Literatura

Guadalupe Nettel, El cuerpo en que nací, Anagrama, México, 2011.


Liliana Muñoz

Dudo mucho que El cuerpo en que nací llegue a ocupar un lugar fundamental en la narrativa de Guadalupe Nettel. Es una obra de prosa depurada y sencilla, íntima, capaz de involucrar al lector en la historia, pero de escasas ambiciones. Una cosa es innegable: Nettel casi ha logrado deshacerse del desafortunado experimentalismo que la había llevado a producir cuentos de calidad tan variada como dudosa en Pétalos y otras historias incómodas y ha optado por recuperar, en cambio, el tono personal y reflexivo que constituye también el principal acierto de El huésped, su primera novela.

Guadalupe Nettel (Ciudad de México, 1973) es una de las voces jóvenes de la literatura mexicana contemporánea. Aunque sólo ha publicado tres libros de cuentos y dos novelas, éstos le han valido ya diversos reconocimientos, como el Premio Herralde y el Premio Anna Seghers. El cuerpo en que nací, su última novela, tiene un evidente carácter autobiográfico; cualquier lector medianamente familiarizado con la obra y la vida de Nettel lo advertirá desde las primeras páginas.

La obra aspira a ser una suerte de Bildungsroman  que relata la vida de una niña con una mancha de nacimiento en la córnea. Aborda, entre otros temas, sus conflictos con el ambiente progresista del México de los años setenta, el exilio de las familias sudamericanas, las diferencias sociales y culturales entre los personajes de su infancia, el choque con la pubertad. Podría pensarse, incluso, en una Künstlerroman o “novela de formación de un artista”, pero esta ilusión desaparece pronto, por mucho que la literatura intente ocupar un lugar central en la trama. Cierto que la protagonista está dotada de una sensibilidad artística inusual que la lleva a distorsionar la realidad a través de la escritura; cierto también que las primeras lecturas contribuyeron a moldear su percepción del mundo. Sin embargo, las verdaderas novelas de formación de un artista (verbigracia, el Retrato de Joyce o el Tonio Kröger de Thomas Mann) tienen por protagonistas a personajes que poseen una concepción vital del arte y de la creación. Recordemos el grito de batalla de Stephen Dedalus: “¡Vivir, errar, caer, triunfar, volver a crear la vida con materia de vida!”. Stephen es un artista en el estricto sentido de la palabra: inconforme con la realidad, la dinamita y la reinventa, dotándola entonces de un significado único e intransferible. Para la protagonista de Nettel, la lectura no parece ser más que un “hábito adquirido” y la escritura una herramienta para obtener elogios o desatar males apocalípticos que acaben temporalmente con los compañeritos de clase. Prefiero quedarme entonces con un relato sobre la aceptación de uno mismo y el complejo proceso que lleva a forjarnos una identidad en medio de las dramáticas tribulaciones de la infancia y de la pubertad: la transformación del cuerpo, la curiosidad sexual, los problemas familiares.

La novela inicia con la deficiencia ocular de la protagonista. No es la primera novela en la que Nettel presenta a un personaje condenado a soportar una carga. En El huésped era La Cosa, un ser aparentemente imaginario que atormenta a Ana y la impulsa a cometer actos insospechados; Nettel juega en esta obra con la ambivalencia entre la existencia real de dicho parásito y la posibilidad de que se trate de una invención de la mente trastornada de la protagonista. El huésped era la historia de un desdoblamiento de personalidad; en El cuerpo en que nací, sin embargo, no existen múltiples personalidades: es una sola en proceso de formación.

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  • Sonny Díaz says:

    Y que gran salto dio con Después del invierno. Anoche terminé El cuerpo en que nací, la lectura sencilla y con una capacidad de absorción que solo los grandes escritores logran. Son los únicos dos libros que he leído de la autora. Iré hoy mismo por más. Muy buena reseña.

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