Literatura

George MacDonald, Fantastes. Una novela de hadas para hombres y mujeres, Atalanta, Barcelona, 2014, 271 pp.


Sonia García de Alba

“Quienes se adentran en el País de las Hadas no pueden volver atrás. Deben seguir adelante y atravesarlo” (p. 95). La advertencia de uno de los habitantes del mundo feérico a Anodos, el protagonista de Fantastes, encierra uno de los postulados fundamentales detrás de la composición de toda la obra de George MacDonald. En sus textos, el relato episódico del viaje a través del mundo de fantasía no solo actúa como un marco de organización para la narrativa sino que, más bien, es un elemento central para su composición: aquello que permite clasificarla como un “cuento de hadas”. De llegar a faltar, la esencia misma de sus obras se vería irremediablemente alterada y la representación del mito se malograría.

     Fantastes, que junto con Lilith forma parte de las obras de madurez de MacDonald, apareció publicada por primera vez en 1858 en Londres. Aunque relativamente desconocida para el mundo hispanohablante —antes de la edición de Atalanta solo se había editado una vez en español, en 1989—, la obra de MacDonald es considerada una de las más influyentes para la consolidación de la literatura fantástica anglosajona durante el siglo XX. Tanto J. R. R. Tolkien como C.S. Lewis —quién prologó ésta y otras de sus novelas—, hicieron notar en repetidas ocasiones la deuda que tienen con el autor de La llave dorada.                       

     A propósito, se podría decir que Fantastes es una auténtica representante de la tradición de los cuentos de hadas —entendidos en su sentido tradicional y folclórico— a la que Tolkien y Lewis se adscribieron. En su orígenes, los Märchen o fairytales, que a falta de un mejor término se han venido a llamar “cuentos de hadas”, pretendían ser informes de viaje, relatos de las aventuras de los hombres y mujeres en el País de las Hadas. No obstante, con el tiempo, la tendencia al mal uso del término —de la que ya advertía Tolkien en su ensayo “On Fairy-Stories”— degeneró en la asociación de estos relatos con lo que se conoce como escapist fiction, es decir, aquella literatura infantilizada, sin profundidad, que solo sirve para proveer divertimento y una fuga temporal de la realidad. Así, el sentido esencial del concepto se perdió, de tal manera que hoy, dentro de los límites del género, abundan los relatos en los que lo feérico, la magia y lo sobrenatural son recursos gratuitos, útiles solo para encantar las mentes de los niños. No es el caso de la obra de MacDonald. En Fantastes, estos elementos tienen la expresa función de provocar en los lectores una sensación de desasosiego y de despertar en ellos el asombro ante un mundo que, aunque maravilloso y disímil, es, para MacDonald, un espejo del nuestro.

      La novela de MacDonald comienza con un quiebre en la realidad: Anodos, al cumplir 21 años, recibe las llaves del escritorio de su padre y, con ellas, la posibilidad de visitar el País de las Hadas. A la mañana siguiente, después del encuentro nocturno con un hada que le revela que el mundo feérico es real, el protagonista se ve envuelto en una aventura en la que el azar y la casualidad parecen ser los únicos elementos que rigen el orden de los acontecimientos: “es inútil tratar de explicarse nada en el País de las Hadas y quienes se adentran en él aprenden enseguida a desechar la sola idea de hacerlo y aceptan todo tal como se presenta… al hallarse en un estado de asombro crónico, no se sorprende de nada” (p. 55). El asombro, tanto del protagonista como del lector,  es una sensación que se sostiene a lo largo de toda la narración gracias a la movilidad constante del personaje y su transición de un espacio imposible al siguiente conforme progresa el viaje. La vívida descripción del paisaje y de los espacios feéricos —uno de los grandes aciertos de MacDonald— se conserva en la traducción que, aunque algo “españolizada”, logra capturar la brillantez y el carácter mágico del mundo de las hadas y prolongar esa sensación de perpetua maravilla.

     Cabe señalar que en todo momento, y pese al su estado de fascinación, Anodos está consciente de que su estancia en el País de las Hadas es transitoria y —aunque esto solo lo intuye— parte de un proceso de aprendizaje y auto-descubrimiento. “¡Pero cómo me he internado en los recodos del país del alma, mientras floto por el País de las Hadas… !” (p. 113). Conforme Anodos se adentra más en el mundo feérico, se ve sometido a una serie de pruebas que lo llevan a cuestionar qué tanto está dispuesto a sacrificar para alcanzar el ideal. Así, Fantastes pasa de ser solo relato de viajes a una narración parecida al Bildungsroman. Para el lector, los episodios aparentemente inconexos del inicio adquieren elementos visiblemente reiterativos que enfatizan el acto de desprendimiento del personaje de sus egoísmos y pasiones. Este sacrificio es representado como parte necesaria para poder rescatar a la dama, figura que simboliza la pureza de espíritu en Fantastes. El acto de despertar a la doncella y anular los hechizos que la aprisionan, que se repite en los episodios principales, remite al propio despertar de la consciencia de Anodos.

     En su prólogo a Fantastes, reproducido en esta edición, C.S. Lewis menciona que, aunque existen numerosos mitos que afectan el imaginario de los hombres, casi ninguno puede atribuirse a un autor individual. No obstante —señala—, “de tanto en tanto, en el mundo aparecen genios, como Kafka o Novalis, capaces de crear tales historias, y entre todos ellos MacDonald es el genio más sobresaliente que conozco” (p. 20). En efecto, en sus obras George MacDonald utiliza el mito, que se construye a partir de representación de la búsqueda del ideal a través de un viaje en el universo feérico, como un elemento para aproximarse a la naturaleza humana, particularmente la que concierne al sacrificio que implica la toma de consciencia. Fantastes no es la excepción, pues en la novela el mito pone de relieve el enfrentamiento entre el hombre y su sombra, ese otro lado oscuro y egoísta que limita al ser y le impide despegarse de lo más mundano para trascender y alcanzar el ideal. Lo fundamental, para comprender la profundidad de la obra de MacDonald, es entender que el País de las Hadas, como reflejo del mundo de los hombres,  es el escenario idóneo para representar este choque de consciencia. De ahí que el espejo siempre tenga una presencia central en sus obras, incluida Fantastes, en la que reflexiona sobre su potencial como instrumento de representación: “—¡Qué raros son los espejos! —susurró entonces—. ¡Y qué asombrosas afinidades existen entre ellos y la imaginación de los hombres!… No es la mera representación de la habitación que habito, sino más bien parece que estoy leyéndola en uno de mis cuentos favoritos. Todo lo que en ella hay de trivial ha desaparecido. El espejo la ha rescatado de la región de los hechos para conducirla al reino del arte” (p. 143). Como Carroll, MacDonald parecía estar fascinado con la posibilidad de la literatura de actuar como espejo, es decir, de mostrar una realidad alterna donde la fantasía y lo absurdo de ese mundo pudieran abordar aquello que en el nuestro resulta intratable.

     La novela de hadas está intrínsecamente ligada a la representación de la consciencia humana. Es hija de nuestra realidad y, aunque rompe con ella, lo hace con el fin de intentar despertar la curiosidad y el asombro en el lector, antes de volverse a volcar sobre ésta. Así, más que educar abiertamente, el autor de Fantastes pretende incitar y provocar un proceso de auto-descubrimiento como el que atraviesa Anodos. “La naturaleza engendra estados de ánimos y provoca pensamientos… también los cuentos de hadas deberían hacerlo”, menciona MacDonald en “The Fantastic Imagination”. Así, el viaje, los espejos y el resto de los símbolos engendran una narración llena de sentido alegórico y mitológico.

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