Literatura

Marta Sanz, Clavícula, Anagrama, Barcelona, 2017, 208 pp.


Frida Conn

Uno diría que media vida de hospitales te permite ciertas concesiones ante las infamias del cuerpo. El enfermo –tú, yo– pronto perfecciona el arte del autodiagnóstico (o la hipocondría) y el delirio. Entre abarrotadas salas de espera y el goteo del suero al compás de una bomba de infusión, el convaleciente se ve arrastrado a un universo de pastillas milagrosas y agresiva indulgencia. Y, por supuesto, dolor, casi sin excepción.

Recuerdo la primera vez que el dolor y yo nos conocimos. Una breve visita al hospital, un diagnóstico dudoso y el alta apresurada. Regreso a mi hogar, hay un plato de avena pastosa en mis manos y pasan Blades of Glory en la televisión. Will Ferrell acaba de hacer una pirueta en el aire y, sin anticipación, una sensación desconocida me dobla en dos. El grito me atraganta y aparezco en el hospital otra vez. Ahora que regreso a ese momento, harán unos diez años ya, me atrevo a decir que jamás había tenido tan plena conciencia de mi cuerpo.

Rescato esas memorias olvidadas porque Marta Sanz (Madrid, 1967) me llevó a ellas. Hago aquí una pausa para advertir al lector que Clavícula, último ejercicio literario de Sanz, fue una lectura bastante personal; me permito, pues, incluir algunas anécdotas personales como la anterior. Clavícula no es una novela, ni un ensayo, tampoco una autobiografía, menos un libro de memorias. Clavícula es, en primera instancia, una apología del dolor. Entre cartas, correos electrónicos, poemas y episodios domésticos, el lector encontrará reflexiones sagaces, fragmentos unidos por la cruda sinceridad de una mujer incomprendida y traicionada, por sus amigos, su marido, la sociedad y, ante todo, por sí misma: “Voy leyendo un libro… con el que procuro distraerme del ruido de mi propio cuerpo, que suena, grita, me habla. Estoy harta de escucharlo”.

Clavícula me hace pensar en Diario del dolor, donde María Luisa Puga documenta los síntomas de la artritis reumatoide y la desposesión del cuerpo que su enfermedad provocó. La gran diferencia es que, mientras Puga se dirige a Dolor, Sanz se enfrenta a las dificultades de nombrar al suyo: “¿primero me duele y luego enloquezco?, ¿me duele porque he enloquecido?, ¿el dolor nace del dentro o del fuera?, ¿primero me explotan, luego enloquezco y después me duele?, ¿o me duele y me hago consciente de que me explotan?”.

Ahora, no hay que confundirse, Clavícula gira en torno al dolor, pero constituye también un recorrido por diversas experiencias humanas bajo la lupa de la enfermedad, tanto del cuerpo como de la mente. Sanz comenta al respecto: “Abriéndome en canal, he querido expresar cuáles son las patologías en la época del capitalismo avanzado: por qué tenemos este miedo terrible y cómo nos lo meten en el cuerpo, las hipocondrías, los límites entre la enfermedad física y la mental… Todo está relacionado con las condiciones de nuestra vida: la sobreexplotación en el trabajo o el miedo a la precariedad, por ejemplo”.

La escritura de Sanz incomoda: es demasiado personal, demasiado íntima. Quien haya convivido con el dolor, se leerá en las páginas de Clavícula. Con mucho humor, Sanz disecciona al enemigo desde su concepción: “¿Cuándo empieza el dolor?, ¿el primer síntoma? Quizá yo podría fijar el mío mientras sobrevuelo el océano Atlántico rumbo a San Juan de Puerto Rico. Aunque ése sería más bien el exótico o cosmopolita comienzo de una novela que tendría que firmar alguien que no soy yo. Un escritor peruano residente en USA o una autora de bestsellers entre históricos y sentimentales”. A lo largo de sus reflexiones, Sanz ataca un tema y luego otro: la falta de sensibilidad ante el desequilibro psicológico, la ansiedad como un mal congénito del siglo, el deterioro del cuerpo menopaúsico y patologías varias, los males del capitalismo y la somatización del dolor: “Mi dolor es una letra que se escribe cuando tengo miedo de no poder pagar las facturas o subvencionarme una vejez sin olor a vieja”.

Por otro lado, Clavícula busca también ahondar en la relación entre el dolor y el proceso de escritura. De nuevo me transporto a aquellos días que dieron comienzo a una estrecha relación con el tramadol. Por fin tengo un diagnóstico: colitis ulcerativa, colon lacerado; “enfermedad autoinmune”, me dicen. Ni entonces ni ahora he logrado transmutar el dolor en palabras precisas. Como Sanz, inicio un peregrinar entre especialistas; desde el ginecólogo hasta el angiólogo (en secreto agradezco tener un seguro médico que no dejará en la ruina a mi familia). Ni el diclofenaco, ni el ibuprofeno ni el ketorolaco logran aplacar el dolor que no da descanso. Para entonces me han hecho dudar: es mero capricho y quiero atención, soy joven y no sé lo que siento, el encierro en el hospital me está afectando. “Pienso en mi situación. En mis certezas. En la alta estima y el odio simultáneo que me inspira mi propio cuerpo”. Yo tengo la certeza de que es cáncer, estoy muriendo y nadie hace nada. El último recurso es el psiquiatra. Me pide que describa mi dolor, que haga una historia con él. Solo entonces, ante la hoja en blanco, consigo aceptarlo como una extensión de mi cuerpo. Soy ese dolor que atenaza, es mi cuerpo el que grita. El psiquiatra termina poniéndole nombre: dolor psicosomático. Depresión, concluye. Y claro que estoy deprimida, pero no viene de ahí mi dolor: “Aparecen regiones de mi ser que antes no existían. La garrapata, la cabeza de alfiler. La rozadura… Me duele y este daño no se alivia con fármacos para combatir la depresión o el insomnio. No es vida la que me hace infeliz. Es la oscuridad de mi cuerpo”. Tratan –y trato– de convencerme de que todo está en mi cabeza. Construyo un monumento para un dolor que dicen que no existe. El llanto se transforma en culpa, en egoísmo propio y de los demás que no pueden comprenderme ni salvarme. Encuentro placer en dejarme llevar por la autocompasión, culpo a quien esté cerca, me vuelvo insoportable y dependiente, pongo a prueba el amor materno como Sanz el conyugal: “Aguanta. Yo sé que aguantará siempre. Y en esa convicción me crezco, me derrumbo, mido mi amor. Y mi perversidad”.

En Clavícula, Marta Sanz alude al tono autobiográfico de La lección de anatomía. Aquí, ya no busca reconstruir el propio cuerpo, sino explorar el lado patético del enfermo autodiagnosticado –siempre respaldado por MedlinePlus y Yahoo! Answers–: “Las enfermedades imaginarias nos postran de una manera ensimismada que destruye a los otros. Con desconsideración. Nos olvidamos del mundo y sus urgencias. Nos olvidamos de lo mucho que sufren los niños con cáncer. De sus cabecitas calvas, sus ojeras y sus vías… Estamos exhaustas. Qué hijas de puta somos las enfermas imaginarias”.

De igual manera, Sanz pretende reivindicar al enfermo quejumbroso ante los ojos de una sociedad que lo compadece y condena, “la posibilidad de que no me haya pasado nada es la que más me estremece”. Clavícula deja claro que, ante cualquier dolencia, la queja es resistencia.

Leer Clavícula fue una experiencia irónica y reveladora, vergonzosa incluso, porque mi dolor, antes tan personal, tan único, ya no es mío. Es replicable, es colectivo y compartido, se vende en las librerías. Pero bien lo dice Sanz: “el dolor no es íntimo. Es un calambre público”.

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