Literatura

Anne Carson, Decreación, Vaso Roto, San Pedro Garza García, 2014, 368 pp.


Daniela Gutiérrez Flores

Anne Carson es todavía un terreno inexplorado. No solo porque la difusión de su obra no sea extensa o porque haya en español pocas traducciones de esta, sino porque sus libros, como muy pocos, exigen de nosotros una lectura de rigor casi filológico, detectivesco, y suscitan una actitud desconfiada hacia el acto mismo de leer que, dicho sea de paso, resulta en muchas ocasiones en franca confusión. La obra de esta escritora canadiense es todavía inclasificable, decididamente elusiva a encajar con cualquier etiqueta de estilo o género, con influencias identificables —Samuel Beckett, Gertrude Stein, Paul Celan, Emily Dickinson— pero con un proyecto definido y tan original que no se parece mucho a lo que hoy ocupa los estantes de las librerías. Carson pertenece a esa grandiosa estirpe de escritores solitarios, aislados en sus mundos particulares, que guardan la promesa de la renovación de las letras.

     La pluma de Carson es cerebral, agudamente inteligente. Su lenguaje está desprovisto de lirismo; es diáfano, alejado de lo simbólico y roza, en cambio, la limpidez de la prosa y los significados etimológicos. Su puntuación es desigual; su sintaxis interrumpida; su tono es a la vez académico e irónico; su registro culto y popular. Las etimologías latinas y griegas conviven con referencias a fuentes tan diversas como Virginia Woolf, John Keats, Michelangelo Antonioni y Kant. Es lúdica con la forma y con el contenido, y el ritmo de sus versificaciones va desde el discurso oral —como en Autobiografía de Rojo— hasta el tango—como en La belleza del marido—.

     La naturaleza laberíntica de sus textos puede llevarnos a pensar que su escritura es mera experimentación formal, sustentada en perspectivas posmodernas desgastadas, en un gratuito estiramiento de los límites del ejercicio literario. Pero, si bien estos —el juego con las formas, lo posmoderno y la radicalidad de su propuesta— son elementos de su obra, la complejidad de Carson excede estas definiciones simplistas. Carson es comúnmente denominada poeta; quizá porque poesía es un término que sobrepasa las connotaciones del género y se refiere más ampliamente a un fenómeno de la experiencia artística. La realidad es que sus textos no soportan ningún encasillamiento estable: los poemas son poco líricos, las novelas poco narrativas. Y aunque la mezcla de géneros es un rasgo frecuente en tantos escritores contemporáneos, en Carson constituye el único camino para llevar a cabo su proyecto creativo. Lo suyo no es experimentación arbitraria e improvisada, sino la manifestación de sus preocupaciones centrales.

     Carson —profesora de literatura clásica y griego, y traductora de Safo y Eurípides— ha llevado su formación académica a su visión creativa. Lo más interesante de esto estriba en que la profunda apreciación y entendimiento de los clásicos encuentran su lugar en lo más radicalmente moderno y no llevan a un rescate de los valores helénicos. Esto nos dirige a una idea fundamental para la lectura de Carson: la dialéctica clásico-moderno. Si los movimientos vanguardistas buscan el rompimiento deliberado con la tradición a través de la forma, encontramos en Carson una paradoja: el rompimiento de la forma es para ella una forma de afianzarse en la tradición, de establecer una relación con ella. Carson crea versiones radicalmente modernas de lo más tradicional, de las raíces de la literatura occidental: los clásicos y la Biblia. El continuo diálogo entre estos polos ilumina simultáneamente lo tradicional y lo moderno, resultando en obras de una originalidad inédita.

     La literatura de Anne Carson mantiene un fino equilibrio entre la precisión casi matemática de su intelecto y la intensidad de las emociones (el miedo a la muerte, el amor obsesivo, los celos). Por ello, es inútil acercarnos a ella con un ojo estrictamente racional o puramente emocional. En el primer caso, la lectura se oscurece al enfrentarnos a lo que parece una serie de disparates y absurdos; en el segundo, la complejidad de la forma parece distraernos de la expresividad del texto. Quien intente leer verso a verso con la intención de diseccionarlos en busca de sus sentidos precisos, se encontrará con grandes dificultades. Por eso vuelvo a lo que dije al principio: Carson desafía nuestra manera de leer. Hay que leerla intuitivamente, y por muy oscuro que se vuelva el camino, continuar leyendo. Porque aquí interesa la experiencia general de lectura, descubrir las conexiones internas del texto. Leemos como quien intenta aprender una nueva lengua, intentando descifrar los signos de un nuevo mundo.

     Hecha esta semblanza, quizá Decreación no parezca tan hermética e incomprensible como un primer encuentro podría sugerir. Compuesto de ensayos, poemas, un libreto de ópera, un oratorio, un guion de documental y otros textos que eluden una definición, este libro es, a todas luces, inquietante. Aproximarnos a él de manera lineal convierte nuestra lectura en un ejercicio propio de detectives: vamos buscando pistas, de texto a texto, que nos ofrezcan claves para interpretar cada uno. Pronto descubrimos, por sutiles guiños o mera intuición, las relaciones tejidas complejamente entre sus partes. La espina dorsal de Decreación son sus ensayos, fuentes intelectuales de donde emanan los otros textos. El principal es el que da el título al libro: Decreación: de cómo dicen Dios mujeres como Safo, Marguerite Porete y Simone Weil. En él, Anne Carson hace un lectura brillante de las ideas de estas tres mujeres y conecta sus visiones de tal manera que las relaciones, sorprendentes e improbables en primera instancia, nos terminan pareciendo obvias hacia el final del ensayo. Creo que esta es la mayor virtud de Carson. Este ensayo es evidencia clara del diálogo que tan bien domina la canadiense. Safo, Porete y Weil se iluminan la una a la otra de tal forma que parece impensable poder comprenderlas sin relacionarlas. Aún más: la lectura de ellas ilumina la propia obra de Carson, como veremos.

     La idea central del ensayo es la decreación, término que Weil utiliza para hablar de la necesaria aniquilación del yo para llegar a Dios. Para hablar de este concepto analiza, primero, un poema de Safo. Este es, en apariencia, solo sobre el amor y los celos. Pero para Carson los celos son únicamente una figura para representar el éxtasis. A la mitad del poema, nos explica Carson, la voz que habla se olvida de los amantes, se ve desde fuera y se centra en sí misma, diciendo: “soy más verde que la hierba y aún así muero”. El poema cobra entonces, para Carson, dimensiones espirituales. En la segunda parte, Carson describe de nuevo la figura de un triángulo amoroso. Esta vez, el triángulo se conforma por Dios y las dos partes de una Marguerite Porete dividida por el acto de aniquilarse (la Marguerite que ama a Dios y la Marguerite que se interpone entre Dios y ella misma). En la tercera parte, referente a Simone Weil, los protagonistas del triángulo son Dios, la creación y el yo. Weil busca, al aniquilarse o “devolver el Ser a Dios”, la perfecta unión entre Él y todo lo que ha creado.

     Analizadas las visiones de estas mujeres, nos encontramos con la genial cuarta parte: “en tanto que ahora estamos entrando a la cuarta parte de un ensayo de tres partes, deberíamos prepararnos para cierta inconsecuencia”. Carson atribuye el origen de esta inconsecuencia a una contradicción: Safo, Porete y Weil intentan aniquilarse a través de la escritura, que es “construir un centro grande, ruidoso, brillante del yo”. En este apartado podemos vislumbrar con más claridad el diálogo que entabla Carson entre la obra de estas mujeres y la propia. Más allá de las preocupaciones espirituales particulares de estas tres mujeres, a Carson lo que le interesa es el misticismo como modelo para la creación. Carson dice que, para resolver esta contradicción, cada una crea un “sueño de la distancia”. Es decir, una manera de que el yo se disuelva en el decir. La perspectiva de Simone Weil es la que encuentro más iluminadora para comprender a Carson. Para la francesa, esto significa que en el acto de la escritura, quien escribe es diminuto frente a la nada. Así, hacia el final de su vida pide a un amigo que tome sus cuadernos para que sus escritos “encuentren alojamiento en su pluma, mientras cambian de forma para reflejar tu imagen”. A Weil no le interesaba afirmarse como la autora de ninguno de sus tratados, sino disolver su yo en ellos. Anne Carson hace en Decreación lo que Weil hubiera querido que hiciera su amigo. El pastiche y la cita son los recursos con que Carson diluye su yo con el discurso de otros: Longino, Woolf, Beckett, Stein. A partir de esta idea se construye todo el libro. Carson evita la posibilidad de que este ensayo funja como una introducción didáctica o clave de interpretación, pues aparece casi hacia el final. Nos obliga, en cambio, a leer con cuidado, a adivinar la esencia del libro en las formas en que se manifiesta. Al concluir la lectura es evidente que Decreación nos enseña cómo leer Decreación.

     Como dije antes, los ensayos son los que encierran las ideas centrales que unen a los textos. El sueño, lo sublime y el eclipse son las preocupaciones de los ensayos restantes. Cada uno es una variación de la decreación, una perspectiva distinta del tema. El sueño definido como acto decreativo es la única experiencia que “nos da un sentido tan primario de ser gobernados por leyes externas”; soñar es salirnos de nosotros mismos y vislumbrar lo incógnito. Similarmente, lo sublime es aquello que borra los límites del ser. Al experimentar lo sublime en el arte, sentimos que nosotros mismos hemos creado. Aquí Carson pone especial énfasis en el acto de la cita. Finalmente, la imagen del eclipse que ocupa el tercer ensayo —el más poético de todos— es casi paralela a la descripción del rapto místico. Carson anota que su etimología significa “abandono, alejamiento”. Así como la luna bloquea al sol, así “la totalidad es un fenómeno que puede trastocar las proporciones personales”.

     Creo que los textos que llegan a ser más complicados son los que se derivan de los ensayos y funcionan, digámoslo así, como una puesta en práctica de sus ideas. Su dificultad reside en la unión entre la compleja carga intelectual y la versatilidad de la forma. Sería imposible, en un texto tan breve como este, ahondar en cada uno de ellos y las conexiones que mantiene con el resto de la obra. Tenemos, por ejemplo, un oratorio a cuatro voces que gira en torno a las armas —símbolo obvio de la aniquilación—; Carson escribe “el arma es un verso que separa esto de aquello”. En otro momento nos encontramos con un guion que tiene a Abelardo y a Eloísa como protagonistas —otro triángulo amoroso que representa la disolución del yo—. “Quiero que seas nada”, exige Eloísa a su amante; su amor por él nos recuerda a las ambiciones del místico. Pero el análisis de cada una de las partes que componen Decreación sería tema para un libro entero.

     Anne Carson imita, parodia, glosa, cita y critica a otros. Lo que inicia como un diálogo se convierte en un intercambio tan cercano y tan intenso que termina por aniquilar las partes que lo componían y ser otra cosa. En entrevista con The Paris Review, Carson declaró de su incesante movimiento entre géneros: “I would say it’s more like a way to avoid having a self by moving from one definition of it to another. To avoid being captured in one persona by doing a lot of different things.” Ciertamente esta es la impresión que nos deja esta lectura: justo cuando creemos asir las definiciones del texto, el texto encuentra la forma de eludirnos de nuevo. La radicalidad de sus formas nos divide en dos. Una parte de nosotros se frustra ante el desconcierto, mientras que la otra experimenta un sentimiento extraño pero intenso y reconocible: el sentimiento de que estamos frente a una obra de arte —para hablar en términos carsonianos— sublime. La decreación es no solo el contenido o lo que construye la formas que cobra el lenguaje, sino una descripción acertada de nuestra experiencia de lectura.

     Traducir a Anne Carson debe ser una empresa intimidante y oscura, y no “una delicia”, como lo dice Jeannette Clariond, autora de esta versión publicada en Vaso Roto. En muchas ocasiones, es evidente que la traductora prefirió la trasposición literal a la búsqueda creativa, a una versión que emulara los efectos del original. Igualmente notable es el hecho de que, a pesar de ser una traducción bilingüe, encontramos los originales de solo algunos textos. Nuestros primeros intentos por familiarizarnos con la extraña y movible escritura de Carson se ven aún más obstaculizados por la ausencia de sus versiones en inglés. Un último reclamo: la edición no orienta al lector de ninguna manera y, en cambio, ofrece un prólogo más confuso que lo que prologa. Aunque no creo que debiera tener intenciones didácticas que limiten la experiencia personal de cada lector, me parece que en el caso de una publicación de Anne Carson, una escritora a cuya literatura no estamos aún acostumbrados, esto es una verdadera flaqueza editorial.

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