Literatura

Tatiana Tibuleac, El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, Impedimenta, Madrid, 2019, 247 pp.


Paulina Ortega López

Se reeditó en 2019 el segundo libro escrito por la moldavo-rumana Tatiana Tibuleac, El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, en el que la autora, también traductora y periodista, aborda la ternura maternofilial a partir de una novela que trata del último verano que Aleksy, obligado y alejado de los planes con sus amigos, pasa junto a su madre, viviendo varios meses en una cabaña instalada en un remoto pueblo francés.

Tatiana Tibuleac saltó a la fama tras haber obtenido el Premio de la Unión de Escritores de Moldavia, con la primera edición del libro en cuestión. Previo a incursionar en el mundo literario trabajó como periodista escribiendo la columna “Historias verdaderas” en el prestigioso diario rumano Flux y haciendo reportajes para la televisión. Su primer libro, Fábulas modernas, publicado en 2014, es un conjunto de relatos que hasta la fecha no se ha traducido al español. Se espera que para el 2021 los lectores hispánicos encontremos disponible la edición de su tercer libro, la novela Jardín de vidrio.

El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes comienza con el viaje que la madre, para festejar su cumpleaños número treinta y nueve, decide emprender hacia un pueblo francés, donde abruptamente cambia su forma de ser, desinteresada y deprimida, hacia su hijo Aleksy, que sufre una enfermedad psiquiátrica que le imposibilita conservar la calma y no logra concebir el encierro con una madre a quien dice odiar. Los primeros días los vive ensimismado, pero es tal el aburrimiento que decide participar en las actividades que su madre propone: pasean, bailan, conversan, ríen. Día a día la actitud del hijo hacia la madre va cambiando según él va conociendo secretos que ella ha guardado y se remonta a los recuerdos que tiene sobre su primera infancia, su padre ausente, su hermana desaparecida y la falta de ternura materna. El cambio es tal que Aleksy pasa del odio al amor profundo, encontrando regocijo en su madre, en sus palabras, en sus caricias, en su tardía ternura. El verano que Aleksy pretendía pasar como desapercibido termina siendo el verano inolvidable.

Desde el inicio del texto el narrador-protagonista hace énfasis en los ojos verdes de su madre que, según él, “eran un despropósito”. La imagen que Aleksy guarda de estos ojos cambia también, siendo, finalmente, el recuerdo del perdón: “Pasamos casi todo el día hablando sin parar, comiendo nueces y manzanas, pero sin decir lo esencial. Me separé de mi madre sin que ella supiera que la había perdonado. Por la tarde se levantó viento y fui a casa a buscar una manta; cuando volví, mi madre se balanceaba muerta en la hamaca como una crisálida con un brote de mariposa”. El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes es también el verano en que Aleksy encontró la ternura en la mirada de su madre.

Si hiciéramos una lectura psicoanalítica, señalaríamos que esta historia de redención es un gran ejemplo de cómo funciona la estructura psíquica, cómo se construye el Yo en la infancia y cómo la mirada materna es constitutiva y estructurante desde el origen. Según Freud, la ternura proveniente de la figura materna se concibe por el Yo renunciando a la descarga de la pulsión sexual y es así como logra, en el futuro, reproducir solo algunos elementos de la relación de origen. De este modo, puede dotar de ternura a otros sujetos y reconocerla en el Otro. Según Lacan, la ternura puede explicarse tomando como punto de partida el estadio del espejo. El infante adquiere su propia noción del Yo al verse reflejado en los ojos de la madre.

En diversas entrevistas, la autora ha comentado que el pasado podría cambiarse, al menos en la forma en que uno se relaciona con él, a través de cómo uno decide recordarlo, por ejemplo. Así lo cuenta en la historia: durante su etapa adulta, Aleksy –convertido en un reconocido artista plástico– debe lidiar con un constante bloqueo artístico. Para intentar solucionarlo su psiquiatra le recomienda escribir sus memorias. Es a través de este regreso al pasado que el protagonista logra repensar su infancia, la concepción de sí mismo y la de su entorno familiar y con ello alcanzar la redención del recuerdo de la figura materna y de sí mismo: “Mi fichero de cosas malas está siempre repleto porque durante muchos años mi vida fue una sucesión de odio y mierda … Los recuerdos bonitos, en cambio, aunque pocos y pálidos, ocupan mucho más espacio que todos los ficheros de pus juntos, porque una sola imagen bella contiene vivencias, olores y recuerdos que duran días enteros. Estos recuerdos son mi parte más valiosa, la perla deslumbrante nacida de una ostra hueca. El brote verde de la carroña humana que soy. A veces, cuando pienso en la muerte y me pregunto qué pasa con las personas después, a continuación, al final… los recursos son mi respuesta. El paraíso, para mí al menos, significaría vivir una y otra vez aquellos pocos días como si fuera la primera vez”.

La narrativa de Tibuleac es ágil y fluida, producto en parte de la estructura de la novela: setenta y siete capítulos muy cortos, algunos incluso de una línea. La novela juega con las temporalidades, en ocasiones habla del presente, en ocasiones del pasado y sobre todo habla desde el recuerdo: eso que estuvo antes, pero que sigue vigente, creando una especie de laberinto temporal. Tibuleac tiene la capacidad de hacernos ver hacia atrás y hacia adentro en nuestra propia historia y las miradas que nos han constituido como sujetos en el mundo.

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