Literatura

Ottessa Moshfegh, Death in Her Hands, Penguin Press, Nueva York, 2020, 272 pp.


Celina Garza

Muchas protagonistas de Moshfegh parecen ser diferentes iteraciones de la misma persona: mujeres aisladas, misantrópicas, con mentes oscuras y enfermedades mentales que se asoman entre su prosa. Moshfegh es de esos autores obsesivos que vuelven irremediablemente al mismo tema; en el caso de Moshfegh, la soledad. Sus historias giran invariablemente alrededor de alguien que rechaza toda intrusión a su vida, que rechaza a todo y todos, que rechaza incluso su propio cuerpo; esto se refleja en la descripción grotesca de la comida, las secreciones corporales y la suciedad que invade los espacios. En manos de Moshfegh la naturaleza de la vida cotidiana se vuelve repugnante y simultáneamente fascinante.

Esta seducción retorcida en sus novelas y cuentos le han otorgado a la escritora un lugar importante en la literatura anglosajona. Moshfegh publicó su primera novela corta, McGlue, en el 2014 y ha recibido una serie de premios y reconocimientos desde ese entonces: el Fence Modern Prize por McGlue; el PEN Award y una nominación al Man Booker por Eileen (2015), además de varios reconocimientos por sus cuentos. En Eileen, una mujer recuerda su juventud oscura y la manera violenta en la que huyó de una vida con la que estaba profundamente inconforme. Eileen, de veinticuatro años, pasa los días entre su trabajo en una prisión y el cuidado de su padre alcohólico. La novela nos presenta a una joven que padece un odio profundo hacia su cuerpo y las personas que lo rodean. En My Year of Rest and Relaxation (2018)—en mi opinión, su mejor novela hasta la fecha—una huérfana adinerada decide hibernar por un año con la ayuda de fármacos estupefacientes con la esperanza de despertar a una mejor vida. Ambas novelas demuestran la penumbra y desolación características de Moshfegh, el rechazo a la vida y, no obstante, la pequeña esperanza que guardan las protagonistas de convertirse en alguien más, de encontrar una vida mejor. Las dos permanecen prácticamente inmóviles y dejan la vida transcurrir por pura inercia; las novelas en realidad suceden en su mundo interior, en el laberinto oscuro de sus pensamientos y de su imaginación activa.

Death In Her Hands, publicada en junio de este año, regresa a este terreno familiar de Moshfegh. Vesta, la protagonista de más de 70 años, se muda al pueblo de Levant con su perro Charlie después de la muerte de su esposo, Walter, para estar sola en una cabaña antigua y pasar el resto de su vida ahí. Sus días transcurren en una rutina severa característica de los personajes de la autora: come mecánicamente, lava su cuerpo como si fuera la tarea de lavar un coche, sale de su casa y convive con otras personas lo menos posible. Una mañana, mientras pasea en el bosque con su perro, encuentra una nota: “Here lies Magda. No one will ever know who killed her. It wasn’t me. Here is her dead body”.

Esta nota enigmática —no hay un cuerpo alrededor— detona una misión y un propósito para los días sin sentido de Vesta. Después de encontrar la nota, se obsesiona con la idea de descubrir al asesino de Magda y averiguar qué aconteció. Al igual que las narradoras de My Year y Eileen, casi todo lo que ocurre en la novela sucede en la imaginación de Vesta. En este sentido, nunca tenemos certeza de lo que está pasando en realidad, no sabemos dónde acaba la imaginación de Vesta y comienza el mundo real, pero sabemos que no podemos confiar plenamente en la narración.

Todos los personajes de Death In Her Hands son vehículos para la imaginación de Vesta; el hombre deforme que atiende la tienda de conveniencia, la mujer amigable e inusual que se encuentra en la biblioteca, el policía entrometido y sus vecinos se convierten en piezas clave de la historia del crimen que escribe en su cabeza. En la medida que Vesta se convierte en protagonista de la historia que se está imaginando, comienza a sospechar de todos a su alrededor: está segura de que alguien entra a su casa y que la atormenta el asesino de Magda o quien sea que le dejó la nota. Vesta se hunde en un delirio paranoico que culmina en un acto de violencia monstruoso, cometido con la indiferencia y apatía que caracteriza a las mujeres de Moshfegh.

Sin embargo, la travesía de Vesta se vuelve repetitiva. Las vueltas que le da al caso de Magda en su mente eventualmente cansan y dejan de generar interés; su delirio también se vuelve aburrido después de algunas páginas. En su totalidad, la novela no genera la fascinación perversa que experimentamos en My Year of Rest o cuentos como “Bettering Myself”. En un momento, Vesta reflexiona: “I was often tempted to abandon books if they flailed along too slowly. The muddy middle, a reviewer had called it one day on the radio.” Por utilizar las mismas palabras de la autora, la novela requiere mucha paciencia para atravesar el “muddy middle” y llegar al desenlace de la historia.

La complejidad de la protagonista es lo mejor logrado de la novela, que le queda muy corta al resto de la obra de Moshfegh. Durante su búsqueda, la historia de Magda se mezcla con los recuerdos de Vesta y con la presencia latente de su esposo fallecido. Paulatinamente, las memorias de su vida pasada —que al inicio de la novela recordaba con notas de nostalgia— revelan un matrimonio profundamente infeliz y psicológicamente abusivo. Walter fue un esposo indiferente, infiel y frío. Los recuerdos de Vesta revelan a una mujer que ha estado aislada y sola la mayor parte de su vida. Vesta inspira simultáneamente odio y ternura, rechazo y reconocimiento.

Moshfegh es una retratista hábil de los peores pensamientos y sentimientos que tenemos en los recovecos de nuestro interior; leer sus obras siempre es pararse frente a un espejo que tergiversa la imagen para volcar la peor versión de nosotros mismos. Desafortunadamente, esta vez el reflejo que arroja Vesta no llega a la altura de la capacidad literaria de la autora.

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