Literatura

Paul Auster y J. M. Coetzee , Aquí y ahora. Cartas 2008-2011, Anagrama-Mondadori, Barcelona, 2012.


Liliana Muñoz

“Mi generación se va poco a poco, ¿los sobreviviré yo?”, escribía George Sand a Flaubert en una de sus cartas. La amistad entre Flaubert y Sand estaba fundada en una correspondencia febril que pone de manifiesto el espíritu archiliterario del primero –a quien solo interesaban el estilo y la perfección literarios– y el menos libresco y más optimista de Sand. En estas cartas resuena con fuerza la experiencia personal, pero también la experiencia estrictamente literaria; su epistolario constituía un serio intento por conciliar la vida con la escritura, además de un espacio en el que ambos podían explorar con libertad sus respectivas obsesiones. Para el lector, el encuentro con este tipo de epistolarios representa una oportunidad privilegiada: la posibilidad de situarse en un espacio en el que dos escritores –más aún, dos amigos escritores– intercambian sus inquietudes vitales y literarias, sus conflictos, las preocupaciones que son también la materia prima de sus ficciones.

     En este contexto, Aquí y ahora. Cartas 2008-2011 es un epistolario sui generis. En primer lugar, se trata de una correspondencia activa entre dos autores vivos que son un referente obligado dentro de la narrativa contemporánea y que comparten la particularidad de crear obras esencialmente auto-fictivas, en las cuales la biografía es solo una excusa para indagar en la conducta humana; en segundo lugar, resulta a todas luces anacrónico que, en pleno siglo XXI, aparezca un “epistolario” en un sentido cercano –en la medida de lo posible– a la acepción clásica del término; en tercer lugar, las misivas que intercambian Auster y Coetzee buscan mantener, casi siempre, un tono solemne que recuerda más bien al  de los epistolarios decimonónicos. Queda claro, por tanto, que de entrada las consideraciones contextuales hacen de este libro un singular ejemplo de resistencia.

     La literatura –la buena literatura– es siempre una forma de resistencia: al paso del tiempo, al olvido o al silencio. Aquí y ahora es la representación de un nado a contracorriente en el que la posibilidad del ahogo carece de importancia; en estas cartas, la presentación externa es solo una preocupación secundaria (en realidad, ambos autores parecen estar muy conscientes de que no tiene mucho sentido intentar preservar, intacto, un género en vías de extinción). El objetivo central es dilatar la voz, extenderla hacia el presente: “Nosotros, los profetas menospreciados que gritan en el desierto, debemos seguir vigilantes, pues solo porque sepamos que estamos librando una batalla perdida, eso no significa que debamos abandonar la lucha” (p. 194). Así, lo que en este caso salvaguarda la naturaleza antigua del epistolario es la insistencia notable por entablar un agudo diálogo intelectual lleno de tensiones, debates y cuestionamientos. El lector, en especial aquél que se encuentra familiarizado con la obra de ambos autores, termina por recibir el impacto de manera colateral  –recordemos que se trata de cartas que en un inicio no estaban destinadas a la publicación–, pero ello no demerita en absoluto su valor: a fin de cuentas, un epistolario como éste posee la virtud de hacer que el lector se adentre en la complejidad individual y novelística de un artista.

     Una de las frases más famosas de Coetzee –“la lectura consiste en ser el brazo y ser el hacha y ser el cráneo que se parte”– nos permite anticipar, en cierta forma, la esencia de este libro: ese brazo, esa hacha y ese cráneo que vemos encarnados en la literatura de estos autores y que provocan en nosotros, como lectores, el esperado efecto desestabilizador que pocas novelas contemporáneas son capaces de despertar, aparecen en Aquí y ahora en forma de una sensibilidad intelectual compartida. Auster y Coetzee disgregan en sus cartas sus impresiones sobre la realidad sabiéndose poseedores de una peculiar forma de mirar y explorar aquello que parece trivial: “Sufro un tipo peculiar de ceguera. […] allí donde voy tengo los ojos abiertos, me mantengo alerta en busca de señales. Pero las señales que recojo parecen carecer de significado general […] ¿acaso yo soy el cronista nato del antiviaje, atento únicamente a las señales de la monotonía?” (p. 83), se pregunta Coetzee, para quien la literatura y la creación son, o bien formas de penetrar en el individuo, en sus instintos más hondos (como develan David Lurie en Desgracia o Elizabeth Costello en la novela homónima), o vehículos para agudizar la observación y traducirla en lenguaje. Paul Auster, por otra parte, posee una enorme capacidad para esquematizar los acontecimientos del mundo y dotarlos de orden o sentido, como muestra paradójicamente su obsesión por el azar y la casualidad: “[…] en el mundo real nos ocurren cosas que se parecen a la ficción. Y si la ficción resulta real, entonces quizá debamos reconsiderar nuestra definición de realidad” (p.42).

     Aquí y ahora se conforma de las cartas, faxes y ocasionales correos electrónicos que estos dos autores intercambiaron entre 2008 y 2011. Los temas que se abordan son, evidentemente, algunos de los que aparecen con mayor recurrencia en sus novelas: la madurez, la sexualidad, la memoria, la infancia, entre otros. Mención aparte requiere el tema del deporte, quizá aquél en el que más se detienen y al que con más insistencia regresan para discutir su dimensión ética o estética, el placer de la competición o el modo en que el juego satisface nuestra primigenia necesidad de convertirnos en héroes. También colocaría aparte su conversación sobre el arte, no sólo porque el tema resulta en sí mismo revelador, sino también porque ambos autores poseen preocupaciones muy similares: “el estilo tardío”, la vida del artista, la creación y la lectura, el estado actual del arte. Tanto el deporte como la creación artística son, para ambos, actividades sublimes que permiten al hombre estar fuera de sí mismo, consagrarse a una tarea que absorba por completo sus sentidos; sin embargo, lo que se esconde detrás de esta discusión es la capacidad del hombre de “entregarse”, de llevarse hasta el límite de sus capacidades en un acto de grandeza sin referentes, como en el caso de Philippe Petit, que Auster relata: “Estrictamente hablando, lo que hace no es arte, ¿verdad? Tampoco entra en el ámbito de lo deportivo. Desde cierto punto de vista, supongo que podría clasificarse como un acto de locura […] los ojos se me llenan de lágrimas cuando Philippe empieza a hacer malabarismos con los bolos de madera mientras avanza por la cuerda” (p. 141). Se trata de crear algo que se rebele contra lo cotidiano o de crear algo que permanezca en la memoria.

     Las obras de Coetzee y de Auster tienen la cualidad de esa búsqueda. Ambos han creado novelas perdurables (Disgrace, Vida y época de Michael K, en el caso de Coetzee, o La invención de la soledad, en el caso de Auster) y en ambos se observa una constante pugna contra el agotamiento. Desde luego, no todas las cartas de Aquí y ahora se librarán del olvido y casi puedo afirmar que la mayoría no persistirá; este epistolario es, más que cualquier otra cosa, un recordatorio de la tarea que se han impuesto dos voces que adquieren forma a partir de sus ficciones: la de ofrecer, como explica Auster hacia el final del libro, una “nueva esperanza para los muertos”, esos muertos que también se niegan a morir.

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