Literatura

Simone Barillari (ed.), Asesinato en América, Errata Naturae, Madrid, 2011, 349 pp.


Carmen Fernández Lasquetty

Paseando una tarde por la Feria del Libro de Madrid, me encontré de frente con un (sub)título que captó mi atención inmediatamente: Asesinato en América. Los grandes delitos de sangre de la historia norteamericana relatados por los premios Pullittzer.  Dos de mis favoritos: Pullitzer y asesinos. Llegó el momento, entonces, de abordar la lectura de una antología de crónicas periodísticas de la mano de sus galardonados narradores (una piensa en “Pullitzer” y se espera a los ganadores del premio de novela o relato breve y no a los de crónica periodística, una de las pocas categorías, por cierto, cuya búsqueda en Google no arroja una lista de “Todos los premios Pullitzer de la Historia de…”, lo que ya resulta bastante sintomático).

En un panorama literario totalmente dominado por las obras de carácter noir, es inevitable comenzar a plantearse si el género no está ya agotándose. Las librerías se llenan de refritos de los clásicos que se reinventan, recopian, revisitan, renarran, reversionan, etc. La presente antología se plantea como una propuesta diferente, una vuelta de tuerca tanto del modo de lectura de la crónica periodística como del género en cuestión. De una forma bastante similar a Elephant, se trata de una obra basada en hechos empíricos, en un intento de muestra objetiva de los acontecimientos (aunque, evidentemente, hay algunos periodistas más inclinados hacia el melodrama que otros). No es, por tanto, la novena vez que se ficcionaliza la masacre de Columbine ni el decimoquinto relato del asesinato de Kennedy, sino un retorno al momento de narrar el crimen, una vuelta al principio, a la intriga que crea el crimen en el momento en que sucede, al redescubrimiento del criminal al que ya conocemos. Se trata casi de un modo de vivir los asesinatos como en su época, una forma de convertirlos de nuevo en casos sin resolver para desmadejarlos ante los ojos de un lector. Es la lectura de un periódico cuyo final ya conoces.

Para lograr este efecto, los casos escogidos tienen que estar muy medidos (son necesarios tanto algunos ya sobradamente conocidos por el público para captar su atención, como otros totalmente desconocidos que provoquen en el lector esta sensación de “crimen sin resolver”). La selección del editor y crítico italiano está muy meditada, centrándose en ocho asesinos representativos del siglo XX articulados en torno a tres acontecimientos centrales muy icónicos: el “crimen perfecto” de Nathan Leopold y Richard Loeb en 1924, que marca el inicio de la obra y del siglo (y del cual existe incluso una versión musical de Dolginoff, maravillosa, por cierto); la tragedia del asesinato de Kennedy en 1963, y la masacre de Columbine de 1999. A estos se suman otros casos de menor difusión internacional: el linchamiento de dos convictos llevado a cabo por los habitantes de un pequeño pueblos de Baja California en 1938, la enajenación mental puntual del exmilitar Howard Unruh en 1950, el terrorismo local sembrado por un francotirador en Shape Gap entre 1965 y 1967, el asesinato de cuatro estudiantes de la Universidad de Kent por parte de la Policía Nacional y los asesinatos sacrificiales de la Nación de Yahvé en la década de los 80. De este modo, se combina la revisión de los casos más presentes en la cultura popular con la posibilidad de conocer nuevos crímenes tanto o más terribles.

Además de por lo anterior, la antología de Barillari brilla por la presentación de ocho tipos de asesinos muy diferenciados entre sí: los intelectuales que pretenden cometer un crimen por el mero placer de lograrlo y meditan hasta el último detalle de forma muy calculadora para tratar de no dejar ni un solo cabo suelto; justicieros que cometen delitos y se enfrentan a la autoridad para llevar a cabo su particular vendetta; profesionales entrenados para matar que terminan por rentabilizar su formación de forma sangrienta; asesinos políticos que acaban con la autoridad a balazos; el turbio asesino invisible que “podría ser cualquiera”; el autoritario que se impone a golpes; el fanático que mata en nombre de su líder, y el asesino adolescente (y no cualquiera, sino los dos que sentaron las bases del estereotipo de quinceañeros antisistema, góticos suicidas que escuchan a Nirvana, juegan videojuegos violentos y, de vez en cuando, pegan tiros a la gente de su clase).

La antología es capaz, así, de presentar no solo una panorámica de la historia criminal americana del siglo XX, sino también de diversas formas en las que la cabeza humana puede torcerse hacia la sangre. Al fin y al cabo, el deseo de matar sin razón es, junto con el impulso de creación artística, una de las consecuencias más evidentes del raciocinio humano. Hay muchos más asesinos que artistas en este mundo (algunos audaces se atreven incluso a dedicarse a ambas cosas) y los primeros tienen mucha más raigambre en la psique social y la cultura popular que los segundos, por cuya permanencia en la memoria hay todo un equipo humano dejándose la piel. Por la conservación del arte hay que luchar, mientras que las grandes figuras del horror penetran en la mente limpiamente, creando en ella su nido siniestro que encoge el alma (especialmente en la oscuridad, claro). “Matar es fácil”, escribe Agatha Christie, pero producir la suficiente emoción como para provocar una muesca perpetua en la memoria colectiva resulta bastante más complicado. Lograr la permanencia de un nombre sin el constante recordatorio académico del mismo supone haber provocado un impacto emocional bestial muchísimo más complejo del que pueda haber causado cualquier obra artística. Y, sin embargo, por genio o por afortunado, tanto Jack el Destripador como Benito Pérez Galdós  tienen su nombre escrito en sus respectivos cánones (y ahora pregúntense cuál de los dos nombres se corresponde con cada adjetivo).

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