Literatura

Georges Rodenbach, Brujas la muerta, Vaso Roto, México-Madrid, 2011.


Frida Conn

Quizá porque encontramos cierto consuelo en la decadencia y en la terapéutica miseria, son las viejas ciudades –las de calles solitarias cuyas paredes emanan la sensación de un fin latente y suspendido en el tiempo–, las ciudades muertas, las que realmente viven y tienen la capacidad de influir en nosotros. El poeta y novelista belga Georges Rodenbach (Tournai, 1855) entendió esto y escribió Brujas la muerta (1892), pequeño deleite de la corriente simbolista de finales del siglo XIX cuya protagonista es la melancólica ciudad flamenca: “Brujas, la reina destronada que hoy está muriendo la más taciturna y conmovedora de las muertes”, como la describió en el ensayo “Agonía de ciudades”.  Brujas la muerta (1892) es  el testimonio de la belleza palpitante que se halla en la muerte, en el esqueleto vivo que son a veces las ciudades. Porque más que la historia de Hugues Viane, el viudo desconsolado, es la de Brujas, la ciudad de catedrales sombrías, de beguinas devotas y de gris nostalgia, “esa Brujas de la que el mar se había retirado igual que se retiran las alegrías”.

     La obra de Rodenbach aparece publicada por primera vez en entregas en el periódico parisiense Le Figaro en 1892 y ese mismo año es editada como libro por Marpon y Flammarion. Una particularidad de la obra es que fue la primera novela ilustrada con fotografías en la que tanto el texto como la parte visual jugaban un papel primordial. Ciertamente, fue la combinación entre palabra e imagen la que sirvió a Rodenbach para capturar la esencia de la grandeza ajada de una ciudad que permanecía viva –en todo su agonizante deterioro– en la memoria.  La edición de Vaso Roto incluye también varias fotografías de la ciudad que Rodenbach tanto añoró en vida y que, con los años, se convirtió en poco menos que su emblema y en el paisaje predilecto de otros artistas simbolistas, como Fernand Khnopff y Lucien Lévy-Dhurmer (Retrato de Georges Rodenbach, de este último, es una pieza magnífica que bien podría resultar una especie de doble retrato de Rodenbach y el taciturno Hugues Viane, ambos perseguidos por la sombra de su amada Brujas). De un  elaborado y en ocasiones turbador juego de analogías  –¿qué en el Simbolismo no lo es?– nacen Brujas la muerta y Hugues Viane, personaje en el que se proyecta Rodenbach para encarnar sus obsesiones.

     El relato comienza cinco años después de la muerte de la esposa de Hugues, hombre abatido por la ausencia de la amada y por la muerte que, si bien lo rodea y está presente en cada recoveco de Brujas, no termina por alcanzarlo a él.  El viudo, de apenas 40 años (edad que rondaba el autor cuando escribió la novela), es arrastrado inevitablemente por la triste y silenciosa Brujas porque en ella se siente más cerca de la esposa: “Brujas era su muerta. Y su muerta era Brujas […] Era Brujas la Muerta”. Rodenbach explora la idea del vínculo estrecho entre ciudad, muerte y conciencia (como más tarde lo haría Maurice Barrés en  La muerte de Venecia, en 1903) y, ante todo, de la ciudad como protagonista  –podemos pensar también en la Vetusta de Leopoldo Alas, en La Regenta–. Así, por la afinidad que siente Hugues hacia la ciudad flamenca de altas torres, ésta se presenta como el único destino posible en donde puede sobrellevar su soledad. En el bálsamo adormecedor de la monotonía y el aislamiento que le promete la mojigata y conservadora ciudad, Viane aspira a la existencia a medias que le corresponde como viudo. El hechizo de Brujas actúa sobre Viane de formas misteriosas. Antes alegre y pleno, es ahora un hombre encorvado que vive para la vaga ilusión de un reencuentro en la Otra Vida; su día a día se hace soportable al volcar su pena en un culto cuasi religioso a la esposa perdida. La habitación de la difunta se ve convertida en un recinto sagrado: los cojines y sillones guardan la forma de su cuerpo, los espejos no se frotan porque Ella vive en el fondo y no falta la trenza  –el cabello como símbolo de la trascendencia de la vida más allá de la muerte–,  igual de dorada que cuando fue cortada. En ese espacio sagrado, el paso del tiempo no puede profanar el recuerdo; todo permanece igual en un intento de mantener a raya el indeseado presente y Viane encuentra cierto alivio regodeándose en la pena. Esta muerte en vida, hecha de añoranza y espera, transforma al viudo en una suerte de mártir entregado a la contemplación.  Y Brujas, a su vez, contempla el ir y venir del viudo, ejerciendo su influjo con su repique de campanas, su vasto silencio y su gris sin matices, recordando a Hugues su soledad. Completamente absorbido por Brujas –una extensión humana, como parece serlo Barbe, la sirvienta flamenca de andar silencioso y cofia de beguina–,  Viane está a merced de los caprichos de la ciudad. Por ello, con la llegada de Jane Scott, un elemento ajeno al paisaje, la influencia de Brujas se atenúa y es el hombre –el individuo– quien cobra protagonismo en la historia.  Jane, la bailarina de Lille que es idéntica a la esposa, se presenta ante él como una figura de ultratumba  –resulta irónica la escena del teatro en la que aparece en el recitativo de las difuntas–  y Hugues presencia impotente el choque entre el recuerdo y el presente. En sus rituales sagrados irrumpe ahora la imagen de la Nueva, de la Viva,  que se hace una con la Muerta. Pero como Brujas la muerta es también una novela de reflejos, espejismos e ilusiones, Rodenbach  –como Gérard de Nerval había hecho con Sylvie o tiempo después haría Bioy Casares con la Faustine de La invención de Morel– reduce a Jane a una simple imagen. Hugues ve en Jane  –al menos en principio– un artificio que le permite perpetuar el recuerdo de la amada ausente. Pero si Jane es una imagen, Hugues no lo es menos. La devoción del viudo termina por volverse una máscara y un papel que debe ser interpretado. Incluso su pasión por Jane, antes que sacrílega, es piadosa: un acto de veneración a dos mujeres que son un mismo ser.

     Trágica como es la vida de Hugues, la felicidad no podía ser sino momentánea. El fin de las ilusiones se precipita con la relación carnal entre Viane y Jane, acto que no tiene cabida en la Brujas de costumbres inflexibles y en donde el gozo es impensable. Jane ya no es la Muerta, Hugues ya no es el viudo fiel y Brujas vuelve a ejercer su poder sobre el hombre descarriado que, arrepentido, “se esforzaba por ser, una vez más, a imagen y semejanza de la ciudad”.  Hacia el desenlace de la novela  entendemos la importancia de la imagen como reflejo de los deseos inalcanzables que quiso imprimir Rodenbach en sus palabras. Si lo que Hugues Viane perseguía era una imagen, el momento en el que la Viva y la Muerta dejan de ser Una, Jane  no puede continuar viviendo, porque la ilusión, ya rota, solo seguirá existiendo en y con la muerte misma.

     Hacia el final, el lector no puede evitar preguntarse: en Brujas la muerta,  ¿la historia de quién se nos ha contado? Gracias a las descripciones detalladas y precisas de la ciudad –con las que Rodenbach hace gala de su talento como poeta y prosista– cobran vida torres, catedrales, canales, conventos, muelles, hospicios y campanarios, opacando la historia del duelo de Hugues Viane. La tragedia del viudo bien podría ser un evento fortuito que la silenciosa ciudad llegó a presenciar. Brujas la muerta es una novela que habla al lector en el idioma de las emociones y pocos permanecerán impasibles ante el esplendor marchito de la ciudad que Rodenbach capturó en el tiempo. Tal vez por ser esencialmente la obra de un poeta, las páginas de Brujas la muerta dejen, ante todo, una imagen: la belleza atemporal de Brujas de la que esta novela es el mejor testimonio.

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