Literatura

Sergio Hernández Roura, Edgar Allan Poe y la literatura fantástica mexicana (1859-1922), Bonilla Artigas Editores, Ciudad de México, 2020, 222 pp.


Melisa Cruz Rodríguez

Más de uno de nosotros en la adolescencia descubrimos nuestro amor a la lectura –sobre todo a lo fantástico– gracias a Edgar Allan Poe. La fascinación por este autor a esa edad podría deberse a varios factores: es el momento en el que intentamos rebelarnos contra las “buenas costumbres”, buscamos nuestra identidad, adoptamos la decadencia o abrazamos la depresión. Bombardeados por la cultura pop de películas de zombies e historias de vampiros, amamos el terror y lo sombrío. En Poe encontramos un padre de la oscuridad, un rey de los rechazados. Sin embargo, su obra ya es contracultura aceptada. Poe es un autor canónico utilizado por los profesores en la actualidad para promocionar la lectura entre los alumnos, incluso en algunos libros de textos se puede encontrar repartida su obra.

La recepción a la obra de Poe, como lo explica Sergio Hernández Roura en su libro Edgar Allan Poe y literatura fantástica mexicana (1859-1922) no siempre fue positiva. En los primeros capítulos el autor introduce al contexto político y cultural mexicano, menciona que en México no estaba consolidado el género fantástico en el ámbito literario a pesar de vivir rodeados por una cultura que se nutre de tintes extraordinarios o sobrenaturales. El rechazo a esta estética y a este folclor se debe a la herencia de la censura impuesta por la iglesia católica. Los creyentes religiosos, al leer los relatos sobre hechos fantásticos donde hay personas que regresan de la muerte, contacto con el más allá, entre otros sucesos sin explicación lógica, los tachaban como “cosas de brujería”, a pesar de que la Biblia está plagada de muchos de estos acontecimientos.

Hernández Roura también explica que en México se buscaba una literatura nacional “con códigos éticos y morales” que no encajaban con la obra de Poe: “la obra del norteamericano representó precisamente una estética que Altamirano atacó y miró con recelo, porque vendría a sembrar en el pueblo mexicano, por medio de la literatura, las tinieblas de la duda”. Hernández Roura expone las críticas tanto negativas y positivas que surgieron alrededor de Poe, pero es precisamente un reflejo del trato prejuicioso que se le dio en esa época al autor que estas se enfocaran más en su persona que en su obra.

Los críticos a favor de una estética nacional estaban ligados al positivismo y veían la obra del autor norteamericano como un testimonio de sus vicios. Una de sus mayores críticas era hacia su alcoholismo, ya que se consideraba “un problema de salud pública” y se tenía asociada esta enfermedad con la locura, así que se veían los cuentos de Poe solamente como delirios del escritor. Por otro lado, los defensores de Poe seguían una estética decadentista y veneraban al autor: “donde algunos vieron inmoralidad y vicio, hubo quienes encontraron un sentido trágico y rebelde de la existencia […] Poe no solo podía considerarse un genio sino también un personaje mítico”. Así que más que un movimiento literario parecía un culto alrededor de Poe: “algunos autores se expresan de él denominándolo el Catulo de América, tenebroso soñador siniestro, sublime alienado o presentándolo como un ser etéreo”.

Si bien este libro es el resultado de la tesis doctoral de Sergio Hernández Roura sobre Edgar Allan Poe en México, tiene un estilo bastante ameno. Es fácil notar que este libro no es solo un intento de parte de Roura de publicar su trabajo de posgrado, sino de compartir con el lector lo que aprendió de su investigación con un tono digerible para el público en general, en un afán de divulgación literaria. Se nota su pasión e interés por la literatura fantástica, ya que no solo es un académico, sino también es un escritor del género, y probablemente como muchos de nosotros inició leyendo los cuentos de Poe.

En el último capítulo del libro habla de las vertientes del género fantástico y de sus límites. No solamente teoriza a partir de estos, sino que también hace una serie de recomendaciones de autores mexicanos del XIX como: Laura Méndez de Cuenca y Pedro Castera con sus cuentos de elementos esotéricos; Amado Nervo como el precursor de la ciencia ficción; Francisco Zarate Ruiz con sus relatos fantásticos cotidianos y su novedosa mujer protagonista; Manuel Gutiérrez con nuevas tendencias como la combinación de humor y fantástico, entre otros.

Este libro brinda una visión de la literatura del XIX, así como del cuento, en especial del fantástico. Las obras que menciona Roura son subversivas respecto al prejuicio que suele tenerse sobre la literatura decimonónica. Con la visión panorámica que da el autor se puede apreciar no solo la narrativa que apostaba por formar una identidad nacional, sino también la estética fantástica influenciada por Poe que, como menciona el crítico, fue más “un fenómeno de asimilación que de imitación”. Finalmente, la investigación de Roura arroja que el escritor bostoniano reconocido internacionalmente por su cuervo o su gato negro tuvo un papel importante para el desarrollo del cuento mexicano y, por lo tanto, el estudio de su obra en el ámbito literario en México es indispensable para comprender el origen del propio cuento fantástico mexicano.

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