Literatura

Isaac Bashevis Singer, Cuentos, Lumen, Barcelona, 2018, 912 pp.


Adriana Lozano

Isaac Bashevis Singer y Yitskhok Bashevis Zinger son escritores muy diferentes, a pesar de ser la misma persona. El primero llegó a Estados Unidos poco antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial, publicó una obra bastante amplia en inglés, tuvo una gran audiencia, se rodeó de mujeres y ganó el Premio Nobel de Literatura en 1978. En pocas palabras, vivió el “sueño americano” y se convirtió en una de los arquetipos más estadounidenses que existe, en un bussiness man, aunque uno muy particular, porque lo que aprendió a vender, y de manera muy habilidosa, fue su imaginación y su imagen. Como dice Irving Saposnik, I. B. Singer “… often read his American audience better than they read him, and he proceeded to give them what they wanted, all the time concealing both his literary and literal Yiddish originals”. El segundo escribió siempre en yiddish, una lengua que después del Holocausto perdió a buena parte de sus hablantes, fue leído por una comunidad considerablemente más pequeña y conservadora y despertó muchos sentimientos encontrados, por no decir bastante resentimiento.

Se supone que la obra de los dos es la misma, pero en el proceso de traducción surgieron “segundos originales” y no reproducciones muy fidedignas. Esta transformación fue voluntad del autor, que se apoyó de una gran cantidad de editores y traductores que lo ayudaron a “americanizarse”, y no un accidente o casualidad. Entonces, si el cuento en yiddish tenía alusiones poco favorecedoras a los católicos o “gentiles”, pues las limaban un poco; si se tenía que quitar el capítulo final de una novela para que fuera más apta (y se vendiera mejor) para la audiencia estadounidense, pues se hacía; si se tenía que modificar tantito el mensaje ideológico de un texto para que fuera algo más incluyente, pues ya saben, se cambiaba. El resultado es que existen dos corpus que pueden considerarse, al mismo tiempo, independientes y no. Hay académicos que estudian tanto a Yitskhok como a Isaac, pero muchos otros que se enfocan en el segundo. Y este es solo uno de los aspectos que hacen a este escritor tan difícil de aprehender o interpretar: a Bashevis le gustaba existir no solo en dos idiomas a la vez, también en dos épocas, dos continentes y dos realidades.

El resultado de esta “doble vida” son centenares de cuentos que parecen pesadillas, que terminan sin la intervención divina que promete implícitamente la ambientación y la selección de personajes, o relatos que exhiben la naturaleza del ser humano en una luz no muy favorable ni esperanzadora. Bashevis no regresaba a los antiguos shtetls solamente para retratar los valores judíos de antaño o para darle vida a un folclor que estaba cada vez más cerca de desaparecer, lo hacía para contrastar este pasado con la psicología de Freud, el racionalismo y la realidad del siglo XX. Este detalle es el que resienten muchos de sus lectores en yiddish, sobre todo los primeros, para los que leer cómo Bashevis retomó el pasado que tenían en común, que había perecido en el Holocausto, para crear historias que cuestionaban y criticaban la cultura judía era doloroso y blasfemo; los que hubieran dado un grito al cielo si se hubieran encontrado en los años cincuenta con el cuento “The Boarder”, recién descubierto y publicado en The New Yorker este mayo, y leído cómo uno de sus personajes acusa a Dios de ser “a Nazi to end all Nazis” y “the arch-Hitlerite”.

El escritor que los lectores hispanoamericanos conoceremos (y, en muchos casos, descubriremos) a través de Cuentos, una antología de 47 relatos que publicó Lumen a principios de este año, es a I. B. Singer. Esto se debe a que se trata de la versión en español de The Collected Stories, una colección que fue en su mayoría “co-traducida” por el mismo autor y en la que él mismo eligió los relatos que se reunirían en ella. Sin embargo, así como Bashevis nos muestra otra cara como escritor, nosotros como audiencia somos muy distintos a esos primeros lectores “gentiles” de la década de los cincuenta o aún de la de los ochenta. Estamos acostumbrados a leer a Philip Roth y Henry Miller (mucho más explícitos en sus pasajes sexuales) y ver a Woody Allen (obsesionado también con el tema). Las transgresiones de Singer en temas religiosos o sexuales están lejos de sorprender o indignar;  al contrario, las moralejas de Bashevis (la renovación de la fe es, a final de cuentas, la salvación de muchos de sus personajes) y el fervor religioso que muchas veces permea en sus cuentos, pueden parecernos ajenos y extraños.

Cuentos es un poco intimidante porque, a pesar de tratarse de solo 47 de los más de 150 cuentos que conforman su corpus, se trata de una obra de más de 900 páginas (o casi 800 si se prefiere su versión electrónica). Sin embargo, para facilitar su lectura, se podría dividir en tres categorías: en la primera están las historias que parecen medievales o legendarias, aunque se remontan muy probablemente a, máximo, unos 200 años, y que bien podrían estar influenciadas por los cuentos jasídicos de principios del siglo XIX; después están las de transición, cuentos que se desarrollan en Varsovia o en Occidente, pero que podemos ubicar temporalmente a principios del siglo XX; finalmente, están las más autobiográficas, en las que (en su mayoría) el protagonista es un escritor judío, ya algo viejo, inmigrante, que escribe en yiddish, tiene complicaciones amorosas y vive en Nueva York. A pesar de las diferencias temporales, temáticas y estilísticas, en las tres se puede percibir el mismo diagnóstico: “el hombre moderno era tan fanático en su descreimiento como el hombre antiguo lo había sido en su fe” (p. 315).

Bueno, ese es el mensaje y diagnóstico que llega a nosotros a través de sus “segundos originales”, que en nuestro caso como hispanohablantes sería más bien como la traducción de la traducción. A sus lectores en yiddish les comunicó algo un poco parecido, pero diferente. Esto queda en evidencia, por ejemplo, con los cuentos “El papa Zeidlus I” y “Zaydlus der ershter” (“Zaydlus el primero”), como lo explica Joseph Sherman en “Bashevis/Singer and the Jewish Pope”. La versión yiddish fue escrita poco después de que Bashevis llegara a Estados Unidos y está basada en un mito (y temor) judío bastante popular: un día un apóstata judío alcanza el puesto de Papa. En la reinterpretación de Bashevis, un académico judío, después de una conversación con un demonio que le promete que encontrará fama y gloria en la Iglesia Católica, deja a su esposa y renuncia a su religión. Su pecado fue priorizar sus intereses materiales sobre los mandatos de Dios; caer ante los argumentos que rebajaban al judaísmo a una religión como cualquier otra y buscar la fama en el cristianismo en lugar de reconocer su insignificancia ante la divinidad.

Lo que se pierde en la versión en inglés son los términos más derogatorios que Bashevis utiliza para describir al cristianismo. Aunque, cabe recalcar, sí aparecen algunos como “bastardo de Nazaret”. Sherman explica que, en yiddish, el autor insiste en que el judío moderno debe rechazar todos los valores promovidos por el mundo secular, ya sea del racionalismo de los seguidores del Haskala como de la naturaleza materialista del cristianismo. Y afirma: “What is, in its original Yiddish version, a radically conservative defense of the inviolability of the theology of Orthodox Judaism, a moral and spiritual code impregnable against the false claims of Christianity, becomes in its official English translation a more enfeebled ecumenical statement about the advantages of maintaining one’s personal integrity. An impassioned defense of Judaism in wholly Jewish terms is translated into a genteel rebuke of scholarly vanity […] Hence he was wholly content to dilute the strong medicine he prescribed for Jews who could read Yiddish into a mild placebo for Gentiles (and Americanized Jews) who could not”.

Todo lo que nos encontramos en The Collected Stories y Cuentos es, por lo tanto, deliberado. Las frases que sobrevivieron las tijeras y pluma de I. B. Singer están ahí por una razón; son una pequeña ventana a un idioma y cultura que, si bien no han desaparecido del todo, son los restos de una población conformada en su mayoría por fantasmas. Como ejemplo están: “cada cuento suyo tiene una luenga barba”, “…no son más que simplezas, leche de pato…”, entre muchas otras. Son parte del juego de Singer, que en algunos casos explica al lector algo del contexto que no podría identificar o comprender por sí mismo, que en otros omite expresiones que puedan herir sensibilidades cristianas, en otros utiliza frases tradicionales que fuera del yiddish no tienen mucho sentido y, en algunos otros, parece simplemente bromear. Como cuando uno de sus narradores dice: “… partió un pequeño trozo de galleta, se lo metió en la boca y dijo: <<Nu ja>>, queriendo significar: <<No puede uno llenarse el estómago con el pasado>>” (p. 344). ¿De dos palabras en yiddish se hace un enunciado completo en inglés? No lo sabemos, no nos queda más que reírnos un poco.

A lo largo de Cuentos, el autor parece convertirse en el narrador de “El último demonio”. En este habla un demonio que se ha quedado sin víctimas después de que los habitantes de Tishevitz, un shtetl en Polonia tan pequeño e insignificante que “Adán no paró aquí ni a mear” (p.224), fueron aniquilados por los Nazis. Singer establece, desde un inicio, un paralelismo bastante claro entre el demonio y la figura del escritor judío después del Holocausto. Ambos fueron despojados de su comunidad por una fuerza humana, y no sobrenatural ni espiritual; pero, por otro lado, los dos conservan el lenguaje de sus muertos para continuar existiendo. “Del alfabeto no lograron deshacerse. Así que las succiono y me alimento. Cuento las palabras, compongo rimas y ladinamente interpreto y reinterpreto cada punto […] Mientras quede una palabra yiddish, tengo algo que me sirve de sustento. Mientras las polillas no hayan destruido la última página, tengo con que jugar” (p. 234). Irónicamente, las palabras de las que se nutre el demonio, o Yitskhok Zinger, no son las mismas que le dieron sustento a Isaac.

Si Zinger/Singer es “El último demonio”, entonces nosotros como sus lectores debemos acercarnos a su obra como si fuéramos “Guimpl el ingenuo”. Este es el cuento que abre la antología, el que lo dio a conocer en Estados Unidos a principios de los cincuentas y, para muchos, el mejor que escribió. Se trata de un hombre que se ganó los apodos “imbécil, zafio, lelo, simple, pánfilo, bobo e ingenuo” (p. 8) por creer desde niño en todo lo que le decían, engaños y bromas. Pero no lo hace por ingenuidad o estupidez, Guimpl elige creer porque, al hacerlo, puede vivir en dos mundos: uno real y otro ficticio, uno en el que existe lo ideal y real al mismo tiempo. Confiesa, al final de su narración: “He oído muchos cuentos, muchas mentiras y falsedades, pero cuánto más tiempo he vivido, más claramente he comprendido que no existen las mentiras. Lo que no sucede en la realidad, se sueña por la noche. Si no le sucede a uno, sucede a otro. Y si no sucede hoy, sucede mañana o pasado un año, o pasado un siglo” (p. 21). Así nosotros, podemos recibir el placebo de I. B. Singer, como dice Joseph Sherman, y esperar a que haga su efecto.

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