Cine

Béla Tarr y Ágnes Hranitzky, El caballo de Turín, Hungría, 2011.


Jaime Guerrero

Las palabras de Sarris también son una aproximación a lo que uno siente al ver una película de Tarr. Bajo las circunstancias adecuadas, es una experiencia misteriosa. El espectador forma parte del ejercicio contemplativo y pasivo que llevó a la creación de aquellas imágenes, aunque tampoco hay que olvidar el lado propiamente físico y corporal que es tan importante en El caballo de Turín y en todo el cine de Tarr. Hace más de cinco años tuve la oportunidad de ver Sátántangó un domingo de enero en el auditorio del Museo de Bellas Artes de Houston, una función que comenzó, si no me equivoco, a las once de la mañana y terminó después de las ocho de la noche, debido a un intermedio a la mitad para que los espectadores fueran a comer. Estoy seguro que ya no recuerdo muchos detalles (no he leído la novela de Krasznahorkai y me rehúso a ver la película en una televisión antes de volverla a ver proyectada en 35mm), pero nunca olvidaré la experiencia de haber estado ahí, ante esa pantalla, todo ese tiempo. Llegó un momento durante la segunda mitad en el que olvidé lo que era no estar viendo Sátántangó; una parte de mí deseaba que las imágenes se siguieren acumulando, que las tomas se alargaran, que la película nunca se terminara.

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  • Karen Mercado says:

    Desde hace tiempo he querido ver esta película, pero no he logrado encontrarla, ¿sabes de algún lugar en monterrey donde pudiera conseguirla?

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