Literatura

Charles Bukowski, Essential Bukowski: Poetry, ed. de Abel Debritto, 4th Estate, Londres, 2016, 217 pp.


Javier Revello Sánchez

Escribir sobre la poesía de Bukowski es una tarea tan monumentalmente compleja que tan solo el hecho de intentarlo supone casi un ejercicio de fe en que a uno le irá llegando la frase exacta con el discurrir de las palabras. La frase que, de una vez por todas, consiga definir qué es lo que hace que sus versos sean a la vez un callejón sucio de Los Ángeles, un cenzontle, un gato, un ventilador en una tarde de verano, Brahms atronando en lo oscuro de la noche y una biblioteca en llamas. Qué permite que con tres palabras nos deje mirando al aire con la certeza de que nos acaban de amargar el día.

Porque Bukowski es, para qué engañarse, capaz de amargarnos el día. De orinar en la piscina, comunicarnos que nos han despedido, darnos fiebre y mareos, matar a un familiar cercano y cortarnos el agua a medianoche. Lo que ocurre, y es aquí donde una vez más todo lo que se está escribiendo empieza a deshacerse dulcemente, es que también es capaz de hacernos sentir una ternura tan devastadora, tan cegadoramente simple, que no deja más que silencio a su paso. Leer un poema de Bukowski es jugárselo todo a la carta de que sea uno de los que habla sobre el lado sórdido de la vida; la alternativa es muchísimo peor.

En el prólogo a su magnífica antología, Abel Debritto apunta: “The Budha of San Pedro, Bukowski ultimately smiles because he knows the secret of it all is way beyond him, and that’s the beauty of it: Bukowski distills life to its very essence, squeezing the magic out of the ordinary with his unmistakable, surpassing simplicity” (p. xiii). Bukowski consigue hacer algo que muy pocos apenas entienden: desentenderse de todo y hacer que sea el lector el que sangre por él. A él le da igual, pero consigue que a nosotros no. Tiene clarísimo que “what matters most is / how well you / walk through the / fire” (p. 144), que a la vida se sobrevive y nada más; para él, escribir es una lucha (“it has been a beautiful / fight / still / is”, p. 142), pero una lucha hermosa, que nos permite mantener a raya a la muerte (“you can’t beat death but / you can beat death / in life, / sometimes”, p. 201).

Este pastiche casi incomprensible de dulzura y asco, de barro y flores, es lo que hace que cada momento de genuina derrota, cada instante de oceánica calma ante la vida, sea una bocanada de aire frío. En otro contexto, rodeadas de otros versos, enmarcadas en otra voz poética, ciertas cosas no sacudirían los cimientos de nuestra estabilidad emocional como lo hacen cuando es él quien dicta los términos. Cuando es él quien dice que “I was born to hustle roses down the avenues of the dead” (p. 28), las palabras dejan de ser lo que son por separado, los sintagmas dejan de ser lo que siempre han sido, y solo queda cerrar el libro en silencio, con pausa, sabiendo que todos hemos nacido para lo mismo.

Toda esta dulzura, esta suave rendición al invierno de lo que supone existir, no es óbice para que Bukowski no deje de recordarnos que esto no es ninguna fiesta. Ya mayor, escribió: “but now it’s the waiting on death / it’s not death that’s the problem, it’s the waiting” (p. 199); antes diría: “and nothing, and nothing, the days of / the bosses, yellow men / with bad breath and big feet, men / who look like frogs, hyenas, men who walk / as if melody had never been invented […] / we have everything and we have nothing” (pp. 40-41). Tras la muerte de uno de los amores de su vida, escribió el que probablemente sea el final de un poema más desolador, desvencijado, rendido, derrotado, agotado, entregado e irresponsable nunca escrito: “the tigers have found me / and I do not care” (p. 31). Los tigres tienden a encontrarnos, aunque nos escondamos. Los tigres, que no son nada y lo son todo, que son las mañanas de otoño y el café ya frío y el sótano a oscuras y la tienda cerrada y el fuego que se apaga y la tos que suena mal y el no poder dormir y el jefe del turno de mañana. Los tigres, que no son más que Bukowski jugando a ser la vida y la vida jugando a ser lo que nos pasa cada día, recordándonos que nunca sabemos cuándo pueden venir a buscarnos.

Escribir sobre la poesía de Bukowski es una tarea tan monumentalmente compleja que cuando lleva uno ya escritos varios párrafos aún tiene la sensación de no haber empezado a tratar lo que de verdad quiere tratar. De que no ha hablado de California, ni de la lluvia, ni del alcohol, ni de los perros, ni de los bosques, ni de Bach, ni de nada de lo que Bukowski habla. De que, hasta aquí, se ha estado divagando sin alcanzar a definir lo que se trata; de que el secreto sigue más allá. Así pues, no queda sino seguir escribiendo para que, como diría él, “the city waiting, / the wine and the flowers, / the water walking across the lake / and summer and winter and summer and summer / and winter again” (p. 57) vayan llegando y superponiéndose, uno a uno, hasta que el todo tenga un significado tan difuso como extrañamente nítido. Escribir sobre Bukowski es como intentar observar un cristal, y no ver a través de él: corta y se desdibuja, pero nunca jamás deja de tentarnos con su forma de no ser el aire que lo envuelve ni la mano que lo sujeta.

La voz poética de Bukowski ni siquiera tiene claro a qué aspira, se contenta con ser; existe, y es “as real, it’s as real / as the broken-boned sparrow / cat-mouthed to utter / more than mere / and miserable argument” (p. 19). Él no quiere (ni sabe) descifrarnos qué le duele, qué ama ni qué añora: “I walked away / and left them / my beautiful swan” (p. 24): él nos deja su cisne muerto, y somos nosotros los que tenemos que entender. Tiene otras cosas que hacer, como ir a las carreras de caballos o preguntarse “where / the living goes / when it stops” (p. 3).

Al final, al contrario que con muchísimos otros escritores, uno sale del mundo interno y externo de Bukowski entendiendo menos que antes. Se entra sabiendo que el mundo no va bien, que algo no funciona y que los motores a veces no arrancan en invierno, pero también siendo consciente de que a veces hace calor fuera y de que el agua del río junto al que se creció seguirá estando helada; y, sin embargo, se sale incapaz de saber por qué de repente los tigres no son un animal más sino todos los animales y todas las cosas y el cielo mismo, ni por qué de repente ha llegado la frase exacta.

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