Literatura

Francisco González Crussí, El rostro y el alma, Debate, México, 2014, 249 pp.


Liliana Muñoz

En “El rostro de una muerte muy trivial”, Francisco González Crussí (Ciudad de México, 1936) escribe: “De todos los objetos que podemos ver, ninguno ocupa una parte tan grande de nuestros pensamientos y emociones como… ‘la cara’. Y es que en ella se encarnan, supremamente condensadas, la fuerza y la fragilidad enteras de la condición humana”. El rostro y el alma, su libro más reciente, es una compleja, y a la vez amena, indagación en la doble naturaleza del semblante: lo que oculta y lo que revela, el interior y el exterior. Porque la cara no es únicamente una parte visible del cuerpo humano; es también, sobre todo, una entidad sensible en cuyas líneas se puede leer la historia de un individuo: “los rostros hablan, aún sin tener voz” (p. 92).

     Médico y humanista, Francisco González Crussí es sin duda un escritor sui generis. En una entrevista publicada en Letras Libres afirma: “Desde joven tuve la inquietud de escribir literatura. A los cincuenta años comencé a leer sistemáticamente y con mucha atención sobre todo a autores ingleses del siglo XVIII… Una vez que tuve ese bagaje, comencé a escribir”. Esta conciencia de que, antes que un escritor, es necesario ser un lector, se observa en la totalidad de su obra: no solo en la profusión de citas (que van desde la Biblia hasta la canción popular mexicana) que ponen de manifiesto su amplia erudición sino, sobre todo, en su invariable obsesión por leer la realidad. Porque González Crussí busca, en cada una de sus obras, diseccionar la naturaleza humana, explorar aquello que escapa a nuestra percepción y nuestro entendimiento: ¿Qué es lo que se esconde bajo la faz del individuo? ¿Qué persigue el ser humano con determinados usos y costumbres? ¿Qué es lo que vemos y no vemos, o no queremos ver?

     Como ensayista, González Crussí ha permanecido ajeno a la fama y a las modas. Aunque su idioma materno es el español, ha escrito buena parte de su obra en inglés, como la célebre Notes of an Anatomist (1985) y Carrying the Heart (2009), y solo una mínima parte en español, como Partir es morir un poco (1996) y La fábrica el cuerpo (1998). Esto no significa que sea un autor prescindible en nuestras letras. Todo lo contrario: pocos, como él, han examinado con tanta persistencia –y de modo tan afortunado– los misterios de la condición humana.

     Una obsesión recorre la obra de Francisco González Crussí: la tensión entre el ser interior y el exterior, entre lo público y lo privado, entre lo visible y lo invisible. Ya en Notas de un anatomista, explicaba, por ejemplo, el doble fin del embalsamamiento: “considérese esta diferencia significativa entre el Este y el Oeste: para los antiguos egipcios el embalsamamiento no era más que un aspecto de una vida saturada de cosas espirituales y preocupada por el posible destino del alma después de la muerte del cuerpo. En el Oeste industrial ha habido una preocupación igualmente general y omnímoda. Se llama deseo de lucro”. Y es que cuando González Crussí indaga en un tema, lo hace desde todos los puntos de vista posibles: su obra abunda en referencias a la cultura oriental y occidental, al saber culto y al popular, a anécdotas curiosas y datos duros. González Crussí, como una suerte de dios Jano, quiere abarcarlo todo con la mirada, aun consciente de que es imposible hacerlo: “quisiera saber todo lo que compete al ser humano, quisiera entenderlo todo, es una pena que la vida sea tan corta”.

      El rostro y el alma reúne una serie de ensayos en torno a la fisiognomía, antes “fisiognomonía”, rama del conocimiento que se propone “sistematizar las correspondencias entre el hombre de adentro y el hombre de afuera” (p. 35). En los primeros dos ensayos, “Belleza y fealdad facial”  y “Caras vemos, corazones ¿sabemos?”, González Crussí se centra en la dualidad “hombre interior/hombre exterior”: “Como las cuerdas de un instrumento musical, que cuando una es pulsada las otras se ponen a vibrar, así también las impresiones del cuerpo repercuten en la psique… o como se dice en la jerigonza del especialista… “se somatizan” (p. 11). Este vínculo entre el cuerpo y alma no es nuevo; sí lo es, en cambio, el tratamiento que le da González Crussí: su énfasis en el rostro, en cada una de las parte del rostro, como reflejo del alma.

      El rostro, como sabemos, es la única parte del cuerpo que no podemos ver directamente. Necesitamos, para ello, un espejo, algo que nos devuelva nuestra imagen: algo que nos reafirme que somos aquella imagen. Como si nuestro rostro no fuera sólo una suma de rasgos físicos, como si en él residiera no solo nuestra apariencia, sino también nuestra individualidad y, con ella, nuestros miedos, nuestras pasiones, nuestros estados de ánimo, González Crussí sostiene que “la faz es la persona, es decir, la máscara con que nos ha tocado en suerte salir a la gran escena del mundo” (p. 9). Al contrario que otras partes del cuerpo, que cumplen una función más bien pragmática, la cara cumple una función a la vez estética y comunicativa: nos permite atraer o rechazar al otro, expresar sentimientos y emociones, esconder o revelar pensamientos: “Es como si dijera al observador: ‘Déjame contarte un poco de mi persona’ ” (p. 93). Quizá por eso, quizá porque el rostro es aquello que hace único al ser humano, tendemos a asociar su belleza o fealdad con el interior del individuo: así, muchas veces, nos agrada o repele alguien solo por su aspecto físico, nos arreglamos para que el otro nos juzgue agradables o atractivos, perseguimos en el otro el reconocimiento de nosotros mismos. Es gracias al rostro que nos volvemos visibles: somos porque alguien nos mira. Y, en el otro extremo, también dejamos de ser cuando nuestro rostro se difumina: “una invencible ansiedad nos invade cuando rostros amados, que guardábamos en lo profundo de la memoria, comienzan a borrarse. Dirigimos la mirada interior a esa hondura y constatamos, con ansia creciente, que el semblante que tanto queríamos se empieza a desdibujar: lo vemos como en el interior de un lago; apenas podemos distinguir sus contornos, líneas y colores en medio de las aguas del olvido” (p. 93).

     Para González Crussí, el rostro no es únicamente la cara: son los cabellos, la frente, la nariz, las mejillas, los ojos y la boca. A lo largo del libro, somete cada una de estas partes a un riguroso escrutinio. Así, el lector descubre pronto que cuando el autor habla del cabello no se refiere sólo al cúmulo de pelambres que adorna nuestra cabeza (“así como el pelo ha servido de instrumento a la adoración de la deidad, al recogimiento religioso y a los deliquios de la espiritualidad, así también ha sido símbolo de lascivia, cifra de sensualidad y personificación de la angustia y el desconsuelo”, p. 111); que cuando habla de la frente no se refiere sólo a la parte superior del semblante (“la frente tiene un lugar alto no sólo literalmente, como el plano más superior de la anatomía humana, sino jerárquicamente, en cuanto se le relaciona con la facultad más noble y venerada de todas las que enorgullecen al ser humano, la función intelectiva”, p. 120); que cuando habla de los ojos no se refiere sólo a los órganos que sirven para ver (“entender la mirada es entender buena parte de la conducta humana. Por eso el estudio de la mirada se ha vuelto un tema crucial para sociólogos, psicólogos, antropólogos y otros expertos”, 205). González Crussí no se limita a estudiar el rostro desde un punto de vista “fisonómico” (es decir, atendiendo al “aspecto exterior del rostro de una persona”, p. 36), sino que lo hace desde una perspectiva “fisiognómica”, es decir, valiéndose de la “ciencia” –que él mismo cuestiona– cuyo objeto es “revelar la naturaleza escondida del hombre a través de la observación del conjunto de sus rasgos y sobre todo del aspecto general de su rostro” (p. 36). De esta manera, Crussí busca aprehender, y descifrar, el lenguaje del rostro.

      Los ensayos más afortunados del libro son “Nariz” y “Boca”; en ellos, el autor alcanza la perfecta síntesis entre erudición y sabiduría popular. En el primero, González Crussí explora, a través de la nariz, el concepto mutable de belleza, sin excluir la consabida asociación entre esta y la sexualidad: más aún, el autor justifica esta relación por medio de datos científicos: “tejido eréctil se halla presente normalmente en la mucosa nasal. Si se examina al microscopio un pequeño corte del asta del pene o del clítoris y uno del tejido nasal, es imposible distinguirlos entre sí. Y hay que notar que la histología de este tejido es altamente característica: su aspecto es inconfundible” (p. 156). En el segundo, se centra en el beso y sus diversas connotaciones (“el beso puede ser señal de afecto, de estimación y amor, o marca de odio y mala voluntad, como el ‘beso de la muerte’ de los asesinos de la mafia, o el proverbial ‘beso de judas’, soberano emblema de perfidia”, p. 239) y eleva la boca al estatus de “segundo espejo” del alma.

     Francisco González Crussí no ignora el carácter acientífico de la fisiognomía: sabe que, en el pasado, esta disciplina justificó los prejuicios y el racismo; sabe que, en el presente, existe aún la tendencia a intentar deducir, a través de los rasgos faciales, el carácter y la personalidad del otro. Y es que en el fondo, lo que verdaderamente persiste, y acaso persistirá siempre, es el “deseo ingente que todos tenemos de penetrar en ese espacio sagrado que es el rostro… la conciencia de que entender un rostro equivale a entender todos los rostros. Porque en el plano del verdadero conocimiento, es decir, el conocimiento que apela simultáneamente al afecto y al intelecto, al corazón y a la cabeza, todos los rostros se equivalen” (p. 94).

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