Literatura

Ricardo Piglia, Blanco nocturno, Anagrama, Barcelona, 2010.


Enrique Macari

La literatura de Ricardo Piglia (Adrogué, 1940) ha experimentado un boom imparable durante los últimos quince años y el argentino es considerado hoy unánimemente como una de las grandes figuras escribiendo en lengua española. Esta situación es tan extrema que bien podríamos decir que ya no se escribe crítica sobre las obras de Ricardo Piglia: se escriben panegíricos. En una observación que todos los libros de Piglia publicados por Anagrama llevan en la solapa, Ricardo Baixeras afirma: “Algún día sabremos qué leíamos antes, cuando no leíamos aún a Ricardo Piglia”. Es una observación que revela mucho sobre la actitud de la crítica hacia Piglia: no significa absolutamente nada y lo único que expresa es una suerte de exaltación infantil. Blanco nocturno (2010), su más reciente novela, publicada trece años después de la última, Plata quemada, parece ser un paso más hacia la consagración del autor: en el año y medio transcurrido desde su publicación ha sido galardonada con cuatro premios. Y, sin embargo, entre los gritos de júbilo que rodean la obra de Piglia, es necesario preguntarse si estamos siendo verdaderamente justos en nuestros juicios. No es en lo absoluto mi intención negar el valor de la obra de Piglia, porque definitivamente lo tiene; no es mi intención tampoco cuestionar su lugar dentro del panorama literario, porque definitivamente es uno de nuestros escritores preeminentes. Pero es necesario señalar que la figura del escritor impecable, el de los libros perfectos e incuestionables, es una imagen mentirosa: junto a las grandes virtudes de Piglia encontramos siempre sus grandes limitaciones. Y Blanco nocturno es un perfecto ejemplo de esto: es la mejor novela de Ricardo Piglia y, por esto mismo, la que más nos deja sentir y la que más nos hace anhelar aquello que falta en su obra.

Mucho se ha dicho ya sobre la mezcla de crítica y ficción que caracteriza la literatura de Piglia. Y, sin embargo, si queremos entender el lugar que ocupa Blanco nocturno en la totalidad de su obra y las relaciones que mantiene con sus otros libros, valdría la pena decir ahora algo sobre este tema. Me parece que lo esencial es comprender que esta mezcla no es, o no es únicamente, una cuestión formal: la crítica y la ficción son en los libros de Piglia prácticamente indiscernibles porque ambas actividades son caminos hacia la resolución de un mismo problema, modos de aproximarse a la misma pregunta: ¿cómo leer? La construcción y la reconstrucción del sentido es, y ha sido desde sus inicios, la obsesión fundamental de Piglia. Basta que nos remontemos al epígrafe que nos introduce en su primera novela, Respiración artificial: “We had the experience but missed the meaning, / and approach to the meaning restores the experience”. En estos versos de los Cuatro Cuartetos de Eliot queda articulado el espacio sobre el que se construye la obra literaria de Piglia, el espacio existente entre la experiencia y el significado, entre el suceso y la comprensión del suceso, entre el mundo y el mundo escrito. Esto debe entenderse bien: la literatura de Piglia no es, digamos, un puente entre ambos polos, sino que vive y respira en los espacios vacíos que hay entre ambos polos; no se trata de resolver la tensión sino de agudizarla, de hacerla aparente y problematizarla. Esto explica los recursos narrativos que Respiración artificial favorecía: cartas, citas, fragmentos de obras ajenas, largas reflexiones literarias. En resumen, núcleos textuales a partir de los cuales los protagonistas intentaban descifrar el sentido de la historia argentina o de la literatura de Roberto Arlt. Plata quemada (dejo por esta ocasión a un lado La ciudad ausente, un auténtico desastre estético, una novela joyceana no sólo en su concepción sino como ejemplo de la obra que es asfixiada por sus propios mecanismos) volverá a enfrentarse a la misma cuestión, aunque su aproximación será distinta. La novela, publicada en 1997, cuenta la historia real de un robo bancario en el Buenos Aires de 1965, y su peculiaridad consiste en que la narración reconstruye (palabra clave en Piglia) el hecho y se construye a sí misma a partir de un conglomerado de discursos heterogéneos, en un intento por expresar la esencia íntima del suceso: noticias periodísticas, archivos policiales, las notas de los cuadernos de Emilio Renzi y –es evidente en ciertos momentos– la propia imaginación conjetural de Piglia (se ha dicho que Piglia es heredero de Borges, pero la construcción del relato como un conjunto de versiones lo sitúa en realidad mucho más cerca de Onetti). En Plata quemada el problema de la construcción del sentido no es ya problema de los personajes sino problema del escritor y, por lo tanto, de los lectores. Bien puede ser esta una novela menos deslumbrante o menos llamativa que Respiración artificial, pero me parece que con ella Piglia dio un paso fundamental: aprendió a no plantear tan abiertamente sus preguntas, sino a integrarlas en la narración de una historia, a ponerlas al servicio de la trama. Y es Plata quemada, en definitiva, el escalón que le ha permitido llegar hasta Blanco nocturno, sin lugar a dudas su mejor novela.

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