Literatura

Alberto Manguel, El viajero, la torre y la larva. El lector como metáfora, Fondo de Cultura Económica, México, 2014, 129 pp.


Liliana Muñoz

No solo los placeres, sino también las trampas del acto de la lectura son el tema de El viajero, la torre y la larva, el libro más reciente de Alberto Manguel (Buenos Aires, 1948). Ya en Una historia de la lectura (1998) el autor exploraba los misterios del arte de leer, trazando –con un tono ameno, pero erudito– un recorrido por los momentos clave de la historia de la lectura: de la invención de la imprenta a la fabricación de los lentes; de la lectura pública a la lectura privada; de la quema de libros a la lectura de imágenes; de la escritura cuneiforme a la literatura digital. En El viajero, la torre y la larva, Manguel, tomando como eje tres metáforas de la lectura –el lector como viajero, el lector en la torre de marfil y la larva de los libros–, busca desentrañar las infinitas posibilidades de la experiencia lectora.

     Alberto Manguel es, en varios sentidos, un autor singular: por un lado, se trata de un escritor que, pese a carecer por completo de formación universitaria, despliega en sus libros un conocimiento amplio, erudito, de los temas que le apasionan; por otro, se trata de un autor cuya obra se ha centrado, casi en forma exclusiva, en la lectura misma. Desde la Guía de lugares imaginarios (1980) hasta El viajero, la torre y la larva (2014), Manguel ha abordado distintos aspectos vinculados con el arte de leer: la lectura en silencio, el placer de la lectura, la lectura como conocimiento del mundo, la lectura como forma de autoconocimiento, entre otros. En pocas palabras: Alberto Manguel es, ante todo, un lector para lectores.

     En un texto titulado “Elogio de la lectura”, Manguel apuntaba: “No hay una unánime historia de la lectura sino tantas historias como lectores”. De esta convicción se desprende, me parece, El viajero, la torre y la larva: aunque, a simple vista, no pareciera ser sino un apéndice de Una historia de la lectura, Manguel trata en él temas que no alcanzó a abordar, o no enteramente, en dicho libro. Él mismo lo señala en el prólogo: “En uno de mis primeros libros, Una historia de la lectura, dediqué muchas páginas a la exploración de las metáforas relacionadas con nuestro oficio; intenté rastrear algunas de las más comunes, pero sentí que el tema merecía una exploración más profunda; el resultado de dicha insatisfacción es el presente volumen” (p. 14). En este sentido, El viajero, la torre y la larva es un libro que plantea un diálogo con Una historia de la lectura, pero que busca aproximarse a una experiencia que es en sí misma inaprehensible: el encuentro singular entre la obra y el lector.

     Abre el libro un prólogo por parte de Manguel en el que confiesa que toda metáfora surge de la incapacidad del lenguaje para dar nombre a ciertas experiencias: “para entender el mundo, o para intentar entenderlo, no basta la traducción de la experiencia al lenguaje […] A través de las metáforas, las experiencias de un campo iluminan las experiencias del otro” (p. 11). Las metáforas que utiliza Manguel en este libro se relacionan íntimamente con el modo de leer: existen, por un lado, lectores para quienes los libros constituyen un viaje –placentero, pero no exento de peligros–, y que navegan por las páginas del mundo: “el mundo como libro se relaciona con la vida como viaje, de tal manera que el lector se ve como un viajero que avanza por las páginas de ese libro” (p. 13); otros, para quienes los libros constituyen una forma de alienación y que, a pesar de intentar comprender al mundo desde afuera, evitan a toda costa relacionarse con él: “el viajero se retrae del mundo en vez de vivir en él. La metáfora bíblica de la torre que denota pureza y virginidad, utilizada para referirse a la novia en el Cantar de los Cantares y a la Virgen María en la iconografía medieval, se transforma, siglos después, en la torre de marfil del lector, con sus connotaciones negativas de acción y desinterés por cuestiones sociales” (p. 13); finalmente, existen lectores para quienes los libros constituyen una máscara, una mera envoltura, y que terminan por convertirse, inevitablemente, en “una larva, un ratón, una rata, una criatura para la que los libros (y la vida) no son un alimento sino simple forraje” (p. 13).

     Todo lector es un descifrador de la realidad del mundo. Sin embargo, existen lectores para quienes la vida no puede permanecer igual después de leer un libro; lectores que persiguen en los libros experiencias que los lleven más allá de los límites; lectores para quienes los libros resultan más reales –más vívidos y más luminosos– que la vida misma. En el otro extremo, también hay lectores que no exigen del libro más que el placer que les proporciona, y que, por tanto, pueden cerrarlo y continuar impunemente con sus vidas.

     Los lectores de los que habla Manguel en El viajero, la torre y la larva son individuos que han sido afectados profundamente –para bien o para mal– por el acto de la lectura. El primer modelo de lector es el viajero. Porque leer es transitar vorazmente por la vida, en este capítulo Manguel presenta los orígenes de la metáfora que, en la tradición judeocristiana, vincula a la palabra de Dios con el mundo. Según Manguel, los antiguos judíos, “para la idea compleja de vivir de manera consciente en el mundo e intentar obtener de él el significado con el que Dios lo dotó, tomaron prestada la imagen del volumen que contenía la palabra de Dios, la Biblia o ‘los Libros’. Asimismo, para el entendimiento desconcertante de estar vivo, de la vida misma, eligieron una imagen que se usaba para describir el acto de la lectura de estos libros: la imagen del camino recorrido” (p. 21). No resulta, por tanto, difícil imaginar cómo se relacionan ambas metáforas, las de vida y camino.

     La experiencia de la lectura implicaba, por tanto, un tránsito por el pasado, el presente y el porvenir, pero también representaba la posibilidad de detenerse, abandonarse, admirar el paisaje y convertirlo en territorio conocido. O, como explica Manguel: “las páginas próximas prometen un punto de llegada, un destello en el horizonte; las páginas ya leídas abren la posibilidad del recuerdo, y en el presente del texto existimos suspendidos en un momento de cambio constante, una isla de tiempo que brilla entre lo que sabemos del texto y lo que yace frente a nosotros. Todo lector es un Crusoe de sillón (p. 27)”. Y aunque este camino ya había sido iluminado por otros, era misión del lector iluminar su propio devenir. Es precisamente esto lo que Manguel lleva a cabo en este capítulo: al iniciar con la imagen de Moisés en los juncos, el autor nos aproxima a los orígenes mismos de la escritura: a los primeros receptáculos (la tableta, el rollo y el códice); al peregrinaje de San Agustín y la epopeya de Gilgameš.

     La tercera sección de “El lector como viajero” –titulada “Viajar por la red” – inicia con una observación a los ensayos de Cees Noteboom, viajero del siglo XXI. Para Noteboom, como para Manguel, “lo que ha cambiado no es la idea de la lectura como viaje, sino el significado del viaje mismo” (p. 50). En contraste con Dante, para quien la idea del viaje consistía en una travesía incierta, llena de misterio, para el viajero moderno este se encuentra condicionado por la noción de rapidez, de acumulación de experiencias, de tránsito fugaz. Así, puesto que la noción misma del viaje se ha modificado, se ha transformado también nuestra concepción de la lectura: los libros electrónicos son un reflejo de esta mutación. Mientras que los contemporáneos de Dante podían leer el pasado y el futuro –al recorrer las páginas de un libro–, los lectores de libros digitales solo pueden ver el presente inmediato, un presente inundado por una ola de creciente velocidad en que la soledad parece no tener cabida: “gracias a la World Wide Web nunca estamos solos, nunca estamos obligados a dar cuenta de nosotros mismos, a revelar nuestra verdadera identidad. Viajamos en rebaños, platicamos en grupos, adquirimos amigos en Facebook, tememos a un cuarto vacío y a la imagen de una sola sombra en nuestro muro. Nos sentimos incómodos leyendo en soledad; queremos que nuestra lectura esté ‘interconectada’ (p. 52). La consigna de Pascal –“las mayores desgracias del hombre provienen de no poder estar solo en su habitación”– es una realidad en el siglo XXI; si el viaje, anteriormente, constituía una forma de autodescubrimiento y reconciliación con el yo, en la actualidad es todo lo contrario: el viaje parece ser un medio para evitar estar con nosotros mismos. Hoy tememos, más que nunca, al silencio, al cuarto vacío; somos incapaces de leer palabra por palabra, de pasar página por página, de leer con lentitud. Habitamos una suerte de presente perpetuo en donde nos sentimos plenamente capaces de ignorar el pasado; un presente sin memoria en donde el viaje parece ser un medio para llegar al fin, no para transitar por el camino.

     El segundo capítulo de El viajero, la torre y la larva, “El lector en la torre de marfil” se centra en el príncipe Hamlet, un verdadero ejemplo del lector paralizado por sus facultades intelectuales. Otros autores han abordado ya el influjo de la lectura en el personaje de Shakespeare: Ricardo Piglia, en El último lector, afirmaba que “Hamlet, porque es un lector, es un héroe de la conciencia moderna”. Sin embargo, lo que Manguel plantea aquí –a través del príncipe– es una crítica a los excesos de la lectura y el pensamiento. La indecisión de Hamlet radica en su incapacidad para leer el mundo con claridad. No se trata, o no únicamente, de que el pensamiento lo gobierne y lo entorpezca: Hamlet no sabe qué hacer, no porque no lo haya aprendido en los libros, sino porque su conocimiento del mundo excede al de su propia experiencia. Ésta es la trampa de la que no escapa el lector en la torre de marfil: sus lecturas lo protegen del mundo, pero lo incapacitan para vivir en él. Hay una tensión constante entre la acción y el pensamiento; un choque entre lo real y lo irreal. Apartarse del mundo trae consigo, sí, una comprensión más profunda del mismo, pero también puede conducir al lector a un desequilibrio. Porque la interioridad –convertida en prisión– paraliza al individuo y lo vuelve incapaz de moldear sus propias experiencias.

     El último capítulo de El viajero, la torre y la larva aborda algunas de las formas más extremas de convertirse en un mal lector. Ya en Una historia de la lectura, Manguel dedicaba toda una sección al loco de los libros: “enterrado entre libros, apartado del mundo de los hechos y de la carne, sintiéndose superior a los no familiarizados con las palabras conservadas entre tapas polvorientas, el lector con gafas que pretendía saber lo que Dios en su sabiduría quería mantener oculto era visto como un loco”. Se trata del bookworm (en español diríamos “el ratón de biblioteca”), un ser que vive recluido entre libros; un acumulador que solo busca revestirse de palabras, pero no aprehenderlas: es el bibliómano obsesivo, “el acumulador de símbolos muertos, reticente o incapaz de dar vida a un libro, pues es el aliento del lector (su lectura encarnada, como argüía Agustín) el que da vida al libro” (p. 105).

     El viajero, la torre y la larva es un libro que despierta, hacia el final, una serie de interrogantes: ¿cómo leer?, ¿cómo convertirse en un lector auténtico y genuino?, ¿qué futuro puede haber para el lector en esta era vertiginosa? En las últimas páginas de El lector común, Virginia Woolf visualizaba el destino de los lectores literarios: “algunas veces he soñado, al menos, que cuando llegue el día del Juicio Final y los grandes conquistadores y juristas y hombres de Estado vayan a recibir su recompensa […] el Todopoderoso se dirigirá a Pedro y le dirá, no sin cierta envidia cuando nos vea llegar con nuestros libros bajo el brazo: ‘Mira, estos no necesitan recompensa. No tenemos nada que darles aquí. Han amado la lectura’.” Alberto Manguel –el autor que ha construido su vida y su obra en torno a la lectura– sabe que este ha sido su destino.

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