Literatura

Olivier Bourdeaut, En attendant Bojangles, Finitude, París, 2016, 160 pp.


Lucía Villarreal

La primera novela de Olivier Bourdeaut (Nantes, 1980), En attendant Bojangles, es uno de los grandes éxitos, tanto de crítica como de ventas, de la actual temporada literaria en Francia. El camino de Bourdeaut hacia el oficio de escritor ha sido peculiar. Tras haber perdido su empleo en una inmobiliaria, redescubrió su vocación por las letras, escribió este libro y ahora se encuentra convertido en la sensación literaria francesa.

En attendant Bojangles cuenta el relato de una familia que parece entregada a la felicidad y la joie de vivre, alejada de toda norma y convención social. El padre, cuyo nombre el lector ignora, goza de estabilidad financiera debido a una jubilación temprana que le permite quedarse en casa atendiendo únicamente a su esposa, que cambia su nombre día con día, y a su hijo. Este es el testigo privilegiado del extraordinario amour fou de sus padres, hecho de arrebatos y espontaneidad. El hijo, siguiendo el ejemplo paterno, rompe con las normas sociales y termina por abandonar la escuela para aprender mediante el viaje. Lo trágico se cuela en la vida de los personajes cuando la realidad irrumpe en forma de impuestos. Para evitar problemas, deciden vender su apartamento. A partir de ahí, comienza un proceso de decadencia: primero la madre y paulatinamente el resto de los protagonistas, que acaban sumergidos en un estado de profunda melancolía y desamparo.

La novela de Bourdeaut nos presenta una atmósfera ligera y descabellada donde el placer, el humor y la fantasía parecen reinar día con día. El universo de la familia está dotado de un sentido de bonheur absoluto –un ideal irrealizable–, marcado por el desapego de la realidad y la renuncia a las convenciones sociales. Más interesante aún es el elemento de folie que caracteriza a los personajes. Detrás de esta noción de locura carnavalesca –exaltada por la danza y la música de Nina Simone, de cuya canción “Mr. Bojangles” se desprende el título de la novela– se percibe el estado idílico, pero artificial, de la familia, que vive en una fiesta perpetua. Es justamente través de la irracionalidad que los personajes se dirigen a una especie de catarsis en la cual la risa y el humor diluyen el peso de la realidad. Se trata, sobre todo, de un desfogue espiritual para ellos, que buscan romper con la estructura social. El elemento cómico de la novela radica, sobre todo, en su caracterización. Quizá el más emblemático sea la madre, que resalta por su absoluta irracionalidad y espontaneidad, como si el autor quisiera vincular la feminidad con la locura. Por otro lado, lo trágico se inserta a partir de la ruptura con la fantasía y el reencuentro con lo real. El rumbo de la narrativa cambia drásticamente porque se desmoronan los cimientos de la supuesta felicidad. La desgracia que enfrentan los personajes gira en torno a la ruptura de un mundo fantasioso y libre que es, a fin de cuentas, inexistente. El desencanto comienza a permear la obra conduciendo a los protagonistas a la tristeza y desilusión.

Bourdeaut se toma la libertad de crear un juego ingenioso entre géneros literarios: oscila como un péndulo entre lo cómico y lo trágico. La finalidad es, tal vez, cuestionar cómo la tragedia y la comedia no pueden excluirse mutuamente y apuntar a la esencia de la vida, a la vez cómica y trágica. He ahí el gran acierto del Olivier Bourdeaut.

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