Literatura

Miguel Ángel Hernández, El instante de peligro, Anagrama, Barcelona, 2015, 232 pp.


Pablo Ramírez Morales

La gente suele creer que los escritores tienen la capacidad de crear historias a partir de la nada, como fruto de la inspiración y la imaginación puras. La realidad es que, como dijo Roberto Bolaño (creo que fue él), la literatura no es más que una mezcla de recuerdos. A ellos (esto ya lo digo yo), el autor añade pasajes inventados para dotar de cierta coherencia a una serie de memorias que muchas veces son fragmentarias e inconexas. De esta forma, el novelista o cuentista no parte de cero, sino de su experiencia, lo que hace de él un artista mucho más racional que visceral o sensitivo. Claro que para que una novela conmueva tiene que tener una alta dosis de emociones, pero dispuestas, expresadas y descritas en palabras, instrumento eminentemente intelectual.

El instante de peligro de Miguel Ángel Hernández, finalista del Premio Herralde de Novela 2015, parece ilustrar lo anterior. Su protagonista, Martín Torres, profesor de historia del arte de profesión, pero escritor por vocación, es invitado a participar como becario en un proyecto artístico dirigido por la artista Anna Morelli, en el Instituto Clark en Massachusetts. Su aportación consistiría en escribir una historia a partir de seis películas de cuarenta y seis minutos de duración, en las que únicamente se veía un muro y una sombra en distintas horas del día. Sin embargo, Martín no escribió lo que las películas le dictaron, sino que terminó contando su propia historia, por supuesto construida a partir de sus recuerdos.

El eje sobre el que gira la trama son la memoria y la nostalgia: la remembranza del pasado y la añoranza de las personas, lugares y sensaciones que intervinieron en una época en que la vida fue más intensa. La primera estancia de Martín en el Instituto Clark fue un tiempo feliz que nunca regresará, un parteaguas y el inicio de algo que se cerró hasta doce años después. La segunda experiencia académica en dicha institución constituye también un momento de quiebre, no solo por los sucesos presentes, sino porque a partir de ellos emergieron las cicatrices que el protagonista arrastró por tantos años y que lo tenían postrado en una especie de impasse emocional y profesional. Tuvo que regresar al lugar de origen para afrontar su pasado y, por fin, dejarlo atrás.

El resultado de ello es el propio libro, que al final se revela como el resultado de la beca y de la contemplación de las películas de la sombra sobre el muro. No es difícil adivinar que hay algo de autobiográfico en la novela: basta verificar unos cuantos datos sobre el autor, el proyecto artístico, el instituto académico, las propias imágenes reproducidas en varias páginas. Cabe destacar que la conversión de hechos reales en ficción deriva en una trama bastante solvente. La evocación de lugares, atmósferas y percepciones es vívida y genuina, además de que la información está muy bien suministrada a efecto de ir revelando poco a poco las complejidades de la historia, enganchando al lector.

La oportunidad de trabajar con Anna Morelli le llega a Martín casi como caída del cielo, en un momento en el que es prácticamente despedido de la universidad en la que enseña historia del arte, por no cumplir con ciertos requerimientos burocráticos y centrarse, según dice él, en mero trabajo creativo. La historia, digámosle, visible, se centra en el proceso creativo conforme al cual tiene que construir una narración a partir de imágenes que, en realidad, no dicen nada. Sin embargo, la memoria y la nostalgia son potentes disparadores, por lo que al estar en los mismos lugares, percibir los mismos olores, las mismas temperaturas que doce años atrás, se va develando la historia oculta, esto es, lo que sucedió antes: que tuvo un amorío con una mujer llamada Sophie, que Sophie estaba casada con Francis, que Martín estaba casado con Lara y, por último, que ambos esposos estaban enterados de su relación; no solo eso, sino que con pleno conocimiento y consentimiento de su esposa, Martín siguió teniendo amantes, por aquí y por allá.

Bajo la idea de que nadie le pertenece a nadie y de que somos seres plenos que decidimos compartir nuestro amor con los demás, ya que este implica sumar y no restar, los personajes retan la idea tradicional del amor de pareja, egoísta, exclusiva y excluyente. Quizá, en el fondo, este sea el conflicto humano más interesante que nos plantea la novela, por lo que cabría esperar que se desarrollara con mayor amplitud: por qué Francis y Lara aceptaron compartir el cuerpo de sus esposos y aun así permanecer con ellos. Sin embargo, creo que la intención de Hernández es, más bien, mostrar eso de que la Historia (con mayúsculas) es cíclica y que las historias (con minúscula) ocultas siempre salen a relucir con toda su contundencia. Incluso la historia real de las películas y de su autor se revela, la cual es mucho más interesante que una sombra proyectada por horas y horas en un muro.

En el Instituto Clark inició una relación gracias a la cual Martín descubrió aquello del poliamor, construyendo una especie de cuarteto amoroso; ahí mismo tuvo una relación meramente física con Anna que terminó en un trío sexual. Lo sucedido en su primera estancia y sus secuelas fueron una carga emocional que llevó consigo Martín durante doce años; fue necesario que regresara al lugar en que todo comenzó para liberarse de esa loza, aunque fuera a través de la escritura, mejor terapia que cualquier psicoanálisis. En el Clark abrió una etapa en su matrimonio, dada su nueva percepción del amor, pero es probable que, al mismo tiempo, ahí haya iniciado el fin de esa relación aun cuando tardara doce años en concretarse; posiblemente Lara nunca le perdonó la infidelidad, aunque aparentara que la aceptaba. Para cerrar una puerta era necesario regresar al mismo lugar en el que esta se abrió. El retorno de Martín a Massachusetts nos hace ver que, efectivamente, muchas veces es necesaria la vuelta al origen.

Una última reflexión en torno a la forma, estructura y escritura: la trama de El instante de peligro está tejida de forma eficaz, aun cuando no es demasiado compleja, pero su gran acierto es ir develando poco a poco el fantasma que hay dentro del clóset, hasta que su sombra cubre por completo al personaje, determinando incluso sus decisiones presentes, pero también por lo que hace a su presente y futuro profesional y artístico. Las dos historias, en mi opinión, se iluminan recíprocamente, pues la una permite que el protagonista tome perspectiva respecto de la otra, logrando  con ello una buena dosis de espesura dramática. De igual manera, el tono para contar sucesos, evocar atmósferas y describir sensaciones genera una cercanía con el lector, casi como si estuviera ahí.

Sin embargo, hay partes en las que la escritura rompe con el sueño vívido y continuo del que hablaba John Gardner: de entrada, hay pasajes en los que el personaje teoriza sobre el arte en general y sobre el proyecto en el que trabaja, en particular; sin embargo, el lector se aleja, el que no conoce de arte probablemente no entienda nada, interrumpe el flujo de la narración. Ahí el autor nos habla desde su conocimiento y no desde sus experiencias, desde su cerebro y no desde su sensibilidad, cuando el tono general del libro es bastante más vivencial que especulativo. En esas páginas el lector se siente en la butaca de un aula en la que el autor está dictando una conferencia magistral y, por tanto, se pierde la sensación de estar frente a frente con una taza de café o un trago en medio.

Mi otra objeción estructural se dirige específicamente a la intención de construir una especie de relato en tiempo real. La narrativa está salpicada por todas partes de referencias a cómo fue surgiendo la idea de contar esa historia, según se sucedían los propios hechos narrados. Entiendo que la intención era generar esa sensación y producir ese efecto, pero era innecesario explicitarlo: la novela está lo suficientemente bien escrita como para que el lector se dé cuenta por sí mismo de que eso que está leyendo fue surgiendo desde las entrañas del narrador y en la medida que avanzaba el proceso creativo en el Clark y su compleja relación con Anna Morelli. Sin necesidad de señalizaciones, la trama y la escritura por sí mismas deben guiar al lector por el camino.

 

 

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