Literatura

Amparo Dávila, El huésped y otros relatos siniestros, Fondo de Cultura Económica, México, 2018, 135 pp.


Arturo Cárdenas

Los últimos años han visto una proliferación de libros ilustrados. Sea esto resultado de la competencia del libro físico contra el libro electrónico o un esfuerzo de las editoriales por atraer a los sensorialmente sobre estimulados millennials a los encantos del bloque de texto en papel blanco y tinta negra, no cabe duda de que la permanencia de este tipo de ofertas por parte de diferentes editoriales indica algo más que una tendencia. Desde la colección de Sexto Piso Ilustrado hasta los formatos breves de Caja de Cerillos, quizá lo más interesante de este fenómeno es que no se ha reducido a los clásicos que ya se han visto ilustrados una y otra vez (claramente no se pueden tener suficientes ediciones ilustradas del Quijote) si no que ha llegado a abarcar textos que quizás apenas están cumpliendo la antigüedad suficiente para caber en la categoría de “clásicos modernos” e incluso algunos contemporáneos. Dentro de este tipo de publicaciones hay una que particularmente ha parecido resonar en redes sociales: El huésped y otros relatos siniestros de Amparo Dávila, ilustrado por Santiago Caruso.

Más que la ambición o magnitud de este proyecto, la popularidad de esta edición parece deberse a diversos factores que resuenan entre los literatos más jóvenes. Uno de ellos es la revalorización de las mujeres en la literatura que ha servido para rescatar a muchas figuras que habían caído en la oscuridad; no que este sea el caso de Dávila, pero en general hay un interés renovado por toda la obra creada por mujeres. Otro factor es la selección del ilustrador pues, si bien el libro no está centrado en sus creaciones, Caruso actualmente disfruta de un estatus de celebridad que lo ha llevado a colaborar con editoriales alrededor del mundo. Su estilo macabro y siniestro parecería la mancuerna perfecta para la prosa de la autora mexicana; sin embargo, algo parece fallar…

Amparo Dávila es una figura notable en el canon de las letras nacionales. La accesibilidad de su obra la ha vuelto lectura recurrente en programas escolares y el tono espeluznante y sombrío de sus narraciones ha logrado conectar con las morbosas sensibilidades de adolescentes que empiezan a dejar de lado la literatura para jóvenes adultos. Su predilección por el formato corto y los temas macabros la insertan en la misma tradición que otros rockstars literarios de los lectores incipientes como Edgar Allan Poe y Julio Cortázar (a este último incluso le dedicó uno de los cuentos que aparecen en esta antología). De manera que, si bien su imagen colgada de citas sacadas de contexto no es el pan de cada día en redes sociales, hay cierta familiaridad con su nombre incluso fuera de los círculos intelectuales.

Esta antología no busca ser general, sino que funciona como puerta de entrada para quienes se acercan a los textos de Dávila por primera vez. La selección, más bien breve, ofrece un vistazo a las diferentes facetas de la autora y, aunque el título engañosamente se refiera únicamente a los cuentos, también incluye algunos poemas en prosa y en verso. La organización interna resulta sensible y congruente, de manera que, aunque los textos se puedan leer de forma individual, es claro que la edición está pensada para leerse de principio a fin. La alternancia de los diferentes tipos de textos crea un juego de pausas y suspensos dramáticos que termina en un poema extrañamente luminoso que contrasta con el tono del resto del libro: un cierre optimista para remediar la oscuridad anterior y dejar al lector con un buen sabor de boca.

El estilo narrativo de Amparo Dávila es característico por sus atmósferas sombrías y el manejo de suspenso. Si bien este último es la fuerza que hace avanzar sus tramas, su forma de lograrlo se vuelve repetitiva o incluso predecible. Cuando se lee un cuento de Dávila se espera un protagonista neurótico, una amenaza no especificada que dispara dicha neurosis y/o un giro sobrenatural. Quizá el cuento en que esto se ve con mayor claridad, pero a la vez con mayor maestría es el que, con razón, da título a la antología. En “El huésped” una madre pierde la tranquilidad cuando su esposo trae a la casa un huésped que, aunque no se especifique, parece no ser del todo humano. Con una ambigüedad que en mucho recuerda a “Casa tomada” de Julio Cortázar, la narración convierte un entorno doméstico en una pesadilla en la que no faltan la sangre y los gritos.

Cabe notar que, en la mayoría de los cuentos, la situación paranormal parece más bien una excusa para explorar el universo interior de los personajes.  Más que los seres invisibles en “La Señorita Julia”, lo cautivante es ver a la protagonista lidiar con su soledad. En “El entierro”, el personaje presenciando su propia procesión fúnebre parece más bien un final forzoso para excusar la exploración de su soberbia y egoísmo en las páginas anteriores. A pesar de la profundidad psicológica de los personajes, el diálogo tiende a lo acartonado. Quizá solo es la impresión que da el habla coloquial de la época, pues en algo recuerda a los guiones del cine mexicano clásico, o bien, podría ser el resultado de una depuración del lenguaje para llegar a un español neutro, pues en realidad el espacio geográfico en que suceden las narraciones no es del todo claro, quizás por darle cierta universalidad a los eventos narrados.

Llama la atención que la dedicatoria al principio de esta edición no sea de la autora, sino del ilustrador Santiago Caruso. Si bien la popularidad del artista es una buena estrategia para atraer compradores, tener su dedicatoria en un libro en que su obra solo funge como acompañamiento visual al texto es darle demasiado protagonismo, en especial cuando, en comparación con sus otros trabajos, aquí deja mucho que desear. Si bien su estilo es inmediatamente reconocible, las imágenes de esta edición no llegan ni por asomo a la magnitud o ambición de aquellas que hizo para Los cantos de Maldoror de Editorial Valdemar o Jane Eyre de The Folio Society. Debe concederse que los cuentos de Dávila son una obra menor si se le compara con titanes como Lautréamont o Brönte, autores a los que ya se les asocia cierta identidad visual y por tanto podrían más fáciles de ilustrar. Salvo algunas excepciones, las ilustraciones en El huésped y otros relatos siniestros fallan o por la forma burda y literal en que interpretan el texto o por desapegarse demasiado del material en que se basan. A este primer grupo corresponden las ilustraciones que acompañan al texto Estocolmo 3 en el que el juego de perspectiva que delata la naturaleza fantasmal del personaje de blanco parece un error técnico. Lo mismo sucede con “Música concreta”, donde la costurera cuya cara se asemeja a la de un sapo es representada por un maniquí con un sapo gigante parado encima. Aunque en este caso tiene la gracia de que su reflejo en un espejo se ve como una mujer, lo que le da un toque de ingenio a la ilustración, pero le agrega capas narrativas que no están en el texto. Dentro de las ilustraciones que, por el contrario, se toman demasiadas libertades están las de “El funeral” y las de “El huésped”. Estas últimas son las que quizás cometen la mayor ofensa pues, aunque por si solas son de las mejores imágenes del libro, retratan detalladamente al personaje que da título al cuento cuando gran parte del suspenso del recae en la ambigüedad con que es descrito. Es cierto que una ilustración debe funcionar como una obra en sí misma incluso si se le separa del texto al que acompaña, sin embargo, también debe respetar las limitaciones puestas por el autor.  En este caso particular, revelar la apariencia del huésped definitivamente afecta la experiencia del lector al darle una imagen concreta de algo que debía ser ambiguo.

En defensa de Caruso, esta edición tiene más ilustraciones que sus otros trabajos en un menor número de páginas. Sacar tantas ilustraciones de un material tan breve parece algo forzado y lo cierto es que muchas salen sobrando. Obras tan cortas como La señorita Julia no ameritan más de una y en esta edición tiene dos. Por grande que sea el talento del artista, es imposible que con una ilustración cada diez páginas todas sean obras maestras.

Esto parece ser un problema normal en este tipo de ediciones, pues las editoriales parecen más interesadas en el valor monetario que agregan las ilustraciones que en que sean apropiadas para el material al que acompañan. Tal es el caso de ediciones desastrosas como Las relaciones peligrosas de Sexto Piso, con ilustraciones que parecen más bien bocetos inacabados y no logran capturar la esencia o el tono de la obra. Lo mismo sucede con la edición de Cien años de soledad de la editorial Diana, que si bien tiene ilustraciones llamativas, parecen más apropiadas para un libro infantil que para la obra cumbre del Boom Latinoamericano (sin mencionar las perforaciones en forma de lágrima en las ilustraciones de la edición en tapa dura, supongo deben simular mordidas de hormiga, pero tengo mis dudas y, en dado caso, solo infantiliza más el asunto). Por otro lado, también existen casos afortunados como La divina comedia ilustrada por Mikel Barceló para Galaxia Gutenberg, La venus de las pieles de Sexto Piso y la mayoría de las publicaciones de la editorial Zorro Rojo. En ellos el texto y la imagen parecen estar en diálogo en lugar de solo acompañándose y la experiencia del lector se ve enriquecida. El huésped y otros relatos siniestros no cae ni en un extremo ni en otro pues si bien la dupla de Dávila con Caruso no fue tan exitosa como uno se imaginaría, la edición es agradable a la vista y las ilustraciones, por desatinadas que llegan a ser en ocasiones, aciertan en capturar el tono correcto.

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