Literatura

Eduardo Mendoza, El secreto de la modelo extraviada, Seix-Barral, Barcelona, 2015, 318 pp.


Andrea Pulido Watts

El secreto de la modelo extraviada, la última novela de Eduardo Mendoza (Premio Cervantes 2016 y desafortunadamente poco leído en México), es la quinta entrega de una divertida saga policiaca a la que el mismo autor se refiere como “la serie del detective loco”. Aunque las cinco novelas que la comprenden (El misterio de la cripta embrujada, El laberinto de las aceitunas, La aventura del tocador de señoras, El enredo de la bolsa y la vida y esta) pueden leerse y entenderse con total independencia, resulta más enriquecedor leerlas en su orden de publicación. Solo así se conoce a fondo la evolución de su carismático y patético protagonista, “el detective loco”, que no solo es el núcleo de las distintas narraciones, sino que también le da ese carácter jovial e irónico que es el rasgo más original de la saga. Este compendio de curiosos, extravagantes y absurdos misterios, bien podría denominarse como una sátira del género policial, ya que el autor utiliza como base todos los estereotipos –el detective solitario, la ciudad en decadencia, un secreto repleto de cabos sueltos, personajes femeninos que seducen y embaucan, etc.,– para después tergiversarlos en eventos ridículos mediados por el azar y la perspicacia de su protagonista. El más reciente de los libros conjunta con eficacia las principales características que engloban la serie: un léxico que incorpora acertadamente conceptos tanto eruditos como coloquiales; una prosa rápida, lógica, pero despreocupada; símbolos y ambientes grotescos; personajes torpes y una trama llena de confusiones que terminan en una resolución inesperada, pesimista, graciosa e irremediablemente absurda.

    Lo que empezó como un homenaje a las novelas obscuras de Ross McDonald (léase la “Nota del autor” que se incluye en la edición de Seix-Barral de El misterio de la cripta embrujada), terminó por convertirse en una serie de comedia, que entretuvo a su autor al escribirla y es capaz de entretener a cualquier lector que se le acerque, pero que, además, le obliga a hacer un análisis acerca de la íntima relación entre el absurdo y la realidad. A pesar de ser extensa, se lee con avidez y facilidad, ya que la construcción verbal es minuciosa, pero dinámica a través de la voz del narrador protagonista. Uno se ve inmerso de tal forma en los enredos disparatados de los personajes, que dicha voz narrativa utiliza con sutileza el recurso de la metaficción para recordarle a su “querido lector” cumplir su misión de espectador. Y es a través de estos recursos estilísticos que se detona la curiosidad, no solo por resolver los misterios expuestos, sino por desenvolver la compleja personalidad de un (supuesto) loco que se las da de detective, y al cual nunca se le atribuye ni siquiera un nombre propio.

     La historia del “detective anónimo” comienza en un manicomio rancio y descuidado, y se va desarrollando en lo que parece ser el esbozo de una caricatura de Barcelona, bulliciosa y corrupta. Mientras el supuesto detective, más bien un ex criminal recluido en un sanatorio más por cuestiones burocráticas que psiquiátricas, es obligado a desenmascarar los secretos de variados delitos, con la esperanza de recobrar su libertad y reescribir su historia, el lector va acercándose a las distintas instituciones que regulan indirectamente las aspiraciones e intenciones de los seres humanos. A través de diversas formas de ironía se critican dichas instituciones y se abordan temas específicos como el consumismo, la corrupción, la discriminación, la religión, la desigualdad económica, etc. Eduardo Mendoza utiliza ciertos elementos estructurales para formar patrones en las cinco tramas y de esta forma evocar sensaciones singulares a lo largo de la serie. Por ejemplo, la descripción meticulosa de los espacios grotescos y de situaciones repulsivas (como que el protagonista pase días sin bañarse cubierto de diversos fluidos corporales o que se vea obligado a cargar con comida putrefacta por todo un día) despierta un sentido de lástima o empatía, más que de asco, porque el lector se va encariñando con el pobre detective. Sin embargo, la construcción de los personajes es quizá el elemento más trascendental a lo largo de la saga y que culmina con más de una moraleja en El secreto de la modelo extraviada. Por otro lado, lo que hace aun más excepcional a esta última novela es el uso del tiempo para crear un paralelismo en el espacio: contrastar a la antigua Barcelona frente a la actual.

     Para rematar la satírica adaptación del personaje del detective, la trama de esta novela se centra en el (típico) caso que jamás se pudo resolver, pero que no dejó de atormentar al individuo en cuestión. Inmiscuido en el recuerdo de un pasado desdichado, el detective siente la absurda necesidad de encontrar la verdad, a pesar de por fin haberse construido una vida simple y pacífica. De esta forma, comienza otro relato de lo que parece ser un crimen a sangre fría y que no resulta ser sino otro cómico embrollo motivado por la ansia de poder. La novela se divide en dos partes, la primera situada en los años ochentas y la segunda en la época actual. De esta forma, se retratan la metamorfosis de la pasiva ciudad en metrópoli; el intercambio de los ideales arcaicos y conservadores por los de progreso, y la destrucción de las barreras internacionales. A diferencia del resto de la saga, en esta el personaje principal se ve más irreflexivo y son los personajes ambientales los que por lo general desempeñan el papel del ridículo, así como una actitud desdeñosa quienes se encargan de transmitir una irónica sabiduría: “Cada época tiene su metodología. Andando el tiempo, yo acabaré igual o peor […] El clásico ciclo catalán pobre-rico-preso favorece la movilidad social y previene la sobrecarga de la tradición”. Esta cruda visión de la realidad, profesada por el efímero personaje de una asesora financiera, funciona como un recuento “económico” de los hechos: los lugares, las personas y las circunstancias tienden a cambiar tarde o temprano para que la vida siga su curso. En un recorrido por la nueva ciudad, encontrando a amigos de antaño con sus sueños frustrados, el protagonista nos hunde junto con él en un profundo sentimiento de melancolía, pero que, de alguna forma, ya sea con un azaroso incidente o con un diálogo ocurrente entre dos excéntricos personajes, nos hace encontrar el aspecto cómico dentro de la tragedia.

     Lo que hace verdaderamente divertida a esta saga, no es solo el original y detallado estilo literario del autor, sino que con dicho recurso estilístico es capaz de hacernos reír de las miserias humanas convirtiéndolas en meras necedades. Nos hace ver lo bueno en lo malo con personajes fácilmente gobernables. Nos hace reflexionar que al final todo recae en el absurdo: las agobiantes preocupaciones humanas, la corrupción de las intenciones y las motivaciones que impulsan el progreso. Nos recuerda que el establecimiento de las normas también es absurdo, porque estas son inconstantes. La historia misma es un absurdo, con un supuesto personaje heroico que solo puede tomar este papel obligado por sus antagonistas, símbolos de la autoridad (un psiquiatra y un comisario) que parecen tener menos facultades mentales que aquel que ellos califican de insensato. Y aun así, con destreza logra vencer sus obstáculos, aunque al final todo caiga en manos del azar, porque es absurdo pensar que el hombre pueda solucionar todos los enigmas. ¿Y acaso no es absurdo que después de tanto luchar por su libertad, al final no se sintiera satisfecho con esta y fuera en busca de una nueva aventura? La sensata lección que el “detective loco” comparte con nosotros, sus “queridos espectadores”, es que la satisfacción es por sí misma absurda e inalcanzable, pero la dicha se encuentra hasta en la situación más apremiante, y es mejor convertirla en una aventura que lamentarla como un inconveniente.

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