Literatura

Emiliano Monge, El cielo árido, Mondadori, México, 2012.


Olga Salazar Pozos

No parece haber, en la narrativa mexicana reciente, muchos casos de obras que se desarrollen en el campo y menos aún que al mismo tiempo busquen una forma innovadora de narración. La última novela de Emiliano Monge –autor de Morirse de memoria y Arrastrar esa sombra– es una afortunada excepción. No se trata de una copia de modelos ya existentes, sino del resultado de la evolución del estilo que el escritor ha venido desarrollando a lo largo de su obra y que hace de ésta una historia rural única.

     En El cielo árido, un extraño narrador lleva el hilo o, más bien, el nudo que sujeta los distintos recuerdos de la vida de Germán Alcántara Carnero, protagonista de la novela. Éste es el centro de la trama: conocer (de manera anacrónica) los momentos más importantes de una vida que transcurre entre la violencia, el remordimiento, la injusticia y la muerte, motor de todas las acciones que lleva a cabo Germán. Es a partir del recuento de su vida –llena de momentos de desesperanza, pero no exenta de lealtad y bondad, incluso en medio de la crueldad de los personajes, lo que recuerda a ratos a los de La muerte de Artemio Cruz– que el lector logra comprender qué es lo que atormenta al protagonista. También por esto último no se puede juzgar fácilmente a Germán que, aunque despiadado, ha sufrido la pérdida de sus seres queridos. Las coincidencias con Fuentes, dicho sea de paso, no solo tienen que ver con el tema y los personajes, sino con los experimentos con la forma narrativa.

     A lo largo de la lectura, me preguntaba: ¿quién es el narrador? Se trata de una voz en primera persona que introduce la novela señalando que él sólo contará la historia de otro hombre llamado Germán Alcántara, lo que de entrada hace pensar en una suerte de narrador testigo. Refuerza esta impresión el hecho de que el narrador de El cielo árido, al igual que el de Morirse de memoria, tiene un estilo aliterativo, por lo que en distintos momentos de la obra comunica al lector que pronto él aparecerá como personaje de la historia (aunque reconoce no ser importante en la vida del protagonista). Conforme la historia avanza, parece transformarse en un narrador omnisciente y, finalmente, presentarse casi como el autor de la historia que leemos. El escritor de una obra decide la forma de la narración, la estructura, aporta un estilo e imagina los sentimientos que caracterizarán a sus personajes. En esta novela, el narrador toma ese rol desde el comienzo al decir que él presentará los hechos de la vida de Germán en forma discontinua. Aporta un estilo narrativo al elegir la aliteración continua como recurso fundamental para conocer el proceso de memoria del protagonista y otorga una caracterización sentimental a los personajes al describir a lo largo de cada episodio todo aquello que sienten. La propuesta narrativa cambia a la mitad del libro, ya que al principio había señalado que él aparecería como personaje, pero después se arrepiente, evitando así revelar su identidad.

     Es admirable la capacidad que Emiliano Monge ha ido desarrollando tanto en sus dos novelas como en su libro de cuentos, Arrastrar esa sombra. Si algo lo caracteriza como narrador, es la dimensión o profundidad que otorga a los acontecimientos relatados. Si se trata de rememorar sucesos importantes, el autor diseccionará a partir de la aliteración cada parte del recuerdo, cada inquietud que experimentó su protagonista, cada tema, cada frase que tocó la vida de los personajes. De esta manera, al ver todos los aspectos que convergen en un mismo suceso, el lector puede entender las dudas o frustraciones que atormentan a los protagonistas y personajes de sus distintas obras. Quizá esto se debe a lo que el mismo Monge ha dicho en entrevistas: que tiende a lo privado, a desarrollar en sus novelas solo aquello que considere de suma importancia para desarrollar las vidas de sus personajes y del mundo que crea. Por esto recorre de manera constante los mismos momentos en sus relatos para aprovecharlos y conocerlos al máximo.

     El estilo de Monge despierta impresiones y opiniones variadas entre su público, particularmente en lo que respecta a la manera en que decide narrar sus historias. Algunos expresan sentirse hastiados por las excesivas aliteraciones, sobre todo considerando que no sólo se trata de frases, sino también de narraciones enteras de eventos. En sus tres obras Monge muestra este estilo que a algunos les parecerá exagerado o difícil, pero que es necesario para entender el universo que construye. Si en El cielo árido se habla de la reflexión de vida de Germán Alcántara, de todos aquellos momentos que marcaron y cambiaron su existencia para siempre, entonces ¿cómo reflexionar y entender la vida sin la repetición de los eventos? ¿Alguna persona recorre sus recuerdos sólo una vez y en seguida entiende o acepta lo que ha sucedido?

     En la vida normal de una persona se muestran y recuerdan una y otra vez momentos importantes del pasado. A menudo se piensa en los recuerdos felices, en las tristezas, éxitos, decepciones, muertes: todo lo que conforma la tragicomedia de la vida humana. Cuando uno se encuentra insatisfecho o asfixiándose en sus propias congojas, estas memorias brotan y nos abruman. Monge en sus obras nos muestra esto una y otra vez: que uno necesita rememorar para entender su presente y comenzar a construir su futuro, que no se puede seguir adelante si no resolvemos nuestras aflicciones. En el universo cíclico de El cielo árido, Germán Alcántara se encuentra oprimido por sus errores y el arrepentimiento, pero éstos lo conducirán a darse cuenta que aunque su vida transcurrió entre la violencia y la soledad, la existencia no es una tragedia absoluta. Hay en ella lugar para la gloria y la pena.

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