Literatura

Camille Bordas, Cómo comportarse en la multitud, Malpaso, Barcelona, 2017, 281 pp.


Tania Hernández Cancino

Un adolescente francés que está convencido, a falta de un talento más extraordinario o de una mejor vocación, de querer convertirse en profesor de alemán. Es esta posibilidad de futuro anclada en la lengua de Goethe –apenas un primer escarceo con el opresivo ejercicio adulto de la libre elección, pero, sobre todo, con el asidero que le otorga un poquito de seguridad– la que realmente vincula a Isidore Mazal, protagonista de Cómo comportarse en la multitud (Malpaso, 2017), con la tradición europea de la novela de formación.

La “ocurrencia” vocacional de Isidore o Dory –nombre cariñoso con que le llama su familia, aunque él preferiría que le llamasen Izzie– es una sincera tentativa de contar la verdad y no del todo una impostura; y es, creo, bajo este criterio que el lector puede aproximarse a la tercera novela de Camille Bordas (Lyon, 1987) sin que los clásicos germanos de la Bildungsroman le reprochen que la tensión entre la educación y la vida, que late en el corazón del género, aparezca en la narración de Bordas reducida al anhelo del padre de Dory por hablar un alemán gramaticalmente perfecto, o a las lecciones poco prácticas de este idioma impartidas por el antipático Herr Féretro en un colegio público francés; o desfigurar el tropo más bien facilón del joven genio contra quien Isidore busca definirse a lo largo de toda la historia, personificado por sus cinco hermanos, todos ellos inteligentísimos hasta la caricatura. Berenice, Aurore y Leonard, los tres mayores, son destacados estudiantes de doctorado; Jeremie, por su parte, es un tímido músico de orquesta a la vez que un compositor electrónico experimental; y antes que Dory está Simone, apenas año y medio mayor que él, pero con varios cursos académicos adelantados, convencida de que algún día será famosa gracias a su inteligencia (aunque aún no tiene claro en qué profesión lo será) y quien, en un código humorístico más o menos logrado por Bordas, impone al benjamín de la familia la obligación de realizarle una serie de entrevistas grabadas en audio, que resultarán de un incalculable valor práctico y sentimental cuando llegue ese “inevitable futuro” en el que Isidore deberá escribir la biografía de Simone, aunque lo que en realidad terminará escribiendo, de adulto, será la crónica de su propia familia, que es la que nosotros leemos.

Camille Bordas lo sabe y nosotros también: la sombra de un muchacho de diecisiete años con una gorra de caza roja sobre la cabeza se cierne –desafiante y con el pitillo entre los labios– sobre las páginas de toda novela de adolescencia escrita después de 1951, pero el hecho de que Cómo comportarse en la multitud haya sido originalmente escrita en inglés no hace sino apresurar su forzosa comparación con El guardián entre el centeno, la antinovela de formación que Salinger entregó al mundo antes de recluirse en su cabaña en el bosque –encierro voluntario que recuerda al de los hermanos Mazal, resguardados del mundo en sus habitaciones o en sus tesis doctorales–. Además, la insistencia de la novela de Bordas en mostrarse como un reverso del género clásico –los hermanos Mazal son, todos ellos, perfectamente conscientes de que su inteligencia y, sobre todo, de que su educación tan especializada no los convierte en más aptos para el mundo, sino más bien al contrario, y sus proyectos de vida parten del desencanto–, no hace sino nutrir los paralelismos entre esta y El guardián y Franny y Zooey. La indiferencia de los Mazal hacia la educación como medio de virtud no se encuentra en la misma línea que el desdén de Holden Caulfield hacia los colegios –repletos según él de farsantes–, pero sí contiene el mismo espíritu que anima al protagonista de Salinger a sentenciar que si la gente con talento no se anda con cuidado de no lucirse, terminará por creérselo.

Cómo comportarse en la multitud refuerza su diálogo con Salinger en el tropo del viaje como vehículo de crecimiento personal: así como Holden viaja a Nueva York, Dory viaja a París (se escapa de casa y de la escuela). Sin embargo, el de Holden es un viaje sustancial en la novela y un punto de inflexión en su vida, pues intensifica su oposición a las normas homogeneizantes de la sociedad, que buscan zombificarlo; mientras que el viaje de Izzie no modifica de manera importante su “inocencia” con respecto al mundo adulto. Ni siquiera su primera relación sexual, que tiene lugar en una de estas escapadas a París, transforma su visión del mundo, como no sea que a partir de ese momento Isidore sabe que su probabilidad de convertirse en “uno de esos gordos solitarios” (p. 124), a quienes lo único que les hace falta es alguien que se los folle y los quiera, ha disminuido de forma considerable tras el primer polvo: es para evitar este terrible destino de soledad por lo que Rose, la chica que le quita la virginidad, decide tener sexo con él. Y nada más. En otras palabras, Cómo comportarse en la multitud aprovecha solo la forma del viaje, pero vacía su contenido: Holden viaja a Nueva York por rebeldía e Isidore decide huir a París porque cree que eso es lo que se espera de él –“Yo creía que si me escapaba de casa mi madre se alegraría mucho. Siempre estaba diciendo que nos faltaba espíritu de aventura” (p. 16)–. Esta motivación para viajar que aleja a Dory de Holden (a Dory le corresponden el artificio y el deseo de complacer, a Holden la incomodidad y la autenticidad) habría tenido que resultar en un verdadero aprendizaje para hermanarlo con Holden en la misma “anti tradición”, e incluso más allá: para que Bordas consiguiera no solo ser un reverso de la Bildungsroman, sino un reverso de El guardián entre el centeno.

Es cierto: resulta injusto exigirle a Camille Bordas –y a cualquier otro escritor cuyo tema literario sea la adolescencia– dar a la literatura el relevo de Holden Caulfield, pero Isidore Mazal sí habría podido encender la cerilla de su propia personalidad (cuya llama duraría solo un momento, el tiempo suficiente para haber brillado antes de apagarse en la adultez) con al menos una chispa del fuego de Holden de no ser porque, ahí donde el ojo de Holden es agudo, el de Isidore es ingenuo en exceso. Dory intuye que el mundo de los adultos es una farsa necesaria a cambio de una existencia tranquila, pero no es él quien lo enuncia, sino el propio lector quien se entera del proceso de maduración de Izzie antes que él mismo. Al negar a Dory la oportunidad de nombrar directamente el dolor y las incongruencias de esa sociedad ansiosa por sumarlo a sus filas (o al menos de experimentarlos orgánicamente a través de la rabia o de un sentimiento distinto a la mera aceptación de las cosas), Bordas le niega la individualidad, si entendemos esta como sinónimo de “crecimiento”: Izzie solo existe como ente individual en contraposición a su familia, siempre dentro de su propia casa, como el miembro “normal” que la mantiene unida para que esta pueda funcionar mejor en el mundo.

Es curioso lo que hace Bordas: perfilar la individualidad adolescente no desde la propia singularidad de su personaje, sino desde la rareza de una pequeña multitud de la que él es parte y guardián a la vez –no en el campo de centeno, frente al abismo para evitar que los niños caigan, porque en la familia Mazal no hay más niños, él es el último y está a punto de dejar de serlo; sino como el centro de gravedad que impide que los demás miembros de la familia floten indefinidamente en el espacio y se alejen unos de otros en la enormidad de su universo interior, embelesados y a la vez aterrados de su propia extravagancia–. Pero si el lector separa mentalmente a Izzie del salón de su casa para ubicarlo en esa parcela de la literatura universal reservada tanto al adolescente atormentado del siglo XIX como al angry young man que nace en el siglo XX, no hallará terreno fértil para él, y los frutos que obtendrá de su árbol le sabrán insípidos. Cómo comportarse en multitud, por lo tanto, no es una novela de formación, ni su reverso. Para bien y para mal, es otra cosa. “¿Quién leería una novela que fuera sobre nosotros?” (p. 279), le pregunta Simone a Dory en el transcurso de una de sus entrevistas. Pues bien: leerá esta novela quien quiera averiguar o aventurarse a definir qué es.

 

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