Literatura

Aura Xilonen, Campeón gabacho, Literatura Random House, México, 2015, 336 pp.


Pablo Ramírez Morales

Campeón gabacho de Aura Xilonen ganó la primera edición del Premio Mauricio Achar / Literatura Random House. Recibir un premio tiene como consecuencia que el reflector se dirija hacia la obra y el autor; más todavía si la convocatoria está dirigida a escritores que, como máximo, hubieran publicado una novela. De esta forma, de la noche a la mañana un autor prácticamente desconocido recibe la atención que corresponde al ganador de un premio avalado por el sello editorial más grande del mundo y por una de las librerías más importantes del país, así como por un jurado integrado por escritores de renombre en la república de las letras. Esto tiene la ventaja de que el autor se vuelve famoso con las entrevistas en medios, los artículos de prensa, las presentaciones en la FIL, etc., pero también la desventaja de que la obra genera altas expectativas, por lo cual será leída, o al menos debiera ser leída, con el mayor nivel de exigencia.

     En el caso de Campeón gabacho, el jurado resolvió otorgarle el premio “por su experimentación en los planos del lenguaje, tanto en lo popular como en lo culto, que le da sentido al fenómeno de la migración. Logra construir un personaje entrañable y consistente. Es una novela de mucho riesgo y la propuesta es una picaresca moderna”. La experimentación en el lenguaje es un elemento que se reitera en la cuarta de forros, en la que se menciona que se trata de la historia de un migrante contada ingleñol, que no spanglish, aunque nunca se explica la diferencia entre una y otra cosa. A partir de aquí, el lector ya tiene ciertas coordenadas claras sobre lo que encontrará en cuanto abra el libro y comience su lectura.

     La migración es un fenómeno, casi diría natural, que enfrenta a quien abandona su país con muchos retos, contratiempos, vejaciones y humillaciones, derrotas y victorias grandes y pequeñas, explotadores que lo acercan al abismo del hambre y la muerte, pero también buenos samaritanos que lo ayudan. Los elementos literarios ahí están y, si además el escritor es capaz de narrar con un lenguaje original, divertido, bien trabajado para proyectar la amalgama lingüística propia de las fronteras, en este caso de la de México con Estados Unidos, podemos encontrar una obra de alcances importantes.

      Lástima que no es el caso de Campeón gabacho, una obra radicalmente mal lograda. El primer sacrificado es el lenguaje: la autora lo maneja de entrada con soltura y seguridad para darle una voz en primera persona al protagonista, con lo que genera un tono vivencial que aparenta tener una dirección bien definida. Sin embargo, hacia la página cien ese tono se desvanece, el ingleñol desaparece casi por completo, salvo por una que otra enumeración sin sentido de terminajos chicanos, para dejarnos frente a una escritura anodina y mal ejecutada. Abundan las figuras retóricas y metáforas cursis y una adjetivación abusiva propia de los aprendices a escritor que creen que la precisión en la prosa radica en la exhaustividad y no en seleccionar dos o tres rasgos significativos y bien pensados que le den visibilidad al texto, pero que también le permitan al lector construir la escena con su imaginación.

      En cuanto al tema de la migración, la novela plantea una versión bastante light del drama que pasan los mexicanos que emigran a Estados Unidos y se enfrentan a un mundo desconocido y hostil. Para contar ese drama no es necesario hacer un reguero de sangre y tripas y miembros mutilados o quemados a manos de la patrulla fronteriza o los cazadores de indocumentados, pero sí plasmar situaciones concretas que hacen que el migrante vea su futuro como una gran pared de la que no puede pasar: por ejemplo, la barrera del lenguaje, la discriminación de los lugareños, el recelo de los migrantes que llegaron antes. Sin embargo, he aquí la historia: un joven migrante llamado Liborio, que vive en una ciudad del sur de Estados Unidos y trabaja en una librería de títulos en español, defiende a una morra a la que acosan los miembros de una pandilla. Estos, en venganza, lo golpean. El pobre Librorio tiene que abandonar la librería porque alguien la vandaliza. Obviamente, se enamora de la morra a la que defiende y heroicamente la ayuda a robarse una medicina para su abuelo enfermo (faltaba más). Un día se desmaya y despierta en un albergue para migrantes y, para darle sentido a su situación de indocumentado, se vuelve boxeador.

      La falta de espesura y tensión novelescas se debe, además, a que ni siquiera vemos a un personaje que evolucione, esto es, con un arco narrativo que derive de sus decisiones. Liborio es una mera víctima de las circunstancias y solo baila al ritmo que el azar le marca, pero él no es el agente de cambio en el rumbo de la historia. Un ejemplo entre muchos: el día que se lo madrea la pandilla a la que enfrentó para defender a la morra, conoce al dueño del albergue de migrantes, pero no llega al mismo por una decisión desesperada y consciente al verse en una situación de vulnerabilidad; por el contrario, el día que se roban la medicina para el abuelo de la morra y huyen corriendo de la tienda, Liborio se desmaya (de una carrerita a pesar de, por otro lado, aguantar golpizas tumultuarias) y repentinamente despierta en el albergue. Alguien más decidió por él y ni siquiera es claro quién.

      Para que un personaje tome decisiones es necesario dotarlo de una personalidad particular, esto es, conocerlo a fondo y conocer las circunstancias en las que vive y de las que proviene. Sin embargo, pareciera que la autora habla de un tema que quizá le interesa, pero no le obsesiona y que mucho menos conoce a profundidad. No basta simplemente describir las fuerzas externas que golpean a los personajes de uno y otro lado; es necesario, para ofrecerle al lector una historia que lo enriquezca, meterse en la psique de aquellos y saber qué harían en una u otra situación. Este conocimiento a conciencia del personaje y las situaciones que vive como migrante se echan de menos en la construcción de la trama y el protagonista.

      El desconocimiento desde el que escribe la autora se hace evidente, y quizá hasta burdo, en su absoluta imprecisión al narrar y describir el ámbito boxístico en el que se mueve Liborio, una vez que ha encontrado su verdadera vocación. De entrada, las únicas cualidades de Liborio son tener una pegada sobresaliente y resistir patadas de mula, que a criterio de la autora son suficientes para subirse al ring a una pelea de siete rounds. Convenientemente para la narración, a sus dos rivales los noquea de un golpe fulminante a los pocos segundos de iniciado el primer round. Además: los boxeadores no se vendan únicamente los nudillos, sino el puño y la muñeca para evitar que ésta se fracture; no existe el peso mosca ligero; previo a todo combate es necesario pesar a los contrincantes; un gancho y un cruzado no son sinónimos, sino justamente opuestos. Vamos, que todos hemos visto una pelea de box, pero pocos conocen a fondo lo que hay detrás de la preparación de un peleador. Evidentemente no es el caso de la autora.

      El resultado es una voz impostada (al contrario, por ejemplo, a la voz absolutamente transparente de Javier Cercas, por poner un caso paradigmático de autenticidad) con un protagonista inconsistente: un migrante inculto que no sabe nada de libros ni de poesía, pero que es capaz de hacer sesudos análisis literarios, comparar un recinto boxístico con la Capilla Sixtina y calificar un atardecer como rembrandtiano. No es descabellado llegar a la conclusión de que es la escritora quien habla a través de su protagonista, lo cual no estaría mal si no fuera porque son tan radicalmente diferentes y viven en situaciones absolutamente distintas. Tan es la autora quien habla, que nos avisa, a través de sus personajes, que a continuación los acontecimientos se sucederán con velocidad y señala con el apuntador luminoso en qué momento procederá a ejecutar una escritura diferente a la del resto de las novelas.

     Afortunadamente, no hay premio ni reconocimiento que nuble el entendimiento del lector común, pero atento; aquel que probablemente no sabe de vanguardias ni técnicas innovadoras, pero sí de historias bien contadas y mal contadas; aquel que exige al escritor que lo trate con inteligencia, cualidad que algunos autores –por inexperiencia, impericia o soberbia– parecen no considerar.

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