Literatura

Álvaro Enrigue, Decencia, Anagrama, Barcelona, 2011.


Ana Isabel Hibert

El tiempo no es más que una ilusión cuyo único propósito es esconderse a sí mismo. En Decencia, Álvaro Enrigue intenta desenmascarar este truco trazando una genealogía que une la Revolución Mexicana con el actual problema del narcotráfico. Pasado, presente y futuro se vuelven uno sólo en un país sin memoria ni conciencia de sí mismo, en el que los crímenes del pasado se repiten ad infínitum con mínimas variaciones y perpetrados siempre por los mismos cansados personajes. A través de su obra, Enrigue nos revela un país que, al igual que el personaje principal de la novela, sobrevive y medra únicamente gracias a una suerte de Síndrome de Estocolmo que le permite aprovecharse de su posición de víctima para convertirse en victimario. De esta forma, el crimen aparece como la única respuesta lógica al tedium vitae del mexicano atrapado entre una paz tormentosa y una guerra que parece terminar igual que como empezó.

     Decencia busca así desmentir el tiempo y los grandes mitos de la historia nacional a través de la exposición de los puntos en común que convierten a la lucha del mexicano en un ciclo sin final ni esperanza posible. La novela gira alrededor de dos historias que además de paralelas son una misma: la de Longinos Brumel, hombre de carácter fuerte perteneciente a la alta sociedad mexicana que, tras la Revolución, logra preservar tanto fortuna como privilegio intactos. El protagonista es inmutable como la sociedad que representa: un camaleón que logra evitar el cambio precisamente porque se reinventa constantemente, preservando su fondo si no su forma. Y, como  bien se sabe, en México la forma es fondo. Tal parece que Enrigue se cuelga de esta frase para escribir una novela donde el fondo se pierde en la forma, y ninguno de los dos logra convencer al lector a pesar de las promesas que hace.

      La novela es bastante ambiciosa en su planteamiento. Sin embargo, resulta hasta chocante el estilo utilizado por Enrigue (que otros autores han clasificado de costumbrista) después del éxito que fueron Hipotermia y Vidas perpendiculares. Decencia, a diferencia de sus predecesoras, no esconde ninguna sorpresa para el lector: el estilo es llano y sobrio. Incluso los personajes, tan comunes ya en todas las novelas que tratan la época posrevolucionaria, se antojan cansados: el ex guerrillero convertido en hombre de negocios, el cínico que no cree en nada porque cree haberlo visto todo, los idealistas que intentan revivir la revolución en un país donde ya no es posible y los miembros engañados de una clase alta que supo mantenerse intacta y reconstruirse después de la tormenta.

     La narrativa que corresponde al pasado de Longinos está ordenada en una serie de viñetas que muestran la vida en la Ciudad de México tras la Revolución Mexicana. A pesar de su arreglo cronológico, estas escenas se pierden en su propia descriptividad y, aunque el lector se queda con la idea de que intentan decirle algo, éstas nunca llegan a nada. La imagen que se pinta del México del pasado es certera, pero la misma que los lectores se han acostumbrado a ver en novelas mejor trabajadas. El protagonista termina pareciendo una suerte de Artemio Cruz que no busca redención sino nuevas oportunidades: Enrigue sabe que México (y sobre todo el México que se retrata en su novela) nunca tuvo un alma que pudiera salvarse. Y sin alma están los arquetipos de la historia mexicana que deambulan por las páginas, escuchando a Agustín Lara tocar el piano en un bar, haciendo negocios corruptos con fondos robados o en cosmopolitas reuniones en las zonas de moda de la ciudad.

     Por otro lado, la narrativa correspondiente al presente del protagonista se lee como una road novel en la que Longinos se descubre a sí mismo como un producto incompleto de su hastío con el mundo. Tras ser secuestrado por un grupo de guerrilleros de los que solo pueden ser engendrados en un país tan surreal como México, Longinos descubre que sus achaques no son más que síntomas de su aburrimiento y cobra un segundo aire al volverse el líder de la banda que lo secuestró, compuesta por tres personas: una ex guerrillera y sus dos hijos adultos a quienes nadie avisó que la época de las grandes revoluciones ya pasó. Gracias a esta extraña alianza, logran convertir su mal dirigido espíritu revolucionario en una lucrativa operación de tráfico ilegal de drogas. Enrigue es un hábil prosista y la inverosimilitud de estas situaciones le da un toque fresco a una novela que de otra manera no habría tenido punto alguno de interés.

     La genealogía se traza así desde la infancia y adolescencia del protagonista hasta su madurez: desde la infancia de un país que se busca a sí mismo a través de la anarquía solo para terminar rencontrándose a sí mismo en ella. El México retratado por Enrigue en Decencia queda entonces atrapado (o más bien estancado) en un ciclo vicioso que le permite sobrevivir. La novela, por su parte, queda también atrapada en su propio ciclo vicioso pero, a diferencia de México, nunca logra salir de ahí.

     El elemento de coincidencia y la variedad de estilos que tan bien le resultaron a Enrigue en sus dos novelas anteriores falla por completo en Decencia, cuando llegan a estar presentes. La estructura lineal de la novela queda desfragmentada en series de episodios sin conexión unos con otros. Este tipo de estructura funcionó muy bien en Hipotermia, pero Decencia pretende otro tipo de coherencia que nunca termina de lograr. La novela queda entonces inconexa, alejada de sí misma precisamente por el esfuerzo que hace en unificarse. Las peripecias de los propios personajes pierden novedad rápidamente y el lector se queda con la sensación de ya haber leído todo eso antes. Al tratarse de arquetipos y lugares comunes de la literatura mexicana, la trama se vuelve predecible y, aunque la prosa está bellamente trabajada, no logra distraer al lector del hecho de que no está pasando nada. Decencia se vuelve entonces víctima del mismo truco que la engendró.

     A pesar del esfuerzo que hace el autor por borrar el tiempo, en conjunto la narrativa es tan uniforme que el propósito de la novela se pierde en su propio tedio. Después de Hipotermia, cuyo centro es aquel agente inexplicable que une las experiencias humanas, y de Vidas Perpendiculares, que redefine el aspecto temporal de la novela y en verdad logra borrar tanto tiempo como espacio, a Decencia le falta la transgresión y el juego total que los lectores de Enrigue han aprendido a esperar de sus obras. No es una novela aburrida ni mala, pero es apenas decente. Se trata de un ejercicio tan tradicional y llano que se siente casi como si Enrigue solo estuviera cumpliendo con un requisito indispensable del escritor mexicano: tratar la Revolución Mexicana.

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