Literatura

Elena Poniatowska, Dos veces única, Seix-Barral, Barcelona, 2015, 405 pp.


Casandra Garza

La novela más reciente de Elena Poniatowska se inserta en la serie biográfica que comenzó en 1992 con la publicación de Tinísima, continuó con Leonora (2011) y que ahora culmina con Dos veces única. Más allá del minucioso retrato que Poniatowska ofrece de estas tres mujeres, se asoma otro retrato quizá más revelador: el de un México que en el siglo XXI se nos antoja prehistórico.

     El México que va de la década de los veintes a la década de los cuarentas es el México que atrae a Poniatowska, quien llegó a este país en 1942. Es un México que aún tiene mucho de revolucionario y donde se gestan proyectos políticos, sociales y culturales que marcan al país y de los cuales sus vestigios aún percibimos hoy en día. Es el México de Vasconcelos, de Cárdenas, de los muralistas, de las reuniones en la Casa Azul, del martillo y la hoz. Un México de fervor cultural, artístico, ideológico, pero también violento y caótico. Las vidas de estas tres mujeres, al igual que este país, también fueron un conglomerado de situaciones y personajes diversos y confusos. De hecho, si hay algo que une a Tina, Leonora y Lupe (quizá en ello se encuentre la admiración que Elena Poniatowska profesa por las tres) es que no fueron mujeres convencionales. Cada una, a su manera, se rebeló contra lo que su época les imponía. Es más evidente en el caso de Leonora, quien, siendo parte de la aristocracia inglesa, desde pequeña representó un dolor de cabeza para sus padres e institutrices, pues insistía que la pintura era a lo que quería dedicar su vida.

     Cabe aclarar que Poniatowska no escribió biografías como tales sobre Tina Modotti, Leonora Carrington o Lupe Marín; más bien, se parapeta tras una suerte de biografía novelada en que se vale de documentos y entrevistas (Poniatowska es, ante todo, una periodista) que combina con la ficción propia de una novela. Ello no solo enfrenta al lector al difícil discernimiento entre realidad y ficción, sino también intensifica el aura mítica que envuelve a las propias protagonistas y personajes como Diego Rivera, el grupo de los Contemporáneos, Concha Michel, Edward Weston, Vittorio Vidali, Salvador Dalí, etc., hombres y mujeres del ámbito político, artístico y cultural que las tres, como una especie de imán, atraían.

     Tinísima, a mi parecer, la más ambiciosa de las tres obras y la que está más cercana al género biográfico, representa un viaje sumamente detallado por la vida de Tina Modotti, a quien, más que la fotografía, la caracterizó su militancia en el comunismo. Su intensa vida amorosa da fe de ello: sus primeras parejas fueron artistas (el poeta Roubaix de L’Abrie Richey, el fotógrafo Edward Weston, el muralista Xavier Guerrero) y las últimas militantes como ella (Julio Antonio Mella, Vittorio Vidali). Pero más allá del comunismo siempre presente en la vida de la italiana, Poniatowska destaca lo que México, un país impredecible, significó para Tina: su salvación y su perdición. “Tina tenía con el país una relación eléctrica. Todo lo esperaba de México… Oscilaba entre el júbilo y estupor; este es un país intemporal, maléfico, eterno, maligno, es un país de salvajes, de brutos, un país de sabios” (p. 144). En el México de los años veintes, Tina encontró algo que plasmar en sus fotografías (su etapa como la talentosa fotógrafa que todos reconocen realmente pertenece a este periodo), encontró a los camaradas que veneraban a Stalin, a la URSS, se sintió útil trabajando en el periódico comunista El Machete; pero también encontró la traición y el rechazo que el país le demostró al acusarla de atentar contra el presidente Pascual Ortiz Rubio y que le valió su expulsión.

      Leonora, por su parte, resulta más novelesca que Tinísima. Retrata a una mujer que encontró en la pintura una forma de vida y de rebeldía. Su espíritu indomable la caracterizó desde que era una niña y hasta que se convirtió en una de las principales representantes del surrealismo junto a Dalí y André Breton. Su llegada a México no resulta tan espléndida como la de Tina; aquello que esta encuentra cálido, Leonora lo rehúye: “A Leonora la atosigan los gritos, iguales a los de la cantina, las carcajadas, las sonoras palmadas a la hora de los abrazos. ¡Cuánto ruido!… Leonora no aguanta el continuo chirriar de las guitarras y los ¡Ay, ay, ay!” (p. 296).

      Tina Modotti y Leonora Carrington fueron artistas; Lupe Marín, en cambio, formó parte de la vida de artistas, siendo pareja e inspiración tanto para Rivera como para Cuesta: basta visitar la capilla de Chapingo donde el muralista la inmortalizó como la tierra fecunda en un desnudo impresionante frente al cual, por cierto, también yace uno de Tina. Para Lupe, el arte se encontraba en el mercado: “es lo más cercano a la felicidad y su abundancia de frutas y verduras la reconcilia con la vida. Lo jitomates cubiertos de gotas de agua, los chiles que brillan, las berenjenas moradas se le vienen encima y escuchar la palabra marchantita es un bálsamo” (p. 121). Probablemente la principal diferencia de Tinísima y Leonora frente a Dos veces única recae en el tratamiento que se les da como personajes: Tina y Leonora verdaderamente son protagonistas de las novelas que les dedicó Poniatowska, en cambio, el recuento de la vida de Lupe Marín más parece una excusa para esbozar la vida de quienes la rodearon: su Panzas, Diego Rivera; su segundo esposo, el poeta Jorge Cuesta; sus hijos resentidos con una madre que poco tuvo de maternal; el grupo de los Contemporáneos que frecuentemente la visitaba. Ya en Tinísima era posible apreciar el carácter fiero de la Prieta Mula (como solía llamarla Diego) que en repetidas ocasiones riñó con el muralista por pintar desnudos de la italiana. No solo reñía con Diego, sus peleas y resentimientos los compartía con cualquiera: en La Única (título que Poniatowska retoma), primera novela que publicó, ofrece una crítica feroz contra Novo. Pese a todo ello, es evidente que Lupe Marín formó parte de la vida artística y cultural de México; su relación con Diego perduró hasta la muerte de este y ella siempre confió en haber sido la única mujer del muralista, pues solo con ella se casó por la iglesia.

    Elena Poniatowska representa el último eslabón de aquel México que vivieron y padecieron Tina, Leonora y Lupe. Es ella la última heredera de ese legado artístico y cultural que, al igual que los murales que cuentan la historia de México, plasma en las tres novelas como una amalgama de personajes y hechos históricos que nos transportan a una época que, lamentablemente, ya solo percibimos como un eco muy lejano.

 

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