Literatura

Francisco Hernández, En grado de tentativa. Poesía reunida, vol. 1, Fondo de Cultura Económica-Almadía, México, 2016, 568 pp.


Rafael García González

Las ediciones de obras completas rara vez pueden evitar ser tildadas de “mal necesario”. Jamás será práctico ir por ahí cargando con un bloque de casi 600 páginas o más, y ni hablar de la incomodidad que sentimos muchos lectores al tener que dividir en dos o más partes la obra que compramos. Pero, en fin, el hecho de que este tipo de ediciones sean un mal, no les quita lo necesario. En el caso de la obra de un poeta como Francisco Hernández, en la cual lo difícil no es decidir qué libro comprar, sino cuál dejar para después, una edición de obras reunidas como En grado de tentativa  se vuelve indispensable para cualquier lector que quiera conocer más de su obra. Esto es particularmente cierto si tomamos en cuenta lo difícil que resulta en la actualidad encontrar poemarios en las librerías cuando dejan de ser novedades editoriales.

Conocí la obra de Francisco Hernández hace algunos años a través de la edición de la UANL de Moneda de tres caras. Con ese poemario quedé sorprendido al ver cómo este poeta empujaba los límites al configurar su poesía: la manera en que adopta distintas voces poéticas, los cambios de estilo para sustentar esas voces y, sobre todo, la capacidad visionaria del autor para elegir un tema como la locura, al que consiguió dar unidad a través de una dispersión de personajes y “yos” o hablantes líricos. Cuando conocí esa obra consideré que Hernández era un poeta que no se parecía a ningún otro. Pero, ahora, tras leer el primer tomo de En grado de tentativa, me doy cuenta que la originalidad de este poeta llega a tal punto que a veces no se parece ni a sí mismo. Sorprende su ingenio, su capacidad de cambio de registro y sus tonos tan variados y bien logrados a lo largo de los años. Eso sí, a lo largo de su obra persiste un afán experimental acompañado por un gran rigor de selección. Otros elementos constantes son: el recurso de la antítesis y la paradoja, el erotismo y el tributo a lo corpóreo, la reflexión sobre el lenguaje poético y, sobre todo, el diálogo recurrente con otros poetas y artistas.

La contraposición de elementos antitéticos del lenguaje la observamos desde el título de su primer poemario, Gritar es cosa de mudos (1974), con el cual inicia este tomo de su poesía reunida. De alguna manera el tono de esta obra se puede ejemplificar con el último poema, “Síntesis”: “Cada vez que era sometido / al potro de torturas / recordaba su infancia. / No por la humillación y la impotencia, / sino por la docilidad que nace del martirio / Cada vez que era sometido / al triste invierno de los fosos / recordaba su trayectoria en la tierra. / No por la soledad y el hambre, / sino por el sentido inútil de la esperanza”.

En ese poemario ya observamos referencias a distintos personajes de la cultura occidental, como la activista Angela Davis, o los poetas Pablo Neruda y Ezra Pound. Aunque cabe destacar que siempre desde un punto de vista estético: no se trata de una poesía con temática social.

En otros textos reunidos se explora el tema de la propia poesía. En Cuerpo disperso (1978), por ejemplo, se plantea a la lírica como un medio para agudizar la percepción, como se puede observar en “Desnudez”: “Hojas de acanto te cubren. / Ojos de canto te descubren”. Estos “ojos de canto” representan la percepción que se logra con la poesía, es decir, una visión que permite explorar de nuevas maneras la realidad. La relación del autor con el lenguaje poético se profundiza en Textos criminales (1980): “el poema es la única huella / que deja el homicida / en el lugar de los hechos / (la hoja en blanco / es un crimen perfecto)”.

Como en otras de sus obras, en este poemario Hernández retoma, de manera experimental, elementos de la narrativa, principalmente de las novelas de misterio y las epistolares. Estos recursos en realidad se utilizan de una manera que abona a la lírica, pues los personajes y las formas discursivas permiten acentuar la expresión de un yo poético configurado a través de los elementos de otros géneros literarios.

En Oscura coincidencia (1984), nos enfrentamos una poesía de la brevedad. Destacan temas como el camino y la pérdida. Además, está presente otra de las habilidades características de este autor: la de resignificar lo leído. Por ejemplo, en el poema “Regreso”:  “Cuando la puerta del avión se cierra, / abro un libro de Truman Capote y leo: / Si una civilización fracasa, ¿es dinero / lo que se encuentra entre las ruinas? / ¿O es una estatua, un poema, una obra / de teatro?”. Este poema, como buena parte de la obra de Hernández tiene un carácter antológico, se trata de una cuidadosa selección de fragmentos de la obra de otro, pero este fragmento se revalora en el marco de la nueva creación.

En las pupilas del que regresa (1990),  comienza planteando un poética del propio autor en el poema “Hasta que el verso quede”: “Quitar la carne, toda, / hasta que el verso quede / con la sonora oscuridad del hueso. / Y al hueso desbaratarlo, pulirlo, aguzarlo / hasta que se convierte en aguja tan fina / que atraviese la lengua sin dolencia / aunque la sangre obstruya la garganta”. Se trata de un poemario en el cual destacan también la ficcionalización y el diálogo. Se trazan puentes con la obra de diversos poetas  y, de alguna forma, prefigura a Moneda de tres caras. Esta última obra (Premio Xavier Villaurrutia) es una de sus más conocidas. En ella se explora la locura a través de tres personajes: Hölderlin, quien mantiene una relación adúltera que lo lleva a la locura; el músico Robert Schumann, quien fue “vencido por los demonios”;  y, finalmente, Georg Trakl, poeta austriaco cuya obra en muchos casos supera con creces el dolor y el simbolismo expresados por los “malditos” y quien también es conocido por su temática incestuosa y su muerte por sobredosis. Moneda de tres caras consiste en una acercamiento creativo a la las mentes de grandes autores cuyas mentes fueron auténticamente “destruidas por la locura”.

En los textos de 1996 a 2003, Hernández continúa con la experimentación en formas que van desde el zéjel (porque pocas cosas resultan más experimentales en la poesía contemporánea como el uso de las formas clásicas) hasta el diario personal. Por ejemplo, Mascarón de prosa (1997) –poemario que paradójicamente inicia con un soneto– incluye una serie de poemas, en los cuales destacan referencias a Rilke, Rulfo y López Velarde, entre otros.

Entre los últimos textos de este tomo (no mencioné todos) también se incluye Diario invento (2003), el cual contiene citas, comentarios y algunas de las ideas que posteriormente derivarían en poemarios. Los textos de este diario, además del ingenio e interés que ofrecen por sí mismos, le conceden una cohesión al grueso de la obra y permiten trazar las rutas que unen diversos poemas de Hernández con otras lecturas y experiencias.

Francisco Hernández ha escrito una obra que abunda en referencias literarias. Esto puede resultar una complicación aun para lectores especializados al leer algunos de sus poemarios de manera aislada. Sin embargo, al encontrarnos con las obras reunidas, pareciera que la diversidad en realidad facilita la comprensión: si no conectamos con cierta referencia específica, seguramente lo haremos con la obra completa. Además, la referencialidad que encontramos en su obra cumple con una de las funciones de la verdadera crítica literaria: el de ser una guía para las posibles lecturas e interpretaciones de otros autores. Como poeta, Hernández nunca demuestra ni explica lo que escribe, sino que muestra y reconstruye las rutas hacia dónde podrían dirigirse las lecturas.

 

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