Literatura

Guadalupe Nettel, Después del invierno, Anagrama, Barcelona, 2014, 272 pp.


Aída Islas

En una conversación reciente en Monterrey sobre Después del invierno, Nettel declaró que se trataba de “una novela ambiciosa”. No se puede más que estar de acuerdo: el texto ambiciona mucho. La cuestión es qué tanto logra. Las historias de Claudio y Cecilia son narradas en forma paralela por ellos mismos; se apoyan, se contrarían,  se complementan y, justo a la mitad de la novela, coinciden para luego volver a separarse. Uno de los grandes aciertos del texto es ese juego de presencia y ausencia, de repercusiones de encuentros fugaces.

     Ambos son latinoamericanos, ambos están intentando huir de una realidad histórica y social que está demasiado impregnada en ellos. Cecilia la lleva en la piel, en las formas del cuerpo; Claudio en las estructuras mentales, pues aun despreciando las coacciones del socialismo cubano, se impone a sí mismo sistemas de orden y carencia dentro de su propia vida, como si no pudiera dejar de vivir en su patria. La marginalidad de los personajes es relativa y en alto grado autoimpuesta. Sí, el grueso de la ciudad los ignora; sin embargo, ellos se muestran agradecidos por ello, pues finalmente es en la soledad donde pueden alcanzar una suerte de libertad. La muerte, el abandono, los ha llevado a encerrarse en sí mismos, a huir del otro y, por lo tanto, de su propia humanidad. Claro está, lo anterior no resulta del todo posible, pero ambos se alejan de sus pocas relaciones, consciente o inconscientemente, tanto como pueden. Así, Claudio mira a su único contacto humano constante, Ruth, con lejanía y soberbia; Cecilia, después de recibir la hospitalidad de Haydée y Rajeev, decide abandonarlos, no contesta sus llamadas.

     Sin embargo, su humanidad se les escapa. De tanto contenerla, se desborda. Cecilia se rinde a Tom como Claudio se rinde a ella. La pasión, no sé si el amor, hace que estos personajes se entreguen. Con ello, Nettel busca enfatizar el punto en torno al cual desarrolla toda su obra: la fragilidad de la existencia, la debilidad de la voluntad humana. No importa el completo arrojo de Claudio por Cecilia, los sentimientos de ella hacia él son tibios y, luego, se vuelven nada. Lo mismo le sucede a la mexicana; puede aferrarse a Tom, a sus viajes imaginarios o trasplantes de órganos imposibles, a escucharlo entre los muertos, pero al final, el cuerpo no la sustenta y su voluntad nada vale contra ello.  Incluso cuando Claudio logra encerrarse de nuevo, contener su pasión mediante una voluntad férrea, de nada sirve contra su corporalidad. Contra el azar, contra la pérdida de un miembro, nada puede hacerse; el control, el orden, que el personaje busca conservar, se pierde. La fragilidad es irresoluble.

     La novela trata del reconocimiento, de la aceptación de la fragilidad humana de ambos personajes. Ambos descubren una salvación, un hogar que antes despreciaron y en el cual pueden ser recibidos. Allí se encuentran el amor y la vida, la esperanza, el centro con el cual hacer frente al caos. Así, Claudio acepta el vínculo de Ruth, lo hace suyo; Cecilia observa nacer la vida en la niña de Haydée y esta vez se encuentra abierta a recibirla.

     Los planteamientos de la novela son loables, pero su ejecución, no tanto. Está primero, esa agridulce sensación de que todo esto lo hemos leído antes, en innumerables ocasiones. Los latinoamericanos en París o en Nueva York, estudiando o trabajando, viviendo donde se espera que vivan, un loft raquítico o un departamento con vista a un cementerio de muertos ilustres. Lo mismo sucede con la música, predecible, ya leída antes, y mejor, en los libros que Nettel parece tomar como base para su novela. El jazz, por ejemplo, no puede sino remitirnos a Rayuela, pero, a diferencia de esta obra, en la que Cortázar se hunde en la música, la confunde con la trama y los personajes, en la novela de Nettel parece solo un elemento aparte, un adorno. No logra profundizar, así como tampoco lo hacen las muchas referencias a escritores a lo largo del libro, pues, o solo se hacen por encima, o las reflexiones que van asociadas a ellas son demasiado triviales.

     No obstante, los lugares comunes podrían replantearse para que surgiera una voz personal. Finalmente, Nettel se declara “ombliguista”, entiende que un buen libro es aquel que nos transmite algo, “si el autor tiene la apertura de contar desde el fondo de las entrañas y el lector de recibir”. El discurso íntimo que propone la autora en el texto nos haría redescubrir la historia ya otras veces contada. Tal vez, pero no así, no con la voz de Claudio ni la de Cecilia. Incluso cuando la novela tiene su centro en ellas, las voces de los protagonistas no logran convencer del todo.

     El discurso de Claudio se forma con trazos tan gruesos que se desbarata a fuerza de sonar falso. “Una de las reglas que me impongo con las mujeres es no saber nada acerca de su vida anterior a mí” (p. 71), nos informa Claudio en los primeros capítulos; después, en su segundo encuentro con Cecilia en París, establece: “como he dicho ya, no suelo preguntar a las mujeres con las que me relaciono nada acerca de su vida pasada. Aun así, con Cecilia rompí no solo esa regla sino otras de supervivencia básica, sin poder evitarlo” (p. 164). En esta, y en otras muchas ocasiones, son demasiado evidentes las costuras de los personajes, de la novela en general, que no tiene, en sí, nada fuera de lugar, pero sí varios pedazos mal pegados, nada sutiles. Ahora bien, se entiende lo grosero y poco realista del personaje cuando la autora confiesa que fue creado como venganza de “muchos hombres muy misóginos, muy obsesivos, muy duros, auto exigentes, muy pusilánimes”, que ha conocido a lo largo de su vida, que su propósito era ridiculizarlos. No obstante, Nettel olvida compartir este afán con el lector y solo nos presenta un personaje que busca parecer impactante y no convence.

     La falta de credibilidad también amenaza al texto en los momentos más intimistas, en aquellos en que deberíamos sentir el sufrimiento, el vacío, la náusea, como cuando Cecilia dice: “estaba dispuesta a todo, incluido el suicidio, con tal de que siguiéramos cerca. Y la verdad es que no tenía mucho a qué aferrarme en el mundo. Mi familia me parecía muy ajena a mi realidad. El dolor que mi padre sentiría tras mi muerte iba a ser, estaba convencida, inferior al que yo sentía en ese momento. Si era inevitable que Tom se marchara de este mundo yo quería irme con él. Irnos juntos” (pp. 242-43). Cecilia, en lugar de transmitir sus sentimientos, se limita a establecer que cuenta con ellos; su voz se nos muestra acartonada y demasiado lejana como para caer con ella en la desolación en la que dice encontrarse. Esta lejanía tiene mucho que ver con el pretérito que la autora decide utilizar, tal vez para probar que ambos personajes han sobrevivido a lo narrado, pero con fatales consecuencias para lograr transmitir al lector la fragilidad humana que tanto busca mostrar en la novela.

      Después del invierno debe ser cuestionada porque merece ser atendida. La firme estructura, el estilo consumado de Nettel, las reflexiones honestas que alumbran de pronto el texto, surten un efecto positivo. El análisis de las relaciones humanas, sus ires y venires, esas complejas redes invisibles que jalonean la vida de los personajes, los pequeños encuentros, el pasado que se liga de forma ineludible con el presente, todo ello junto, no es un mérito menor. La pregunta es si esto es suficiente para “una de las voces imprescindibles de la actual narrativa latinoamericana”. Tal vez, si lo que nos queda esperar del presente es solo una forma diluida del pasado, en la que todavía existen brillos, pero a la que le hace falta lograr consolidarse, crear nuevos paradigmas en lugar de únicamente ser el eco de los anteriores.

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