Literatura

Irene Vallejo, El infinito en un junco. La invención de los libros en el mundo antiguo, Siruela, Madrid, 2019, 450 pp.


Mónica Sánchez Fernández

“Misteriosos grupos de hombres a caballo recorren los caminos de Grecia”, escribe Irene Vallejo al inicio de El infinito en un junco. “Un pequeño ejército de caballos y mulas se aventura cada día por las resbaladizas pendientes y quebradas de los montes Apalaches, con las alforjas cargadas de libros”, se lee en su epílogo. Apertura y cierre no son cuestiones baladíes: acotan la declaración de amor que esta autora erudita, “alejada de la tosquedad”, dedica a los libros, a los autores y a su aliento, los lectores. A lo largo de las cuatrocientas cincuenta páginas de su obra, Irene Vallejo (Zaragoza, 1979) incursiona como filóloga, pero también como Sherezade de prosa hipnótica y bamboleante. Jorge Luis Borges definió Las mil y una noches como una obra circular e infinita; Irene Vallejo lanza un guijarro a un río llamado Libro y genera, ante la mirada de sus lectores, una serie, aparentemente espontánea, de ondas concéntricas y expansivas: “Abordé el proyecto como un experimento, preguntándome cómo habría contado Sherezade la historia de la escritura y del libro, aderezada con aventuras, peligros, incendios, viajes, vivencias íntimas, evocación de atmósferas, humor, alegría, lirismo. Quería adaptar la estructura del cuento de cuentos al territorio, en principio extranjero, de la no ficción: un ensayo tejido con relatos (…) En el fondo, es un regreso a los orígenes, a los diálogos de Platón, salpicados de mitos, y a la libertad con la que escribía Montaigne, inventor del ensayo moderno”.

La ganadora del último Premio Nacional de Ensayo nos convence en su faceta de hábil cuentista que hilvana historias a la Historia. Lanza anzuelos y nos conduce a un anaquel polvoriento de la Biblioteca de Alejandría, bajo la ciénaga incandescente de Pompeya, entre graffitis obscenos, o a calzadas que conducen inexorablemente a Roma. A la par, nos habla de sí misma sin complejos ni exhibicionismo gratuito. En realidad, lo hace siguiendo al maestro Montaigne: “Je suis moi-même la matière de mon livre”.

“Mucha gente idealiza su infancia, la convierte en el territorio sobrevalorado de la inocencia perdida. Yo no tengo ningún recuerdo de esa presunta inocencia de los otros niños (…) Durante los años humillantes, además de mi familia, me ayudaron cuatro personas a las que nunca he visto: Robert Louis, Michael, Jack y Joseph. Más adelante descubriría que son más conocidos por sus apellidos: Stevenson, Ende, London y Conrad. Gracias a ellos aprendí que mi mundo es solo uno de los muchos mundos simultáneos que existen, incluidos los imaginarios. Gracias a ellos descubrí que podía almacenar fantasías acogedoras y guardarlas en mi habitación interior para buscar refugio cuando allá fuera arreciase el granizo. Esa revelación cambió mi vida”. Quienes, durante sus años de escuela, temieron la hora del recreo por las hordas de infantes en busca de víctima; y quienes leyeron a hurtadillas en la cama, bajo las cobijas y a la luz de una linterna, sabrán desde dónde escribe Irene Vallejo: desde el dolor, el deslumbramiento y la fidelidad al refugio (la lectura).

Emilio Lledó, en El surco del tiempo, reflexionó: “Memoria y olvido nacieron juntos en la cultura griega”. Si las tramas se construyen entre pulsiones de vida y muerte, su persistencia recae (inquietante paradoja) en la memoria y el olvido. Irene Vallejo, al igual que el filósofo español, se detiene en Fedro, uno de los diálogos más debatidos de Platón. La divinidad Theuth quiere convencer al Rey de Egipto, Thamus, del prodigio de la escritura: “Este conocimiento, oh, rey, hará más sabios a los egipcios y más memoriosos, pues se ha inventado como un fármaco de la memoria y de la sabiduría”. Thamus (quien de ningún modo acepta que le den gato por liebre) tiene su propia opinión sobre las letras: “Es olvido lo que producirán en las almas de quienes las aprendan, al descuidar la memoria, ya que fiándose de lo escrito, llegarán al recuerdo desde fuera, a través de los caracteres ajenos, no desde dentro, desde ellos mismos y por sí mismos. No es, pues, un fármaco de la memoria lo que has hallado, sino un simple recordatorio”.

“A diferencia de nosotros —argumenta Vallejo—, los habitantes del mundo antiguo creían que lo nuevo tendía a provocar más degeneración que progreso (…) Sin embargo, era difícil resistirse a la promesa del nuevo invento. Toda sociedad aspira a perdurar y a ser recordada. El acto de escribir alargaba la vida de la memoria, impedía que el pasado se disolviera para siempre”. Platón, a regañadientes, acaba concediendo que la escritura es un “bello juego”. Y las “aladas palabras” homéricas presencian la caída de un imperio, el de la oralidad.

De animales a dioses. Breve historia de la humanidad, de Yuval Noah Harari, nos recuerda la obra que aquí nos ocupa por su ambición enciclopédica y su particularísima voz. “La escritura —puntualiza este escritor israelí que, como Irene Vallejo, logró colocar un ensayo en el anaquel de superventas— nació como la criada de la conciencia humana, pero se está convirtiendo, cada vez más, en su dueña y señora”. Cuando la memoria de la Humanidad se sintió sobrecargada, afloró entonces la escritura. Y cuando la escritura vino a cincelar el pensamiento, se inició la historia del libro: tablillas de arcilla, pergamino, papiro, códice, vitela, papel, pantalla.

Nuestra autora cita a Umberto Eco y, de paso, trae esperanza a todos cuantos nos negamos a asistir al sepelio de las imprentas: “El libro es como la cuchara, el martillo, la rueda, las tijeras. Una vez que se han inventado, no se puede hacer nada mejor”.

Los caballos recorren de principio a fin esta historia del libro en el mundo antiguo. Los ávidos lectores acariciamos el lomo, seducidos por su anatomía áurea; mientras esto ocurre, decenas de autores surcan por sus páginas —se agradece el Índice onomástico que incluye la cuidada edición de Siruela—, y nos ofrecen un crisol de posibilidades creativas.

Irene Vallejo cita de soslayo —como referencia incidental— a Sei Shōnagon, la autora japonesa del siglo X que escribió su perturbador El libro de la almohada. En el infinito libresco hay muchas colisiones y encuentros: este texto fue traducido por Jorge Luis Borges con la ayuda de María Kodama. Sei Shōnagon nos ofrece descripciones minuciosas de la vida en la corte imperial, pero también datos autobiográficos, a través de sus listados. Cabe recordar que, en un principio, contar era únicamente enumerar, trabajar con guarismos. Siguiendo esta lógica evolutiva, los listados podrían ser el esqueleto primigenio de todo relato. Los textos de Shōnagon llevaban títulos del estilo: “Cosas que hacen que el corazón lata más rápido”, “Cosas que no pueden ser comparadas” o “Cosas que no pueden salir peor”.

A la par que se devora El infinito en un junco, se antoja elaborar una lista de “Personas y cosas que prefiero no olvidar”:

  • La larga historia del formato rectangular de los libros: “Las tabillas rectangulares fueron un hallazgo formal. El rectángulo produce un extraño placer a nuestra mirada”.
  • La tempestuosa primera palabra escrita de la literatura occidental, cólera, se halla en el hexámetro inicial de la Iliada.
  • Historia de un pirómano en busca de fama: Eróstrato destruye el templo de Artemisa.
  • La escritora acadia Enheduanna firmó su texto en el tercer milenio a. C: “Lo que yo he hecho, nadie lo ha hecho antes”.
  • Demóstenes corregía su tartamudez con una disciplina sádica: se obligaba a hablar con guijarros en la boca.
  • “Esto es lo que tú amas, joven, y no es bello”. Hipatia, la implacable, espetó lo anterior a un joven enamorado, mientras le mostraba la sangre de su menstruación.
  • Nico Rost, autor de Goethe en Dachau: “Quien habla de hambre acaba teniendo hambre. Y los que hablan de muerte son los primeros que mueren. Vitamina L (Literatura) y F (Futuro) me parecen las mejores provisiones”.
  • El lúcido aforismo de Mary Beard: “Grecia lo inventa y Roma lo quiere”.
  • El significado próximo a editar (edere) sería “donación” o “abandono”.
  • La defensa de Marcial a su literatura “rápida y ecológica”: “Lo primero, consumo menos papiro; lo segundo, mis versos los copia todos el copista en una sola hora, y no es esclavo de mis bagatelas durante mucho tiempo; en tercer lugar, aunque el libro sea malo desde el principio hasta el final, solo dará la tabarra un ratito”.

Etcétera, etcétera, etcétera.

Con Irene Vallejo cabalgamos por la historia de la escritura, del libro, de las bibliotecas, de la encuadernación, del arte de titular, de las librerías y del lector. Ella, como Sherezade, avanza, rodea, envuelve y seduce. Sus repeticiones no disturban, porque acaban formando parte del ritmo de su prosa y de la claridad de su pensamiento. En dos fragmentos distintos del libro, reproduce su reflexión sobre las metáforas textiles que se emplean en el análisis de los textos. Esta idea reiterada incide en una reivindicación de la autora: “Mi intuición durante el ensayo fue que, quizá, las primeras narradoras de historias, las más antiguas, fueran las mujeres mientras cosían, porque me llama la atención que haya tantos términos en común entre los textos y los textiles, que hablemos constantemente del nudo de una historia, del desenlace de la narración, del hilo del relato, de bordar un discurso, de urdir una trama… Y así son infinitos los términos en los que relacionamos coser y narrar”.

La creadora de El infinito en un junco estudió Filología Clásica porque “quería leer a Homero en su propia lengua”. En el prólogo a Aurora, escribió Nietzsche: “Filólogo quiere decir maestro de la lectura lenta, y el que lo es acaba también por escribir lentamente… Ese arte enseña a leer bien; es decir, a leer despacio, con profundidad, con cuidado, con atención y con intención, a puertas abiertas y con ojos y dedos dedicados”.

No hay más que decir.

 

 

 

 

  • Fernanda Núñez says:

    Esta inteligente reseña provoca el deseo inmediato de leer el libro, lo analiza desde la empatía y el cariño. Felicidades a las autoras, a la del extraordinario El infinito en un junco y a la que lo reseñó y nos invitó a leerlo ya, Mónica Sánchez.

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