Cine

Alex Ross Perry, Golden Exits, Estados Unidos, 2017.


José Pablo Acevedo

La filmografía de Alex Ross Perry (que al momento consiste en un segmento de la antología neoyorquina The Sixth Year, una serie de televisión fallida con HBO y cinco largometrajes), pareciera que está entrando a su temprana etapa de maduración siguiendo de cerca los pasos del cine de Woody Allen de los setenta y ochenta. Perry, de treinta y seis años, ha encontrado en sus personajes una fórmula para explorar la inconformidad del ser humano. El espíritu agobiante que emana de sus personajes masculinos lo ha ayudado a explorar su sentido apático hacia el mundo que lo rodea y en Golden Exits logra culminar su indagación en el rol femenino en la sociedad artística de la actualidad.

Golden Exits se centra en dos parejas y tres allegados a ellos. El primer matrimonio corresponde a Nick y Alyssa, interpretados por Adam Horovitz (miembro de los Beastie Boys) y Chloë Sevigny. Nick trabaja para su cuñada Gwendolyn (Mary Louise Parker), ayudándole a organizar el archivo de su fallecido padre. Del otro lado tenemos a Jason Schwartzman y Aneleigh Tipton interpretando a Buddy y Jess, que son dueños de un estudio de grabación. Lily Rabe, por su parte, interpreta a Sam, hermana de Jess y asistente personal de Gwendolyn. La vida de estas dos familias se ve afectada cuando Naomi (Emily Browning), una joven australiana, llega a Nueva York para ayudar a Nick con el trabajo de archivo. Al no conocer a nadie en la ciudad, acude a Buddy (a quien conoció hace tiempo cuando eran niños) buscando ayuda ajustándose a su nueva vida en América.

A diferencia de los demás largometrajes de Perry, en Golden Exits la cámara de Sean Price Williams, su director de fotografía predilecto, se muestra en muchas ocasiones distante y fija; ahorrando el uso de los close-ups (elemento que lo había distinguido en otras producciones) para ciertas conversaciones clave. La idea detrás de esto es que la cámara ya no sea parte activa de las acciones. El punto desde donde el filme de 35mm captura a los protagonistas—tanto Williams como Perry son fans del celuloide y en muchas ocasiones han defendido la captura análoga frente a la digital— cobra un sentido observacional en Golden Exits. Ahora intencionalmente nos alejan y nos permiten presenciar con precisión desde la lejanía las reacciones de dos o tres actores en cuadro sin recurrir a un montaje plano-contraplano. Esto permite a la audiencia ver en tiempo real una reacción que enmascara y sujeta asombro, inquietud y molestia, un pequeño instante de resistencia genuina que pasa desapercibida a otros actores en escena. La cinta se desenvuelve a partir de esta forma de ocultar lo que uno piensa y siente, los personajes encierran sus verdaderas intenciones y en sus rostros se puede ver cómo sus mandíbulas se tensan y los dientes se retuercen.

Lo hostil viene a la mente de Perry por naturaleza. Sus primeras tres cintas ponen en foco la toxicidad masculina inspirada en cierta forma por la obra de Thomas Pynchon y del recién fallecido Philip Roth. Es a través de su exploración de The Ghost Writer en Listen Up Philip (véase al respecto la reseña de Jaime Guerrero en esta publicación: http://www.criticismo.com/listen-up-philip/) que el director/escritor logra seguir una idea comenzada en su segundo largometraje The Color Wheel, donde se presenta a sí mismo como un personaje ególatra que no busca razonar con sus conocidos, sino implementar sus ideas y atacar con insultos y quejas. En Listen Up Philip, Philip, interpretado por Jason Schwartzmann, sigue siendo un reflejo del mismo director, pero a través de la vida de un escritor que está buscando publicar su segundo libro y se aísla en la casa de campo de su héroe literario, Ike Zimmerman.

Con su quinto largometraje, Alex continúa explorando el lado femenino que fue tan crucial para Queen of Earth, y recurre en esta ocasión a cinco mujeres que contrapone con dos hombres. En entrevista con The Muse, Perry dijo que es a través de estas actrices donde se refleja lo que lo inspira. En Queen of Earth sus personajes masculinos son villanos y en Golden Exits los dos hombres son débiles y están confundidos. La manera de abordar a sus personajes femeninos lo compara de manera cercana a Bergman y a su otra más grande influencia europea, Rohmer.

En palabras del director de cine y crítico francés Olivier Assayas, Bergman veía en la mujer la salvación y detestaba al hombre. Por los nexos dramáticos de la nueva historia, parece que Alex Ross Perry busca emular esta examinación interna del bien y el mal, el deseo y el amor. Es interesante ver la puesta en escena de Perry y sentir cómo se nota la influencia del clásico cineasta sueco, pero filtrada por la obra fílmica de Woody Allen. El trabajo de Perry y Price Williams acoje lo propuesto por Allen y Nykvist en los años 80 y recuerda esos chamber films donde un elemento como la casa en Persona y Autumn Sonata de Bergman o Interiors de Allen tiene vida propia y agobia a sus personajes. Los personajes de Golden Exits conviven generalmente confinados en cuatro paredes, rara vez los vemos en las calles. Los muebles aprisionan el alma de los personajes hasta asfixiarlos con un ambiente de tensión donde nunca se habla de nada y los problemas quedan flotando en el aire impidiendo una reconciliación.

Buscando un incentivo para la reducción de impuestos por parte del gobierno, la producción de la cinta optó por grabar las escenas de la oficina de Nick en un estudio. La libertad de crear y mover todos los elementos de este set ayudó a emplear el cuarto donde trabajan Nick y Naomi como una prisión que alimenta la idea de la incomodidad ante el acoso laboral. Como se mencionó anteriormente, el filme explora hasta qué punto los personajes evitan decir lo que sienten y piensan; principalmente, son los personajes masculinos los que se escabullen detrás de sus esposas y cuando son confrontados, evaden el tema o recurren a un silencio incómodo que deja más preguntas que respuestas. Después de que Naomi se niega a un acercamiento por parte de su jefe, es en la oficina donde incrementan las tensiones, donde el espacio se reduce y donde se puede analizar de cerca cómo este silencio empieza a consumir la paz que habían logrado.

Teniendo lo anterior en mente y evocando la sinopsis oficial de la película (“Dos matrimonios cuya rutina se desbalancea a partir de la llegada de una joven extranjera”), es importante aclarar que los personajes de Schwartzman y Horovitz no cambian con la llegada de Naomi. Ambos viven matrimonios complicados (Nick más que Buddy), antes de que llegue el personaje de Emily Browning. No es su presencia lo que afecta sus relaciones, más bien son los errores que cometieron en el pasado lo que pesa más en su psique. Aunque la presencia de Naomi sí contribuye a que las situaciones domésticas y mentiras de ambos se viertan en torno a la indagación de la infidelidad que es acentuada por medio de un elemento nuevo en la filmografía del director: los fades. Propuestos por el editor Robert Greene, las transiciones a negro alimentan la inconformidad y suspenso, prohibiendo un cierre o final y contradiciendo el empleo general de este elemento (explicado por el teórico David Bordwell en su libro The Classical Hollywood Cinema).

Al dejar toda artificialidad para centrarse en el paralelismo de ambos matrimonios neoyorquinos, es el vínculo de las hermanas lo que mueve la historia, no Naomi. Principalmente es Sam, quien a través de conversaciones con Jess sirve como vía para que Perry vuelva a recurrir al tema de metas fallidas y sueños desvanecidos, las responsabilidades del ser humano y del artista que ha tocado antes en otras cintas. Después de un filme como Queen of Earth, donde muestra el caos de su mente como artista tras ascender en el circuito fílmico independiente estadounidense con su trabajo previo, Golden Exits aspira a ser más un cuestionamiento sobre su propio éxito como guionista y director.

Tomando en cuenta el burdo resultado obtenido con Christopher Robin, su primera historia para un estudio grande (Disney), donde tuvo que seguir notas, estructuras y fórmulas para llevar la historia del punto A al B, pasando por puntos de giro, ganchos y clímax, Golden Exits se siente forzada a que no pase nada para justamente evitar todo lo anterior. La frase (pronunciada casi al inicio de la película), “People don’t ever make films about ordinary people who don’t really do anything” anuncia lo que se puede esperar de ella, haciendo consciencia del mismo medio fílmico de forma infantil. Golden Exits no es un salto cualitativo en la filmografía de Alex Ross Perry, más bien es un ejercicio de reapropiación hecho correctamente, pero que no logra aclarar del todo si su arte ha madurado o si solo está emulando a sus héroes fílmicos.

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