Literatura

Alejandro Vázquez Ortiz, El emisario o la lección de los animales, Caballo de Troya, México, 2017, 281 pp.


Casandra Garza

No hace falta señalar el auge del narcotráfico –a nivel nacional e internacional– en la televisión, el cine y, ante todo, en el mundo editorial. Novelas, ensayos, crónicas, biografías, entre otros, de mayor o menor calidad, han abarrotado los estantes de las librerías bajo la categoría de “narcoliteratura”. En México, aunque con sus excepciones, el fenómeno se ha considerado particularmente como uno del norte. Véase, por ejemplo el debate iniciado ya en 2005 por Eduardo Antonio Parra y Rafael Lemus en Letras Libres sobre si la literatura norteña es o no, principalmente, sobre el narco.

En cualquier caso, este año, Alejandro Vázquez Ortiz (Monterrey, 1984), una de las voces jóvenes de la narrativa mexicana contemporánea, debuta como novelista –anteriormente publicó dos libros de cuentos: Artefactos (2012) y La virtud de la impotencia (2015)– retomando la ya mencionada predilección de los autores norteños: el narcotráfico y la violencia desatada por este. El emisario o la lección de los animales narra el vía crucis de Álex por la ciudad de Monterrey tras perder una mercancía de cocaína rosa y ser perseguido por narcotraficantes furiosos. Al mismo tiempo, la ciudad es azotada por un huracán bautizado con el mismo nombre del protagonista, convirtiéndose el fenómeno meteorológico en un romántico reflejo del interior del personaje.

La novela abre con un epígrafe extraída de Edipo Rey, justo en el momento de la anagnórisis del héroe trágico. Ello puede hacer creer al lector que El emisario… versará sobre la búsqueda de la propia identidad y la tragedia desencadenada al conocer la verdad; sin embargo, las referencias a Edipo en realidad tienen que ver con la llegada de una peste a la ciudad y el simbolismo de la mortificación del cuerpo con fines de purificación. El acto impío de Álex, si existe como tal, no es el parricidio ni el incesto, sino la suplantación de su hermano, el deseo de asumir la identidad de otro: “Sé que tenía sed. Que era la oportunidad que había estado esperando toda mi vida: ser él. Llenar su nombre por completo” (p. 25). Y su “anagnórisis” es descubrir que su hermano no había muerto y que ahora pretende asesinarlo; lo cual, por trágico que suene, no representa una tragedia total, no a la manera de la tragedia griega. El propio Álex afirma “No me espanta el hecho de que mi hermano fuera a matarme” (p. 266).

El emisario… se divide en cuatro partes, cada una regida por uno de los cuatro elementos: tierra, aire, agua y fuego. Asimismo, los animales, que aparecen como una suerte de tótems en momentos climáticos, son una constante a lo largo de todo el relato. La estructura alterna entre capítulos ubicados en el presente de Alex, reducido a dos días de intensas hazañas, y recuerdos de su pasado, que se extienden desde su infancia hasta poco antes del inicio de la trama. La mayor parte de los capítulos en el presente giran en torno a situaciones cliché que ya forman parte del imaginario colectivo sobre narcotráfico: persecuciones en coche, balaceras, sesiones de tortura, etc. En cambio, las memorias del personaje, activadas a partir de un elemento sensorial –el olor a carbón, el aroma de las flores, el estruendo de un disparo– dan cuenta de los episodios claves en su vida que, además de exponer el difícil trato con sus padres, desvelan las diferencias cada vez mayores entre su hermano y él. Cabe destacar la cuestión de esta duplicidad, que no es otra cosa que la compleja relación y la eterna rivalidad entre los gemelos. Desde pequeño, Álex asumió su condición de hermano menor (nació tan solo unos minutos después que el Coralillo), frágil e inseguro: afirma desde el inicio que vino al mundo a hacer “observación participante”. Al porte vigoroso del Coralillo se le contrapone la apariencia raquítica de Álex; la figura imponente de aquél contrasta con el retraimiento del otro. Pero no es Álex quien, pese a vivir a la sombra de su gemelo, desarrolla rencor hacia el hermano afortunado, sino el otro, que ve en Álex un falso Coralillo. El pretender asumir su lugar, calzar sus botas y apropiarse de su nombre es la gota que finalmente derrama el vaso, y conduce al (previsible) enfrentamiento melodramático entre hermanos a la Caín y Abel. Al ser casi idénticos físicamente, uno tiene que matar al otro para poder afirmar su identidad individual.

Regiomontano como quien escribe, Vázquez Ortiz hace un intento por reproducir el habla callejera de esta región que no llega a convencer del todo. Algunos diálogos se llegan a sentir demasiado artificiales y excesivos: “Ah, pinche apellido cómo chinga la madre […] a ver tú, pendejo, ven para acá. Pide al cuartel información de estas pinches placas. En calor, que tenemos que movernos […] Oye, ahorita que ya se fue este pendejo, vente vamos a platicar más a gusto, que ando más erizo que un nopal” (pp. 112-113). Y la inverosimilitud no se limita a los diálogos, también la encontramos en la trama: en su afán de querer dejar claro lo simbólico de ciertos elementos, Vázquez Ortiz los exagera al extremo de tornarlos poco creíbles. Por ejemplo, durante la masacre final, en pleno diluvio, Míriam, amante del Coralillo, cocina tranquilamente un cabrito al aire libre y ni siquiera se inmuta al ver la cabeza de su esposo estallar bajo el peso de una prensa hidráulica.

A lo largo del Emisario… proliferan las digresiones pseudofilosóficas o teóricas del narrador que desentonan con el resto de la novela y que parecen un simple pretexto para que el autor impresione a los lectores con su erudición: “descubrí sin querer los rudimentos de la relación transitiva de la lógica de conjuntos. Esto es: si la gente es un subconjunto de la basura y yo soy un subconjunto de la gente, entonces yo soy un subconjunto de la basura. Podemos representar lo anterior en el enunciado: {g} ⊆ {b} ^ {y} ⊆ {g} → {y} ⊆ {b}” (p. 32). Asimismo, abundan las referencias cristianas y paganas que nos recuerdan una y otra vez –demasiadas veces– que Álex juega el papel de chivo expiatorio: es “el Cristo de camino al Gólgota” (p. 278), “el humo de la grasa del cabrito que asciende a calmar a los dioses […] el fruto rojo del sueño de Tebas que inmolarán para purificar el rebaño […] El cordero que quita el pecado del mundo” (p. 267).

Vázquez Ortiz, en un evidente intento por distanciarse de la prosa sencilla y acartonada que usualmente relacionamos con las novelas del narco, experimenta con un lirismo que se llega a antojar monótono: “Correr debajo de la tormenta me electrifica la nuca como en una cacería […] Los resbaladeros, drenajes y diques están abiertos como muñones amputados […] Su silueta se dibuja en el contorno de gotas y el vapor de la piel que sube como un fantasma al cielo púrpura […] Los cuernos largos y blancos brillan como una doble u aplastada” (pp. 221-225), y así páginas y páginas.

La novela está en sus mejores momentos cuando se aparta del exceso de dramatismo y la pretensión lírica, y logra narrar situaciones habituales, pero con gracia: mi favorita es la vez que Alex y el Coralillo, aprovechando un viaje en autobús a Aguascalientes, intentan transportar droga dentro de la silla de ruedas de su berrinchuda madre. En unas cuantas páginas se concentra lo que la novela va desarrollando en casi trescientas: la pasividad de Álex y su obediencia ciega al Coralillo; la irritación de este al tener que mostrarse en un lugar público junto a su doble; la carga en que se convierte la madre de ambos al envejecer y enfermar (con los sentimientos encontrados que ello genera en los hijos); y la función de Álex como chivo expiatorio siempre que los planes del hermano se estropean.

Caballo de Troya, sello editorial de Penguin Random House creado en 2004, llegó este año a México con la publicación de cuatro novelas, entre ellas El emisario o la lección de los animales. El sello busca dar difusión a textos de escritores jóvenes, poco conocidos, y que presenten propuestas nuevas, arriesgadas. ¿Una novela más sobre el narco puede ser una propuesta innovadora? Tal vez, pero no es esta el caso.

 

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