Literatura

Ricardo Piglia, Blanco nocturno, Anagrama, Barcelona, 2010.


Enrique Macari

Blanco nocturno es la mejor novela de Ricardo Piglia por una razón: nunca antes el autor había logrado una comunión tan perfecta entre las preguntas fundamentales que subyacen toda su obra –¿cómo leer? ¿cómo construir el sentido?– y las historias que sus libros pretendían contar. Blanco nocturno resuelve este problema de una forma sencilla y elegante: se trata de una novela detectivesca. Los asiduos de Piglia saben, por supuesto, que el elemento policial-detectivesco ha estado presente en sus obras desde un principio: en Respiración artificial prácticamente todos los personajes son detectives, es decir, descifradores de sentido. Pero Blanco nocturno es una novela detectivesca en el sentido clásico. La trama, al menos en la primera parte, se configura a partir de los dos elementos básicos de cualquier relato policial: un crimen y un investigador. El crimen, en este caso, es el asesinato de Tony Durán, un forastero que ha nacido en Puerto Rico, crecido en Nueva Jersey y, en el momento en que inicia el libro, llegado a un pueblo perdido en la provincia argentina en persecución de las gemelas Belladona, a quienes conoció en Atlantic City y con quienes entabló, brevemente, un trío amoroso. Nadie sabe exactamente quién es Tony, o con toda seguridad qué hace ahí, o qué contenía el maletín con el que descendió del tren a su llegada y que no dejó a nadie siquiera tocar, pero cierta tarde, después de una polémica carrera de caballos a la que ha asistido todo el pueblo, es hallado muerto, con una puñalada limpia entre las costillas, en la habitación de su hotel. El investigador es el comisario Croce, una suerte de Dupin argentino –“su ilusión era resolver el crimen sin tener que revisar el cuerpo del delito” (p. 58)– que, a partir de las pistas que rodean al crimen, debe resolver el misterio. Croce encarna perfectamente la figura pigliana del lector: su tarea es relacionar, articular, ordenar, encontrar al final de todo el sentido de la historia y, con él, al asesino. Blanco nocturno es de alguna forma la novela que Piglia estuvo siempre destinado a escribir, no solo por lo que sus novelas pasadas le han permitido aprender, sino porque el género detectivesco parece hecho a la medida de sus obsesiones particulares: toda novela detectivesca es de alguna forma metafísica, pues lo que está en juego siempre es la relación del hombre con la verdad y los caminos a través de los cuales, con o sin suerte, intentamos acercarnos a ella.

Las novelas de Piglia han dejado de ser novelas centradas en ideas para convertirse en novelas centradas en los personajes. Él mismo ha afirmado siempre que los personajes son el elemento fundamental de sus novelas, que sólo le es posible empezar a escribir cuando ha adquirido una visión clara de las figuras humanas que habitarán la obra. Y, sin embargo, cuando uno lee sus primeras novelas resulta bastante evidente que los personajes no son más que el punto de vista que encarnan: no cuerpos sólidos sino únicamente bocas invisibles a través de las cuales Piglia expone sus teorías sobre la historia y la literatura argentina. La evolución hacia personajes más completos, personajes que no son un recurso narrativo más, sino que tienen un valor en sí mismos, está inseparablemente ligada en la obra de Piglia a la evolución narrativa de la que hablábamos antes. Al conseguir integrar con mayor naturalidad sus preguntas fundamentales con los eventos de la trama, Piglia se abre a sí mismo espacio suficiente dentro de la obra para desarrollar aspectos que en sus primeras novelas tenían que ser sacrificados en aras de las largas reflexiones literarias e históricas que ocupaban la mayor parte del espacio. Y está claro que quienes más se han beneficiado de estas nuevas posibilidades narrativas han sido sus personajes. Ya Plata quemada ofrecía al lector una serie de personajes memorables –en especial el delirante Guacho Dorda– pero es definitivamente en Blanco nocturno donde encontramos los personajes mejor logrados de toda la obra de Piglia: el ya mencionado comisario Croce, un detective que se mueve sin descanso entre la locura y la genialidad y uno de los grandes aciertos de la novela; Sofía Belladona, rebelde y sensual; el fiscal Cueto, a quien los lectores seguramente odiarán sin reserva alguna. La evolución de Emilio Renzi, alter ego de Piglia y personaje recurrente en toda su obra, refleja a la perfección esta evolución de sus personajes. El Renzi de Respiración artificial era el Renzi que discurría, interminablemente, sobre Borges y Roberto Arlt; el Renzi de Plata quemada era el Renzi de los apuntes literarios en su diario privado; el Renzi de Blanco nocturno es todo eso y además el amante de Sofía, el consumidor de cocaína, el recién divorciado de Julia, el cómplice y amigo fiel de Croce, el residente de Buenos Aires hechizado por los encantos de la provincia, el escritor frustrado por no poder terminar la novela en la que trabaja desde hace años. Por primera vez un Emilio Renzi con piernas y brazos, con doscientos huesos en el cuerpo, un corazón y sangre caliente que le corre por las venas.

El personaje que mayor presencia tiene es, sin embargo, Luca Belladona, hermanastro de las gemelas Belladona. La segunda parte de la obra se centra casi exclusivamente en su historia y su figura, y bien podría titularse La caída de Luca Belladona. Hijo del viejo Belladona con su primera esposa, Luca posee desde joven un carácter intransigente y una aguda consciencia de su individualidad y la importancia de su visión personal. Rechaza desde un principio la vida de campo y los valores que la conforman y demuestra una afinidad excepcional con el mundo de las máquinas y el lenguaje de la ingeniería. Junto a su hermano mayor, Lucio, recorre en su juventud los campos de Argentina reparando máquinas agrícolas hasta juntar dinero suficiente para, en medio del espacio infinito de la pampa, alzar su propia fábrica de autos, la fábrica de autos más moderna del país. Una súbita devaluación de la moneda y la traición de Cueto, en ese entonces abogado de la familia y futuro fiscal del pueblo, lo obligan al poco tiempo a hipotecarla y desde entonces Luca pasa su tiempo recluido en la fábrica, dedicado obsesivamente a sus inventos y a encontrar la forma de salvar su empresa. Conforme el lector, a través de las investigaciones del comisario Croce y su Watson particular, Emilio Renzi, se vaya adentrando en el caso de Tony Durán, descubrirá que el asesinato no es un crimen aislado, sino que se inserta en una red de intrigas políticas y económicas que tiene en su centro a Luca Belladona y su fábrica de automóviles, de la que políticos y especuladores locales desean adueñarse para construir en su lugar un centro comercial. Luca Belladona es el núcleo trágico y moral del libro por la lucha tenaz e incansable que emprenderá, en casi absoluta soledad, en contra de quienes quieren privarlo de su visión y de la realización de sus sueños. Y es un gran personaje porque Piglia sabe explotar con habilidad la figura del individuo-visionario que lucha en contra de una sociedad ciega y hostil que desea hundirlo. Luca no es solamente un gran ingeniero por la adhesión férrea a su visión personal, por la voluntad inequívoca con la que está dispuesto a enfrentar al mundo, por la fe ciega e inquebrantable que tiene en su obra y en sí mismo, Luca Belladona es un gran artista, una figura de dimensiones casi religiosas: “aquel que como nosotros está seguro, absolutamente seguro, de haber producido una obra de gran valor, no tiene por qué dar importancia a los honores y se siente indiferente ante la gloria mundana” (p. 245), dice de sí mismo y de su obra. Es un hombre obsesionado con la búsqueda de la verdad y, como todo gran artista, al ser incapaz de encontrarla decide realizarla en su obra, que pasa a ser entonces el sentido único de su existencia: “lo iluminó la esperanza de alcanzar el sentido en sus obras. Estuvo a la altura de esa esperanza y le entregó la vida” (p. 293). El final del libro, la conclusión a la lucha y la historia de Luca Belladona, le otorga una estatura verdaderamente trágica y nos permite leerlo como un Edipo que, a pesar de todos sus esfuerzos, es castigado por una falta que nunca pudo haber previsto.

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