Literatura

Ursula K. Le Guin, El día antes de la revolución, Nórdica Libros, Madrid, 2017, 60 pp.


Mónica Sánchez Fernández

“¿Mañana? Ay, mañana ya no estaré aquí”, dice Laia Odo, protagonista de El día antes de la revolución. Yerra el personaje en su aseveración y lo sabe: mañana estará aquí.

Ursula K. Le Guin (California, 1929) falleció el 22 de enero de 2018, a los 88 años. Está aquí. Doce meses antes de su muerte, Nórdica Libros había publicado, en una edición ilustrada con toda destreza por Arnal Ballester, El día antes de la revolución, precuela de la novela de ciencia-ficción política Los desposeídos (1974) e incluida en Las doce moradas del viento. En esta antología de relatos escritos entre 1963 y 1974 aparece “Los que se marcharon de Omelas”, texto imprescindible para comprender el profundo sentido ético de Ursula K. Le Guin. Las miles de páginas de su extensa obra se sostienen gracias a una herramienta secreta, sutil y continua: su incorruptible decencia intelectual. La lectura de “Los que se marcharon de Omelas” –un texto demoledor de no más de nueve páginas en torno a la figura lacerante del chivo expiatorio– genera, en quien se enfrenta a sus líneas, un prolongado y doloroso debate interior. No es baladí mencionar ese relato en esta reseña: El día antes de la revolución “trata de una de aquellas personas que se marcharon de Omelas”, señaló la escritora en el prólogo de esta edición.

Tan pronto como Ursula K. Le Guin concluyó Los desposeídos: una utopía ambigua sintió que uno de sus personajes (Odo, la ideóloga sobre cuyas teorías se asienta la sociedad libertaria de Anarres) le estaba exigiendo su propio relato, pero “no sobre el mundo que construyó, sino sobre sí misma”; no sobre el triunfo del odonianismo (el anarquismo “tal y como aparece prefigurado en la filosofía taoísta temprana, y lo exponen Shelley y Kropotkin, Goldman y Goodman”), sino sobre su aparente e inevitable derrota física: un cuerpo que ya no le responde, golpeado no tanto por los años, setenta y dos, como por una reciente apoplejía. “Una se mantiene arreglada por mera decencia, por simple sensatez, por conciencia de la existencia de otra gente. Y, al final, hasta eso termina por perderse y una babea sin vergüenza ninguna”.

(¿Por qué, ante el texto precedente, confundo la imagen de Odo, la revolucionaria de ficción que sufrió años de cárcel por defender sus ideales, con la de Bette Davis, con su rostro atravesado por arrugas tan visibles como los barrotes de una prisión, gritando aquello de que “la vejez no es cosa de señoritas”?).

Ursula K. Le Guin, considerada una maestra de la literatura fantástica y de la ciencia-ficción, antropóloga (como su padre) y escritora (como su madre), reflexionó profundamente sobre el acto de escribir. En enero de 2018, la editorial Círculo de Tiza publicó Contar es escuchar, una interesante recopilación de textos gracias a los cuales podemos adentrarnos en la poética de Le Guin: “La tendencia actual –apunta en uno de ellos– consiste en adular a la juventud sin respetarla y en sentimentalizar a la vejez despreciándola”.

No hay ningún sentimentalismo en torno a Odo: aparece sin máscaras el día antes de que triunfe la revolución por la que había luchado desde su juventud. Aunque al personaje se le cae la baba (literalmente, sin eufemismos), mantiene intacta su lucidez: “Un cuerpo en condiciones no es un objeto, no es un instrumento, no es una posesión digna de admiración, no es más que una, tú. Sólo cuando el cuerpo ya no eres tú, sino tuyo, algo que se posee, se preocupa una por él: ¿está en buen estado? ¿Servirá? ¿Durará?”.

Se agradece en esta y en toda su obra la batalla de Ursula K. Le Guin contra “el supuesto fenómeno de la ‘corrección política’ –una conspiración puesta en marcha por liberales quejicas en contra de la gente común para impedirnos hablar como toda la vida, llamando al pan, pan, y al vino, vino” (Contar es escuchar).

El día antes de la revolución se sirve de un narrador omnisciente que no deja a Laia Odo, ni a sol ni a sombra, a lo largo de una decisiva jornada para las odonianos: la víspera de la ansiada huelga general (“ ‘Huelga general’, murmuró Laia al detenerse un instante para recuperar el aliento en el descansillo. Más allá, por encima, en su habitación, ¿qué le esperaba? La huelga corporal. Eso tenía algo de gracia”).

Con este narrador insidioso, penetramos en las pesadillas de Odo, en su pasado, en el presente, en las hipótesis, en los miedos, en los textos políticos que escribió confinada en una celda (La analogía, Sociedad sin gobierno, Las cartas de la prisión), en aquellos días en los cuales se reponía de la muerte de su esposo. De nuevo, la rebeldía de Odo –de Le Guin– se alza contra los eufemismos, aunque estos lleguen asidos a la teoría política esbozada por ella misma: “Igual que hablar de Asieo como mi marido. Se les contraía el rostro. La palabra que ella debía utilizar como buena odoniana era, por supuesto, compañero. Aunque, ¿por qué demonios tenía ella que ser una buena odoniana?”. Y he aquí Ursula K. Le Guin en estado puro defendiendo la independencia del individuo (que coopera más que compite) frente a los Estados autoritarios, cualquiera que sea su color.

Aunque El día antes de la revolución y Los desposeídos se pueden leer de forma independiente, y cada uno de los textos conserva su propia identidad y sentido, su lectura conjunta enriquece los significados de la precuela (escrita a posteriori) y de la novela. A manera de ejemplo: en el capítulo 2 de Los desposeídos, unos niños de Anarres –la sociedad que se rige por la teoría política odoniana– estudian La vida de Odo, su líder y quien vivió hace muchas generaciones. Los niños no comprenden el significado de prisión. Finalmente, alguien se lo explica “con la repugnancia de un adulto decente que se ve obligado a hablar de obscenidades a los niños”. Estos niños han visto retratos de Odo en la celda: “la imagen de la paciencia desafiante, gacha la cabeza gris, las manos crispadas, inmóvil en medio de las sombras penetrantes, invasoras…”. Cualquier otro, enamorado de la pureza odoniana, hubiera dejado las cosas tal cual, pero no Odo, no Le Guin (antimaniqueístas natas): los niños, fascinados por tanta oscuridad juegan por horas, por días, a ser carceleros y a ser prisioneros. Bofetada de guante blanco.

La genialidad literaria y antropológica de Ursula K. Le Guin en El día antes de la revolución se puede apreciar en la siguiente pincelada estructural (y no hablamos solo de la circularidad): las primeras líneas del relato narran un sueño de Odo: “Sobre su cabeza, el cielo de la noche se extendía profundo y sin color, mientras a su alrededor asentían los tallos altos con la cabeza seca, blanca, de florecillas en ramilletes. Nunca supo cómo se llamaban”; páginas después, finaliza su relato: “Se sentía mareada; sin embargo, ya no le daba miedo caer. Más adelante, más allá, las secas flores blancas asentían y susurraban en los campos abiertos del atardecer. Setenta y dos años y nunca había tenido tiempo de aprender cómo se llamaban”.

Odo no nombra. A Odo, por tanto, le pueden pasar dos cosas:

1.- Que se niega a controlar. En su cuento fantástico El poder de los nombres leemos:  “Porque el nombre es la cosa –dijo con voz suave, tímida, ronca–, y el verdadero nombre es la verdadera cosa. Conocer el nombre significa controlar la cosa. ¿No es así, señorita maestra?”.

2.- Que descuida en el ámbito privado el papel de “intelectual del paraíso” que Mark Twain había concedido a la mujer en su genial El diario de Adán y Eva (un texto leído, releído, respetado y analizado concienzudamente por Ursula K. Le Guin): “Yo mismo –se lamentaba Adán en la obra de Twain– no tengo la menor oportunidad de nombrar nada. La criatura nueva nombra todo lo que aparece, antes de que yo pueda protestar”.

“Mark Twain –escribió Le Guin en el prólogo a la edición de Oxford de esta singular obra del autor decimonónico– no apoya un ideal de género, sino que investiga lo que entiende por diferencias reales entre las mujeres y los hombres: algunas encajan en ese ideal, otras lo ponen en entredicho”. Ursula K. Le Guin, en su laureada La mano izquierda de la oscuridad (1969), analizó la cuestión desde la revolucionada identidad sexual del planeta Gueden, donde sus habitantes son hermafroditas y las hormonas te transforman una semana en macho, otra en hembra, otras en ente asexual.

La buena literatura se alimenta una de otra, incluso subrepticiamente, incluso cuando no existe una aparente conexión. En 1922, se publicaba por primera vez El banquero anarquista, una sátira dialéctica de Fernando Pessoa. Aquel banquero anarquista decía unas palabras que muy bien habría podido suscribir Odo (Le Guin): “El mal verdadero, el único mal, son las convenciones y las ficciones sociales, que se sobreponen a las realidades naturales; todo, desde la familia al dinero, desde la religión al Estado. La gente nace hombre o mujer: quiero decir, nace para ser, una vez adulto, hombre o mujer; no nace, en buena justicia natural, ni para ser marido ni para ser rico o pobre, como tampoco nace para ser católico o protestante, o portugués o inglés. Es todas esas cosas en virtud de las ficciones sociales. ¿Pero por qué esas ficciones sociales son malas? Porque son ficciones, porque no son naturales (…) cualquier sistema que no sea el puro sistema anarquista, que quiere la abolición de todas las ficciones y de cada una de ellas completamente, es una ficción también”.

Las ilustraciones de El día antes de la revolución de Nórdica Libros se funden con el relato y con la historia secreta del mismo. En una de las últimas, la propia Ursula K. Le Guin está sentada en unos peldaños mientras Bakunin, el autor de la siguiene cita, pasa por delante suyo de camino a la huelga general: “Buscar mi felicidad en la felicidad de los otros, mi dignidad en la dignidad de los que me rodean, ser libre en la libertad de los otros, tal es todo mi credo, la aspiración de toda mi vida. He considerado que el más sagrado de todos mis deberes era rebelarme contra toda opresión, fuera cual fuere el autor o la víctima”.

Odo, en estas páginas, descubre que el autor de la opresión acaba siendo tu propio cuerpo, y la víctima, tu espíritu libre y encadenado a esa piel añeja y hostil.

 

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