Literatura

Álvaro Uribe, Caracteres, Alfaguara, México, 2018, 161 pp.


Paula Guarneros

Después de Autorretrato de familia con perro (2014), Álvaro Uribe presenta Caracteres (2018), un libro dedicado a la observación y descripción (o caricaturización) de cincuenta personajes arquetípicos que se suman a lo que se podría llamar una tradición, originada en los Caracteres morales de Teofrasto y Los caracteres o las costumbres de este siglo de Jean de La Bruyère, autor al que cita en el epígrafe a la obra. En la cuarta de forros de Caracteres se lee “solo ambiciono ofrecer al lector eventual, sobre todo si le incumbe la vida literaria, un espejo de mano donde pueda examinar con otros ojos las imperfecciones de su propio maquillaje”, que es también el fragmento con el que acertadamente cierra Álvaro Uribe su prólogo. Esta oración no podría dar una visión más clara sobre el contenido del libro, pues es muy fácil reconocerse y reconocer a otros (conocidos, amigos y hasta familiares) en las páginas. Todos y cada uno de nosotros encajamos fácilmente, o lo hemos hecho, en al menos dos categorías: críticos, abajofirmantes, becarios, sentidos, baldíos, plagiarios y un largo etcétera.

A pesar de que el mismo Uribe reconoce la influencia de Teofrasto y La Bruyère en la creación de sus Caracteres y de que indiscutiblemente es heredero de la tradición, quizá solo dos retratos de Uribe pueden encontrarse en los caracteres de Teofrasto con otro nombre; así, se podría entender a Ivo el esquivo como una variante o evolución del fingidor y a Amador el informador como descendencia de la novelería. De Jean de La Bruyère se aprecia la característica de los apelativos, aunque este otro opta por hacer referencia a personajes que ya murieron y Uribe se inclina por inventar los nombres, haciendo así a sus caracteres más difíciles de identificar concretamente y, al mismo tiempo, más fáciles de reconocer entre la gente común. Los caracteres de Uribe se alejan de los ya expuestos por ambos autores y se antojan más como una ampliación del catálogo ya existente.

Uribe encuentra la manera de que cada uno de los caracteres que aparecen en sus páginas sea distinto de los demás, a diferencia de los Caracteres morales de Teofrasto, donde la mayoría puede colocarse en grupos más grandes; no sería difícil que la descripción del gamberro sea también la del guarro, el rústico y el grosero en diferentes momentos del día, o bien, que el fingidor, el oficioso y el adulador sean la misma persona o pertenezcan a la misma familia.

Otra característica es que nombra ingeniosamente a los caracteres de los que nos habla y nos presenta a personas como Yomero Pino, quien ejerce como frustrante y temido crítico; Pulido el sentido, “una persona que recuerda con exactitud tabuladora lo que tú le hiciste o le dijiste, pero no recuerda ni una ínfima porción de lo que ella te dijo o te hizo a ti” (p. 31), y a Virginia la reina de la misoginia y Regina la misógina; estas dos, a pesar de tener un rasgo tan universal y hasta común, son descritas dentro del campo literario, donde llevan su misoginia hasta las últimas consecuencias: entre ellas se arrebatan la posibilidad de salir adelante y encuentran la manera de hundirse, siempre poniendo al patriarcado como responsable indiscutible.

A lo largo de las 161 páginas, Álvaro Uribe introduce diferentes personalidades que son fácilmente reconocibles en el ámbito literario. Aunque conozcas a los autores de lejos o de oídas, se pueden identificar a los Caleros (tuiteros arteros), a quienes les importa que “Calero evacue una retahíla de tuits mefíticos para descalificar e insultar a un colega cuya única falta es discrepar con él. Importa que los compadres y cómplices de Calero se sumen en manada a los ataques. Importa que muchos otros, escudados en la anonimia de Twitter, derramen su propia hiel sobre la víctima hasta degradar una discusión trivial en una rabiosa cacería de brujas” (p. 142), o a quien encaja en el perfil del hombre de las ferias, novelista premiado de mirada esquiva que de golpe no tiene tiempo para alguien como tú.

Por otro lado, “La mamá”, “La portera”, “El del coche” y “La señora mexicana”, entre otros, no se tienden a encontrar precisamente en el mundo literario, pero siguen siendo reconocibles, quisiera decir que para cualquier mexicano (particularmente para los que viven o hemos vivido en la Ciudad de México y, si no nos fue tan bien, en el Estado de México). Es probable que estos apartados funcionen como un gancho para el público que no ha tenido la maravillosa oportunidad de convivir con Mario el becario, Nicanor el objetor o con Teodoro Amaral, el escritor profesional.

Si bien los caracteres de Uribe no suelen ser favorecedores, también deja ver al final de cada uno de cuál podría ser la razón por la que se les expone. Así, se sabe que personas como Ramiro y Yadira los vampiros o Amadeo el europeo no tienen redención; también sabemos por este medio que quizá exista un poco de envidia hacia la fama del escritor profesional, miedo a críticos y comisarios y un poco más de lástima y resentimiento hacia las opiniones y reclamos de Vicente el incongruente.

Álvaro Uribe pone a nuestro alcance a cincuenta caracteres ilustrados con maestría, pues si bien sabemos que a nadie le gustaría ser identificado por otros como el borracho, el declamador o el mitómano, la manera en la que Uribe retrata estos rasgos no es sino una especie de invitación a la introspección para descubrir qué tanto de cada uno habita en nosotros y reconocer al menos unos cuantos pensamientos que hemos tenido sobre nuestras amistades o personas con las que nos hemos relacionado, sea por el trabajo o por los círculos en los que nos movemos. Mientras se da a la tarea de describir a Brabante el feriante, menciona que este personaje puede ser “lo mismo un varón que una hembra. Lo mismo tú que yo. Porque este síndrome propio de la vida literaria no perdona a nadie y, menos que a nadie, a quien cree merecer el perdón” (p. 27), y aquí deja ver también que ni él mismo se excluye de la posibilidad de cumplir con el perfil de alguno de sus caracteres.

En cuanto al tono en el que están escritos, parece ser que ninguno de los apartados que conforman la obra se escribió desde una superioridad moral, como menciona Uribe también en su prólogo: “tampoco pretendo predicar con el ejemplo; no critico y ridiculizo los defectos ajenos sino para lamentar y acaso redimir los propios” (p. 13). Quizá en esto mismo radica la dicha accesibilidad del texto y la facilidad de lectura. Caracteres parece no tener un orden obligado, pues si bien se presenta cada uno de los personajes en un orden determinado por el índice y por la sucesión que dicta la publicación, se pueden leer salteados y no tienen una linealidad. Esta flexibilidad en cuanto al orden de lectura nos permite leer unos cuantos, abandonar el libro y volver a él en cualquier momento sin mayor dificultad. Cada uno de los apartados de Caracteres es una parte de una colección de cuadros que te permite hacerte de una imagen más completa sobre los que te rodean.

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