Literatura

Luis Antonio de Villena, El fin de los palacios de invierno, Pre-Textos, Valencia, 2015, 369 pp.


Carmen Fernández Lasquetty

El fin de los palacios de invierno es una novela auto-biográfica según el autor, la editorial y la crítica. Se trata, al fin y al cabo, del principio de una serie narrativa en la que Villena pretende literalmente contar su vida. ¿Lo hace? Sí, en cierto sentido. Es un tránsito, un viaje que el autor emprende muy conscientemente a lo largo de los hechos y personas que considera oportunos y de la forma que le resulta más conveniente. No se trata de un movimiento poco inteligente proviniendo de un autor que ha pasado toda su vida publicando biografías instantáneas (¿acaso puede uno tener la certeza de que alguna de sus obras no es, a fin de cuentas, un homenaje al Villena más personal y concreto que ha sabido camuflarse y abstraerse entre grandes ideales humanos?). Villena, dicen, expone aquí su yo más íntimo y comienza a narrar su propia vida antes que cualquier otro se le adelante (como digo, un inteligente movimiento). Sin embargo, ¿no fue él mismo quien afirmó que “las mejores biografías se escriben post mortem”? ¿Es esta obra, en fin, una verdadera biografía? Sí y no.

     Se trata más bien de una crónica, una narración subjetiva centrada más en personas, lugares, situaciones e incluso conceptos abstractos en los que el Villena narrador se introduce para explicar su perspectiva, el cristal a través del cual observó a los verdaderos protagonistas. Son vivencias, sí, pero resultan más un testimonio de personajes que, como la España en la que se ubican, han caído en el olvido. Y, sin embargo, ahí están, transitando las páginas firmadas por un hombre al que no se ha olvidado (y, si el canon literario le es afortunado, jamás se olvidará) en un país que, desgraciadamente y aunque muchos lo deseemos con nuestra alma entera, no termina de evolucionar.

     Y es que esta obra de Villena no es innovadora per se, no revoluciona formas ni temas, pero resulta chocante que las vicisitudes eróticas (ni siquiera consumadas) de un rebelde homosexual entre 1951 y 1973 sigan resultando profundamente chocantes. No se trata de una actualización del pensamiento del autor a causa de una epifanía. Es, de hecho, la constatación de que España no avanza tan deprisa como algunos queremos que lo haga. Es la puesta en evidencia de que España no está a la cabeza de nada desde hace muchos años y de que las ideas que en otros países calan hondamente al momento, en la antigua Castilla (que ni con el paso de mil años más se despojará de ese nombre) necesitan un mayor tiempo de adaptación.

     El fin de los palacios de invierno es, en esencia, un canto a la liberación sexual y moral que, a pesar de haber tenido lugar hace ya casi cuarenta años, no termina de calar en el imaginario ideológico de una sociedad que apenas comienza a superar la Guerra Civil (de cuyo comienzo, recordemos, va a cumplirse un siglo en diecisiete años). Una liberación sexual, que, según el autor, vivió personalmente demasiado tarde, pero que toda España vive con retraso; liberación sexual que, al fin y al cabo, es un paso sano y necesario, y que en pleno siglo XXI algunos siguen condenando.  El fin de los palacios de invierno es el canto a los oprimidos, a los señalados y a los juzgados por lo que hacen, no hacen o desean hacer con su cuerpo; un canto a la pureza que habita inherentemente en la depravación; a los deseos que insultamos llamando oscuros porque en realidad son la promesa de una libertad tan física, tan terrenal que, a veces (y solo a veces), logra acallar el estruendo del alma.

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