Literatura

Leonora Saavedra (ed.), Carlos Chávez y su mundo, El Colegio Nacional, México, 2018, 503 pp.


Alfonso Colorado

“El arte es la manifestación más elevada del poder del hombre, se entrega a pocos escogidos”, señala un personaje de un cuento de Tolstoi de 1845. Este tipo de ideas, comúnmente expresadas por artistas (habría que preguntar a matemáticos, neurólogos, ingenieros, etc., qué piensan) la comparte a menudo el público de los conciertos y está presente en muchos ámbitos, incluyendo el académico. Unos años después de Tolstoi, Heinrich Schenker, teórico musical que creó un método de análisis que lleva su nombre, señalaba que las obras del canon (Bach, Mozart, Beethoven) llevaban consigo “la fuerza superior de la verdad”, y que su audición permitía “la elevación del espíritu hacia Dios y hacia los genios a través de los cuales actúa”. Algo menos de un siglo después el director de orquesta Karl Böhm señaló que las obras escritas por Mozart en su infancia mostrarían que “vino al mundo como un ser espiritualmente maduro para apoyar a la Humanidad durante siglos”. Al filo del siglo XXI, en El libro de las quimeras, E. M. Cioran escribía sobre la obra Mozart: “es la música oficial del Paraíso”. Estos elogios entusiastas han llegado a constituir una tradición, pero no por ello dejan de ser un lugar común que apenas significa nada. Quizá la música clásica sea el mayor ejemplo de cómo, en la sociedad moderna, el arte ha sustituido a la religión. En 1956, ante el aluvión de publicaciones sobre Mozart por el bicentenario de su nacimiento, Wolfgang Hildesheimar escribió, exasperado, que en su biografía: “se minimiza lo inquietante, se da expeditiva justificación a lo embarazoso y así resulta una figura redonda, pulida, acicalada, adscrita a un viejo ideal apolíneo”. Décadas después Norbert Elias escribió Mozart. Sociología de un genio, donde ubicó su persona y obra en relación con su contexto sin apelar al milagro o lo sobrenatural.

En español las obras que tienen un carácter más analítico que apologético sobre los compositores y sus obras son todavía relativamente pocas. Un texto señero sería Mozart (1943) del ensayista, periodista y pianista español Fernando Vela, publicada con el seudónimo Héctor del Valle, porque el autor estaba proscrito por la dictadura franquista. Otro ejemplo sería Mozart. Su vida y su obra (2006) de Ramón Andrés, que recoge ideas como la de Cioran, pero sin suscribirlas, realizando más bien un recorrido histórico e intelectual sobre la música, deteniéndose en cuestiones filosóficas, retóricas, musicológicas.

Las publicaciones sobre música de El Colegio Nacional han trazado una pauta alejada de esta dominante visión romántica de la música. En 2015, Músicos y medicina. Historias clínicas de grandes compositores de Adolfo Martínez Palomo presenta, en primer lugar, un vívido cuadro de la vida cotidiana de varias ciudades europeas durante casi tres siglos, desde el Weimar de Bach hasta el San Petersburgo de Tchaikovsky, apoyado por un notorio trabajo iconográfico; en segundo lugar, a través de la acuciosa exploración del expediente clínico de 12 compositores,  demuestra la relación entre salud, contexto social y creación artística. Todo esto tiene el mérito de, nada más y nada menos, humanizar y mundanizar a compositores cuya obra se despacha a menudo con palabras como “sublime” y similares.

Esta visión no apologética se refrenda en Carlos Chávez y su mundo. Once académicos norteamericanos y cuatro mexicanos analizan la vida y obra de este miembro fundador de El Colegio Nacional, abarcando sus intereses literarios y su colaboración con artistas de otras disciplinas (Rivera, Lazo, Strand). Queda demostrado que habría que considerar a Chávez a la par de José Vasconcelos como constructor de la política cultural del Estado postrevolucionario, muy influyente no solo como artífice del nacionalismo musical y fundador de instituciones (lo que ya se sabía) sino también como ideólogo del nacionalismo revolucionario.

En el contexto de la lengua española, donde la música sigue siendo considerada un hecho esencialmente estético, son indispensables textos que muestren las implicaciones políticas, históricas y sociológicas de la música, como “La invención modernista de México. Carlos Chávez, y la Revolución Mexicana y la política cultural de la música” de León Botstein; “Chávez, la música moderna y la escena neoyorquina” de Christina Taylor Gibson y “Chávez y el mito del renacimiento azteca” de Leonora Saavedra. En ellos queda claro que durante la década de 1920 el arte nacionalista mexicano se volvió un modelo en Estados Unidos incluso para los políticos conservadores o para el público apolítico; que durante algunos años la Ciudad de México fue tan importante como Nueva York para la vanguardia musical internacional, por ello recalaron en ella Stravinsky, Hindemith, Milhaud; que exaltar el pasado prehispánico a partir de una premisa eurocentrista creó inevitables contradicciones; y que tras las tensiones de la expropiación petrolera los gobiernos de México y Estados Unidos utilizaron la música para limar sus laceradas asperezas. El libro fue publicado originalmente en 2015 por Princeton University Press, la traducción en general es aceptable y el material gráfico que contiene es espléndido; hay algún error mínimo de edición (como a veces poner no en cursivas la legendaria exposición de 1940 en el MoMA Twenty Centuries of Mexican Art). Ojalá el interés por Chávez que hay en otros lados se replique en México y sea un aliciente sobre todo para interpretar su obra, ausente de las salas de conciertos fuera de un par de obras archiconocidas.

Trece comentarios en torno a la música (2016) muestra otro vértice de El Colegio Nacional con respecto a la música: la interdisciplina. Cada uno de los breves textos, casi aforismos, de Mario Lavista, miembro de El Colegio Nacional (cuyo Réquiem de Tlatelolco, dedicado a las víctimas de 1968, se estrenó recientemente) está acompañado por una cita literaria elegida también por el compositor, creando con ello un contrapunto que muestra las estrechas relaciones entre música y literatura. Así,  el comentario XIII dice: “Los músicos debemos recurrir a los poetas para entender más sobre nuestro arte. Puede ser más revelador leer alguna línea de Proust, de Thomas Mann o de Alejo Carpentier acerca de la música que frecuentar un texto musicológico”.

La política editorial de El Colegio Nacional también explora las relaciones de la música con otras disciplinas. La Suite de los elementos (2017) es un libro-disco con 14 piezas para piano, cada una de las cuales retrata un elemento químico. El compositor, Héctor Rasgado-Flores ―médico por la UNAM y profesor de neurología en la Universidad Rosalind Franklin de Estados Unidos― había hecho algo similar con Body Notes (2005), una “interpretación musical de procesos fisiológicos humanos”. El álbum incluye un texto sobre esos 14 elementos de la tabla periódica, escrito por Eusebio Juristi, también de El Colegio Nacional, profesor visitante en Zurich, Berkeley y Aachen, presidente de la Sociedad Química de México y miembro de otras tantas en el extranjero. Este refrescante proyecto de divulgación científica se inscribe en una tradición del arte fundamental en la era moderna: imitar la Naturaleza. Ya en 1636 Marin Mersenne, en Harmonie Universelle, vindicaba al plebeyo violín (frente al clasemediero piano) como instrumento superior porque podía replicar a los mismísimos pájaros; a ese orden pertenecen Las cuatro estaciones (ca. 1721) de Vivaldi o Los elementos (1737) de Jean-Féry Rebel, y que desde entonces no ha cesado. El compositor, para evitar dar un carácter abstruso a la música,  usa un recurso de larga tradición: retratar en cada pieza a algún amigo o pariente suyo, como ya lo hicieron Schumann o Elgar en sus obras.

Este conjunto de publicaciones muestra que la música no solo tiene claras implicaciones históricas y políticas, o que es un elemento histórico (y no arte “eterno” o “intemporal”), sino también es pensamiento e ideología y otras muchas cosas. Esta visión adquiere importancia crucial en momentos como este, cuando el 250 aniversario del nacimiento de Beethoven mostrará en su mayor parte una pléyade de aparatosos elogios y circulares lugares comunes que seguirán incidiendo en la idea de que la música llamada “clásica” es, básicamente, sonidos “bellos”.

 

 

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