Literatura

Pedro Garfias, De soledad y otros pesares, UANL, Monterrey, 2017, 175 pp.


Casandra Garza

La tumba de Pedro Garfias (Salamanca, 1901–Monterrey, 1967), simple, sobria, en el popular Panteón El Carmen en Monterrey, México, no destaca entre las demás. Lo que llama la atención es la mención de su profesión de poeta y el epitafio grabado en la losa: “La soledad que uno busca no se llama soledad”. La soledad entendida como recogimiento en uno mismo, deseable –y autoimpuesta– en tanto que posibilita la introspección y que en absoluto está reñida con la compañía o la sociabilidad (es decir, no exige un aislamiento definitivo del mundo exterior) es, probablemente, aquella que Garfias buscaba. Pero la otra soledad, la forzada, la que está más cercana al sentimiento de abandono y que experimentó el poeta español a raíz de su exilio y durante el resto de su vida es la que impera en De soledad y otros pesares. Esta obra consta de una selección propia, como bien advierte el poeta, de “tres etapas, distintas y distantes” de su poesía. La primera contiene versos de su juventud escritos en Madrid y Sevilla. La segunda, un solo poema extenso que compuso durante su estancia, en calidad de refugiado, en Inglaterra, y la última incluye poemas escritos en México. El volumen, que ahora se encuentra en su tercera edición, fue publicado por primera vez en Monterrey –donde habitó el poeta de 1943 a 1948– en 1948 por la Universidad Autónoma de Nuevo León, institución que, a través de Raúl Rangel Frías, acogió a Garfias y que a la fecha todavía se encarga de preservar y dar a conocer parte de su obra.

Si bien es notoria la evolución en el estilo de la poesía que conforma este volumen (que abarca aproximadamente cincuenta años de la vida de Garfias), hay elementos que aparecen obsesivamente: la soledad, por supuesto, y la naturaleza. Los poemas comprendidos en El ala del sur, Acordes y Ritmos cóncavos pertenecen a sus primeras incursiones en la poesía y a su afiliación al Ultraísmo, vanguardia de origen hispano en la que también se inició Borges. Garfias fue, de hecho, uno de los firmantes del Manifiesto ultraísta y, al inicio, uno de sus más enérgicos defensores; sin embargo, esta adherencia al movimiento pareciera más ideológica que artística, pues, a pesar de la proliferación de la metáfora en estos poemas (la marca del Ultraísmo), la realidad cotidiana y exaltación de la naturaleza son, sin duda, los rasgos que definen a esta primera etapa, y no el elogio a la modernidad, que iría más acorde con la estética vanguardista. Se trata de poemas que son concebidos a partir de una percepción peculiar e inusual de los paisajes madrileño y sevillano, destacan por su brevedad y por su exploración del lenguaje metafórico: “Los campanarios / con las alas abiertas / bajo el cielo combado / En los cristales hay bandadas de luz / Y coplas anidadas en los árboles / Las veinticuatro horas / cogidas de la mano / bailan en medio de la plaza / Y el sol alborozado voltea la mañana”.

No obstante el tono jovial de este periodo, el tema de la soledad comienza a perfilarse: “Y abro los ojos. / Un cielo asfaltado, frío, de gran ciudad, / y un airecillo vivaz y desnudo como un pilluelo. / A mi alrededor / extendida por todo el mundo / una gran soledad”. Los ojos son, en la obra de Garfias, el órgano más importante del poeta, pues a través de ellos se manifiesta su capacidad para percibir la verdad de su entorno: las formas, los colores, las sustancias. En el volumen La voz de otros días, donde se compilan algunos de sus textos en prosa, Garfias recurre al cuento El país de los ciegos de H. G. Wells para explicar la condición del poeta: un vidente en un país de ciegos. Su hipersensibilidad lo condena a la soledad (en este caso, fruto de la marginación y la incomprensión de su obra) puesto que nadie es capaz de ver el mundo como él (Garfias, por cierto, padeció estrabismo). Al poeta se le repudia, se le intenta normalizar y “la soledad, la miseria y la angustia se enroscan como un triple dogal a su corazón”. No está de más señalar lo proféticas que resultan estas palabras tomando en cuenta las condiciones en que viviría en México años más tarde.

En Primavera en Eaton Hastings, considerado por críticos y amigos la obra maestra de Garfias, el poeta desterrado recorre la campiña inglesa y en sus elementos naturales intenta reconocer y recrear la Andalucía que dejó atrás: “Mis ojos son mi vida. / Aquello que mis ojos reflejaron / vuelve a ser de nuevo verdecido. / Mirando voy creando / naturaleza pura, luz exacta.” Sin embargo, la naturaleza inglesa descrita por el poeta se diferencia de la andaluza por su silencio y su quietud: “En las aguas inmóviles del lago / anclan nubes y luces vesperales”, “Un atropello de silencios turbios repta y ondula”. Y es en esta atmósfera sosegada donde comienza a gestarse el tono de soledad que va a invadir su obra posterior: “Dentro del pecho oscuro / la clara soledad me va creciendo / lenta y segura…”. La soledad se corresponde ahora con el desamparo que siente en un país extranjero y sin la posibilidad de retornar a España, y el alborozo que se dejaba ver en su etapa anterior se torna en desconsuelo: “mientras duerme Inglaterra, yo he de seguir gritando / mi llanto de becerro que ha perdido a su madre”.

En los poemas incluidos en esta antología que fueron compuestos en México, Garfias vuelve a escribir sobre España y dedica uno de ellos al Quijote. Sin embargo, los más cautivadores son aquellos en que el poeta presiente que su arte está culminando; regresa el motivo de los ojos, pero esta vez para anunciar la pérdida de la visión (poética): en “Se fue la luz”, se lee “Y ahora aquí estoy sentado, viendo pasar las horas / mudas y los días de ojos como de yeso” y en “Umbral de la muerte”: “Las cosas han perdido / su color y su forma […] Vivo y muerto a la vez, alerta y ciego”. Asimismo, muy atrás quedó el tono optimista de su juventud ante la contemplación del paisaje andaluz. Las imágenes de la naturaleza no son, ni por asomo, cercanas a aquel fulgor que expresaban los versos de sus años mozos: “Isla petrificada sin árboles ni céspedes / desentrañado mar de retenido aliento / aire deshabitado de musicales huéspedes / y cielo riguroso de gris y duro acento.” Se trata de una poesía que es, en tanto más volcada hacia el interior, más oscura. La imagen de sí mismo es también desesperanzadora: “Tendido sobre el mundo de cara a las estrellas, / flotando sobre el tiempo como un madero inútil…” y la muerte comienza a anhelarse. Poco menos de dos décadas más viviría Pedro Garfias en México y su peregrinaje por la república –en que igualmente dictaba conferencias que se embriagaba en las cantinas– apenas estaba por comenzar. El carácter lúgubre de estos últimos versos que cierran De soledad y otros pesares anticipan el pesimismo y desconsuelo de Río de aguas amargas, último título que publicó en vida, en 1953.

De los poetas del exilio español, Pedro Garfias no figura entre los más conocidos o evocados, pero sí han sido varios los esfuerzos por reunir y difundir su obra, tanto en España como en México. En Monterrey todavía hay quienes, conociéndolo durante su estancia en esta ciudad y sus posteriores visitas, acuden a su tumba en los aniversarios luctuosos, y los periódicos locales publican breves notas –que seguro pasan desapercibidas por la mayoría de los lectores– en dichas ocasiones. Solo resta impedir que se realice el augurio que hiciera en uno de los poemas incluidos en su último libro: “Yo sé que ya mi voz se va perdiendo…”.

 

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