Literatura

Patricia Highsmith, Carol, Anagrama , Barcelona, 2016, 325 pp.


Liliana Muñoz

Carol, más que una historia de amor entre dos mujeres, es una novela sobre la apropiación del deseo: “Y ahora piensa un deseo– dijo Richard. Therese lo pensó. Pensó en Carol” (p. 105). El libro, publicado en 1952 bajo el título de The Price of Salt, narra la tortuosa travesía de Carol y Therese hacia una relación. ¿Qué representa, en una época que ha sido testigo de la revolución sexual y el matrimonio entre personas del mismo sexo, la relectura de un libro como Carol?

     En el prólogo que acompaña a esta edición, Patricia Highsmith (1921-1995) declara: “la inspiración para este libro me surgió a finales de 1948, cuando vivía en Nueva York…  para ganar algo acepté un trabajo de dependienta en unos grandes almacenes de Manhattan… Una mañana, en aquel caos de ruido y compras apareció una mujer rubia con un abrigo de piel” (p. 9). The Price of Salt, no obstante, fue rechazada por Harper & Bros, la editorial que publicaría en 1950 su primera novela, Extraños en un tren. Por temor a ser etiquetada como “escritora de libros de lesbianismo”, y dado que su fama como “autora de suspense” iba en aumento, decidió emplear el seudónimo de Claire Morgan. La edición de 1952 obtuvo algunas críticas “serias y respetables”, pero, un año después, la edición de bolsillo vendió cerca de un millón de ejemplares.

      Carol es la única novela de amor de Patricia Highsmith. Sin embargo, algunas de las notas distintivas de su obra –la tensión entre placer y destrucción, temor y deseo, codependencia y libertad–, presentes, por ejemplo, en Extraños en un tren (1950), Small g: un idilio de verano (1995) y la serie Ripley (1955-1991), configuran ya el mundo de Carol y Therese. En el libro, el amor está indisolublemente ligado al miedo; lo que está en juego es la posibilidad de perder al otro o de perderse en el otro: “se acordó de haber leído –hasta Richard lo había dicho una vez– que el amor suele morir dos años después de la boda. Eso era cruel, una trampa. Intentó imaginarse el rostro de Carol, el olor de su perfume, convirtiéndose en algo sin sentido. Pero, en primer lugar, ¿podía ella decir que estaba enamorada de Carol?” (p. 89).

     Therese tiene 19 años; es tímida y ambiciosa. Aprendiz de escenógrafa, está a la espera de un empleo con un grupo de teatro de Nueva York. Al inicio de la novela, la encontramos trabajando en Frankenberg, unos almacenes que, según describe, “estaban organizados como una cárcel. A veces la asustaba darse cuenta de que formaba parte de aquello” (p. 16). Frankenberg representa, por un lado, la costumbre, la monotonía; por otro, un ingreso seguro, con derecho a cuatro semanas de vacaciones después de veinticinco años: “en los almacenes se intensificaban las cosas que, según ella recordaba, siempre le habían molestado. Los actos vacíos, los trabajos sin sentido que parecían alejarla de lo que ella quería hacer o de lo que podría haber hecho” (p. 17). Esa vida, desde luego, no le basta a Therese; la repetición de tareas inútiles –el registro de abrigos, la venta de muñecas, la rigidez de los horarios– es solo un recordatorio de su incapacidad para ejercer su voluntad. La gente de Frankenberg está muerta en vida; sumida en una inconsciencia y un automatismo que no desea para sí misma, su presencia no hace más que agudizar “la impresión de que todo el mundo estaba incomunicado con los demás y de estar viviendo en un nivel totalmente equivocado, de manera que el sentido, el mensaje, el amor o lo que contuviera cada vida, nunca encontraba su expresión verdadera. Le recordaba conversaciones alrededor de mesas o en sofás, con gente cuyas palabras parecían revolotear sobre cosas muertas e inmóviles, incapaces de pulsar una sola nota con vida” (p. 17).

     Durante su breve periodo en Frankenberg, se producen dos encuentros significativos en la vida de Therese. El primero, oscuro, se da con la señora Robichek, una mujer que lo ha perdido todo y lleva cuatro años trabajando en los almacenes, no porque lo desee, sino porque no le ha quedado otra alternativa: “era la desesperanza del dolorido cuerpo de la señora Robichek, de su fealdad, de su trabajo en los almacenes, de la pila de vestidos del baúl, la desesperanza que impregnaba completamente el final de su vida. Y la desesperanza que había en la propia Therese de no llegar a ser nunca la persona que quería ser ni hacer las cosas que quería hacer. ¿Acaso toda su vida había sido sólo un sueño y aquello era la realidad?” (p. 29). El segundo, la luminosa aparición de Carol, que viene a transformar por completo su concepción del tiempo, del amor y del deseo: “era alta y rubia, y su esbelta y grácil figura iba envuelta en un amplio abrigo de piel que mantenía abierto con una mano puesta en la cintura… Luego la vio avanzar lentamente hacia el mostrador y el corazón le dio un vuelco recuperando el ritmo… –Señora H.F. Aird– dijo la suave y nítida voz” (p. 48). Ambas encarnan mundos contrapuestos: Robichek, el de la resignación y el conformismo; Carol, el de la posibilidad de elección. Therese es abatida violentamente por una pasión amorosa, pero, a diferencia de lo que sucede en otras esferas de su vida –su trabajo en los almacenes, su relación con Richard, etc. –, ella decide hacerse cargo de su deseo. En medio de esa vida rutinaria a la que pareciera estar condenada, Carol se le revela como un relámpago que le permite deshacerlo todo y recomenzar. En este sentido, quizá una de las imágenes que mejor ilustre la personalidad de Therese sea la del tren de Frankenberg: “casi todas las mañanas, cuando llegaba a su trabajo en la séptima planta, Therese se detenía un momento a mirar un tren eléctrico… No era un tren tan fantástico como aquel otro que había al fondo de aquella misma planta, en la sección de juguetes. Pero había una especie de furia en sus pequeños pistones que los trenes más grandes no tenían. Recorría aquella pista oval con un aire furioso y frustrado que hechizaba a Therese” (p. 20). Porque Therese, como aquel tren, no se limita a someterse a esa existencia cíclica, ni tampoco a avanzar a ciegas por una pista ya trazada; hay en ella una fuerza y un impulso que la llevan a rebelarse contra las pautas establecidas. El encuentro con Carol viene a romper esta monotonía, pero, sobre todo, a descubrirle emociones y sentimientos que ella no podía siquiera concebir.

      La percepción que Therese tiene del tiempo juega un papel crucial en el desarrollo de la trama: “como un secreto que nunca olvidaría, fueron apareciendo bajo la punta del bolígrafo el nombre, la dirección y la ciudad, algo que quedaría grabado en su memoria para siempre… Era consciente con horror de los momentos que pasaban, como si formaran parte de un tiempo irrevocable, una felicidad irrevocable, porque en aquellos últimos segundos ella podía volverse y ver una vez más la cara que nunca volvería a ver” (p. 51). Porque el amor, más que la suspensión del tiempo, es la aprehensión del instante: para Therese, el tiempo real no es aquel que debe obedecer, sino aquel que se distiende en compañía de la persona amada: “el reloj del salpicadero marcaba las diez menos cuarto y de pronto pensó en la gente que estaría trabajando en Frankenberg, allí encerrados a las diez menos cuarto de la mañana, aquella mañana, la del día siguiente y la otra, con las manecillas del reloj controlando cada uno de sus movimientos. Pero las manecillas del reloj del salpicadero no significaban nada para Carol y ella” (p. 196). Y es que el tiempo que comparten Carol y Therese –sobre todo durante su road trip– no tiene nada en común con el del mundo exterior; es un tiempo propio, real, pero, por lo mismo, es un tiempo frágil, pues está sujeto a la presencia de la persona amada.

     En el epílogo a la edición de 1983, Highsmith afirma: “el lector de la década de 1980 quizá encuentre a Therese demasiado tímida y vergonzosa como para ser creíble” (p. 323). Esto es verdad solo hasta cierto punto: en primer lugar, Therese tiene diecinueve años y Carol –una mujer en la treintena– es su primer amor real. En segundo, no tiene certezas absolutas acerca de nada, ni siquiera de su sexualidad: sabe que ama a Carol; sabe que, al menos por un tiempo, creyó sentir por Richard algo parecido a una conexión (“recordó a Richard echado en la hierba, descorchando muy lentamente la botella, mientras hablaban ¿de qué? Recordó aquel momento tan alegre, aquella convicción de que aquel día compartían algo maravillosamente real y extraño”, p. 165); sabe que siente apego por Dannie McElroy (“le gustaba visitar a Dannie. Con él no hacía falta hablar de cosas triviales”, p. 136); sabe, o cree saber –aunque esto se pone en tela de juicio hacia el final del libro–, que no volverá a sentir lo mismo por otra mujer (“–¿Vas a volver a verla? ¿Te importa que te haga todas estas preguntas?/ –No me importa –dijo ella–. Y no, no voy a volver a verla. No quiero./ –¿Y a otra?/ –¿Otra mujer? –Therese negó con la cabeza–. No.”, p. 300). En tercer lugar, Therese no se enfrenta únicamente al descubrimiento del amor y del deseo: se enfrenta al tránsito de lo imaginario a lo real. De ahí que el lector tenga impresión, sobre todo en las primeras páginas, de que ella percibe el mundo de una manera brumosa, casi fantasmal. El mundo de Therese es el mundo de las idealidades, de los espejismos: “tienes tu idea particular de todo. Como ese molino de viento. Para ti, es tan bueno como haber estado en Holanda. Dudo de que alguna vez llegues a ver montañas de verdad o gente de carne y hueso… –¿Cómo crees que vas a poder crear algo si todas tus experiencias son de segunda mano? –le preguntó Carol, en un tono aún más suave y despiadado… Carol había vivido como un ser humano, se había casado, había tenido una hija” (p. 199).

      Al principio de la novela, Therese termina por diluirse en la mujer amada: es Carol quien domina, Carol quien decide, Carol quien anula su voluntad (en un pasaje, por ejemplo, Therese se rehúsa a usar un vestido; finalmente lo hace porque “si Carol quería que se lo pusiera, se lo pondría”, p. 192). El juego de poder no está ausente en esta relación: Therese se pierde, se deja absorber por el otro, pero, en medio de ese extravío, alcanza a reconocerse a sí misma. Así, Carol es una figura fantasmal que poco a poco va volviéndose real; la infatuación inicial de Therese da paso al reconocimiento de que Carol, efectivamente, es una persona de carne y hueso. Sin embargo, contrario a lo que uno podría suponer, no es Therese, sino Carol, la más vulnerable de las dos: Therese no tiene nada que perder; Carol, en cambio, tiene una reputación, una hija y un marido del que no logra divorciarse. Por ello, el mayor temor de Therese no es el mundo exterior, ni el porvenir, ni su incapacidad para dar respuesta a las preguntas acerca de sí misma: es la posibilidad de perder a Carol. En este sentido, su decisión de no abandonarla, pese a las circunstancias (la pérdida de la custodia de su hija, el divorcio de Harge, etc.), es una declaración de principios: “no quiero morir todavía sin conocerte. ‘¿Sientes lo mismo que yo, Carol?’… –Supongo que lo primero es no tener miedo– Therese se volvió y vio la sonrisa de Carol– Supongo que sonríes porque piensas que yo tengo miedo./ –Tú eres tan frágil como esta cerilla… pero en las condiciones adecuadas podrías incendiar una casa, ¿verdad?” (p. 148).

    He señalado ya que, en este libro, el amor está indisolublemente ligado al miedo. Todo se vuelve real, y al mismo tiempo peligroso, cuando Therese conoce a Carol. Más aún: es peligroso porque es real, porque es un sentimiento vivo y singular, no un hábito ni una costumbre. Así, pese a no lograr explicarse del todo lo que siente, Therese elige amar a una mujer: aunque la invada una sensación de pérdida inminente, aunque sea vagamente consciente de que todo puede evaporarse en cuestión de segundos, está a dispuesta a correr el riesgo. “Ser incapaz de amar puede convertirse en una enfermedad, ¿no crees?” (p. 148). Pero, mientras que Therese se arroja furiosamente hacia el amor, Carol –más madura y prudente– se aproxima a él con cautela: no es la primera vez que ella lo experimenta (lo había sentido antes por su amiga Abby), pero en esta ocasión implica el reconocimiento de su deseo en la esfera pública de su vida.

      Para Therese, el amor es una pregunta: “¿Qué era querer a alguien, qué era exactamente el amor, y cuándo terminaba o no terminaba?” (p. 221); para Carol, es una realidad: “–¿Pero hay algo de que avergonzarse?/ –Sí. Tú lo sabes, ¿no? –le preguntó Carol en su tono monocorde e inconfundible–. A ojos del mundo es algo abominable… Y tienes que vivir en el mundo” (p. 223). En el libro, estas dos visiones se contraponen y se complementan: Therese, ante el abandono de Carol –quien, orillada por sus circunstancias, elige estar con su hija–, es obligada a entrar de golpe en el mundo real: ha sentido por fin el desamor y esto le ha permitido madurar y revelarse; Carol, por su parte, renuncia a la custodia de su hija y decide no traicionarse a sí misma: “me negué a hacer el montón de promesas que él me pedía y la familia también se metió de por medio. Me negué a vivir según una lista de estúpidas promesas que ellos habían confeccionado” (p. 309). Cuando Carol, una vez libradas las dificultades, se atreve a reconocer su amor por Therese e invitarla a vivir con ella, sabe que puede ser demasiado tarde, que puede haber cambiado y con ella sus emociones: “–Te quiero– dijo Carol… –Sé que tú no sientes lo mismo por mí, Therese. ¿Verdad? Therese sintió el impulso de negarlo, pero ¿podía? No sentía lo mismo” (p. 309).

      Hacia el final de la novela, se clarifica la postura de Therese respecto al deseo: antes, al inicio de su relación con Carol, cuando la atracción que siente es aún difusa, había señalado: “me gusta estar con ella, hablar con ella. Siento apego hacia alguien con quien puedo hablar” (p. 173). Más adelante se da cuenta de que, si bien esta es una condición indispensable para entablar un vínculo con alguien, esto no basta para sentir amor. Así, su amigo Dannie McElroy, la actriz Genevieve Cranell, a quien conoce en las últimas páginas del libro, y Carol, encarnan, respectivamente, tres esferas del deseo: el primero despierta en ella una sensación de comprensión y bienestar: “se sentía tímida con él y a la vez cercana, con una intimidad cargada de algo que nunca había sentido con Richard. Algo intrigante, que le gustaba. ‘Un poco de sal’, pensó. Miró la mano que Dannie tenía en la mesa, el fuerte músculo que abultaba más abajo del pulgar. Recordó aquel día, en su habitación, cuando él le puso las manos en los hombros. El recuerdo era agradable” (p. 299); Genevieve, por su parte, es la atracción sexual en su estado más puro: “Therese sentía aún el tacto de aquella mano cuando se la soltó. Se sentía excitada, loca y estúpidamente excitada” (p. 316); Carol, en cambio, es el amor de la vida de Therese, alguien a quien ama por encima del tiempo y sus accidentes: “pero cuando volvió la cabeza para encenderse su propio cigarrillo, Therese intuyó repentinamente que Genevieve Cranell no significaría nada para ella, nada aparte de aquella media hora en la fiesta. Se dio cuenta de que la excitación que sentía en ese momento no continuaría y que no la evocaría más tarde desde otro tiempo u otro lugar” (p. 317). En ese instante, Therese toma la decisión de ir a buscar a Carol. Porque Carol no es ya una idea, no es ya una imagen, no es ya un espejismo: su presencia se ha cristalizado; ha dejado de ser el objeto de su deseo y se ha transformado en otra cosa, la persona que ama: “Carol se echó el pelo hacia atrás. Therese sonrió: aquel gesto era Carol. Era la Carol que siempre había amado y a la que siempre amaría. Oh, y ahora de una manera distinta, porque ella era distinta. Era como volver a conocerla, aunque seguía siendo Carol y nadie más. Sería Carol en miles de ciudades y en miles de casas, en países extranjeros a los que irían juntas, y lo sería en el cielo y en el infierno” (p. 319). En un último acto de valentía, Therese avanza hacia ella.

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