Literatura

Tedi López Mills, El libro de las explicaciones, Almadía, México, 2012.


Liliana Muñoz

Do I dare
Disturb the universe
In a minute there is time
For decisions and revisions which [a minute will reverse
T. S. Eliot

El Libro de las explicaciones de Tedi López Mills (Ciudad de México, 1959) es una buena muestra de un género poco cultivado en nuestro país: el ensayo personal. Sobra señalar que en rigor todo ensayo es, o debería ser, personal. Sin embargo, se ha enfatizado a menudo la diferencia entre el ensayo en el que el autor narra experiencias individuales (por ejemplo, El cazador de Alfonso Reyes o Movimiento perpetuo de Monterroso) y el ensayo de crítica literaria, del que abundan títulos. Lo cierto es que en México el ensayo personal ha sido opacado por el ensayo de crítica, nicho perfecto para el despliegue de erudición y de mayor prestigio intelectual, aunque no necesariamente más inteligente. Por ello, resulta un tanto sorpresivo que Tedi López Mills, quien se ha dedicado casi en forma exclusiva a la poesía, explore las posibilidades de este género (aunque antes había publicado La noche en blanco de Mallarmé, un minucioso y reflexivo retrato del poeta francés, mucho más en la línea del ensayo de crítica literaria). En el Libro de las explicaciones, López Mills escribe justamente sobre su propia vida: sus obsesiones, sus lecturas de adolescencia, sus preguntas. Pero, ¿no había escrito Michel de Montaigne en sus Ensayos: “No escribo mis acciones, me escribo yo, mi esencia”? Tedi, entonces, se escribe ella, para explicarse a sí misma y a sus lectores (“son temas que giran a mi alrededor y espero que le importe a la gente, aunque es algo vanidoso pensar que tu persona va a interesarle a otros”). El ensayo, pese a esto, no desmerece en ningún momento de la atención del lector, como si en cada capítulo esperara encontrarse con una experiencia compartida, alguna lectura adolescente en común o, simplemente, con un fragmento de sí mismo.

      López Mills realiza un recorrido por las preguntas que la persiguieron antes y la persiguen todavía: el tiempo, la memoria, la identidad, los gatos, los celos. Desde la eterna pregunta del porqué de su nombre (¿Tedi?, ¿Teli?, ¿Teodora?) hasta el modo en que se fabrica la sabiduría (con las respectivas explicaciones que le han ofrecido lecturas tan diversas como el Baghavad-Gita y las Meditaciones de Marco Aurelio), López Mills nos presenta un ensayo, fresco y teñido de un alegre cinismo, de sus propias experiencias, de su inagotable búsqueda por entenderse. Como ella misma declara: “No sé si explique o complique las cosas… el principal riesgo es que el personaje soy yo”.

            En el Libro de las explicaciones, López Mills logra mezclar la aguda sensibilidad que caracteriza a su poesía con una prosa natural y ligera. En el primero de los ensayos, “El nombre impropio”, Tedi relata con cierta resignación los constantes equívocos a que se ha prestado su nombre y la respuesta ofrecida por su madre a la gran incógnita de su niñez: “Sí, escogimos Tedi por mi hermano Edward, al que le decíamos Teddy, pero lo castellanizamos para que no hubiera problemas…[…] Mi tío Teddy, piloto en la Segunda Guerra Mundial, había muerto en pleno combate […] Nunca percibí cómo su muerte, sucedida muchos años antes, se había entroncado con mi nacimiento”. A propósito de esta anécdota, no puedo dejar de mencionar (la referencia es, por obvias razones, inevitable) los motivos que, según Stefan Zweig en su libro sobre Montaigne, habían llevado al autor de los Ensayos a cambiar su apellido original (Eyquem) por el que conocemos ahora, con el fin de obtener uno “que se pronuncie y se retenga con facilidad”. Tedi, cuyo nombre no requiere de ninguna modificación para quedarse grabado en la memoria, narra cómo, en un acto de valentía, decide aceptarlo como una broma del destino y sacarle el mayor provecho: “Ya que se había creado, Tedi se propuso seguir siendo Tedi”.

            López Mills no escribe lo que a primera vista pareciera ser una simple colección de ensayos inconexos: escribe “trozos de vida” en los que busca condensar temas que quizá hallemos con mayor precisión en su poesía, pero no con menor intensidad en su prosa. Si en Horas ya percibíamos la obsesión de la autora con el transcurrir del tiempo (“¿Qué hace el tiempo/ o el error del tiempo/ especulando/ con su luna en vilo”), en este libro, en cambio, nos encontramos con una Tedi en busca de explicaciones que le permitan exponer su concepción del tiempo sin quedar atrapada en los lindes de la angustia. “¿Cómo pasa el tiempo en la conciencia y afuera?”, se pregunta, sin poder solucionar la paradoja de un tiempo que existe sólo in absentia, como un recuerdo y nunca como un tiempo presente, porque en el instante próximo cada acto forma ya parte del pasado. La estructura de este ensayo es una constante sucesión de bifurcaciones, un jardín de senderos con dos arranques paralelos: uno que inicia con la reflexión de un amigo suyo acerca de la conciencia exacerbada del tiempo durante la intimidad amorosa; otro que parte de una anécdota de Borges sobre los viajes y la nostalgia, en el que Tedi llega a la conclusión de que “el único modo en que se vivirá de veras lo ya vivido es cuando uno vuelva a casa y se ponga a recordar”. Cada respuesta ofrecida nos arroja a nosotros, lectores, a un laberinto de explicaciones escurridizas o a preguntas igualmente irresolubles: ¿qué hago yo para atraparme en el tiempo? ¿En dónde queda la realidad, si solo es posible reconstruirla a partir de la memoria? Como medida extrema podremos, si acaso, refugiarnos también en esa especie de resignación melancólica como la que describe la autora: “No me acostumbro a olvidar. Percibo los hoyos de lo que estoy olvidando. Supongo que se irán cerrando y que sólo sabré lo que recuerdo, ya sin la muletilla de la dialéctica”.

            El Libro de las explicaciones es el resultado de una arbitraria mezcla de géneros: una colección de ensayos, un conjunto de anécdotas, una serie de crónicas. Los catorce textos del libro no poseen una unidad temática específica o un orden determinado, pero sí presentan, en cambio, una visión del complejo mundo interior de la autora. Tedi, como Prufrock en el poema de Eliot, se atreve a arrojar al vacío interrogantes sin solución, a perturbar la cotidianidad y tratar de darle forma en la escritura. Si en Muerte en la rúa Augusta encontramos un desafío a lo trivial por medio de la palabra poética, en el Libro de las explicaciones vemos que la sustancia del texto es la de una conciencia que se vuelca sobre sí misma para explorar y entender la doble realidad de su mundo: la del interior, que se agita, tiembla y se derrumba, y la de un exterior mucho más simple, del que Tedi decide finalmente aislarse. Tedi va moldeando su identidad a partir de sus primeras lecturas, y mientras más se sumerge en el viaje introspectivo, mayor es el vértigo que experimenta. Esta búsqueda del Yo, que inicia con “el latigazo de una cuerda rota en su corazón” un lunes en la escuela, la arrastra al descubrimiento de una sensibilidad exacerbada: “He thought he was sick in his heart if you could be sick in that place”, exclamaba Stephen Dedalus, uno de sus personajes paradigmáticos, junto con Demian y Zaratustra. Según explica Tedi, leerlos era leerse. Y ese mismo dolor que experimentaban los personajes de los libros, una especie de dolor hacia el mundo y hacia la especie, lo vivía ella misma, mientras intentaba volcar en palabras sus pensamientos y estados de ánimo.

       En el Libro de las explicaciones, Tedi formula preguntas, consciente de que nunca encontrará (encontraremos) respuestas satisfactorias. Todas esas preguntas, sin embargo, no son más que un pretexto para narrarse, no como un personaje de ficción, sino como un ser de carne y hueso que intenta escapar de las trampas de la vida interior, ese remolino vertiginoso de lenguaje. Quizá la única solución sea el silencio (sin explicaciones las cosas carecen de consecuencias mentales), pero quizá otra (ciertamente más ardua, pero acaso la única que en el fondo pueda salvarnos) sea, como en este caso, la palabra.

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