

Crítico biográfico, Domínguez Michael no escribió tanto un catálogo de obras como una galería de retratos críticos, un teatro donde los decimonónicos dialogan con nosotros, los veintiúnicos. Historia literaria y moral, anecdotario inusual y corte de caja de todo un siglo literario, este libro destaca por ser un mosaico de juicios críticos que iluminan, desde épocas y lugares diferentes, personajes y circunstancias olvidadas.

Historia mínima de la literatura mexicana del siglo XIX es una reinterpretación innovadora del pasado, escrita con el desenfado de un crítico veintiúnico, nuestro contemporáneo. En esta obra del siglo XXI, Domínguez Michael acaso nos sugiere recordar a Jano, el dios bifronte tan estimado por Borges:  divisar el pasado es ver el porvenir. No es otro quizás el camino que debemos de seguir para ser contemporáneos de todos los hombres, de todos los tiempos.

 

 

 

 

 

 

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